jueves, 11 de agosto de 2016

Andanzas por Tokio (Parte 2 de 3)

La Torre de Tokio y yo :'-)
Para leer la primera entrega de esta trilogía sobre la capital japonesa, favor de darle click a esta liga.

Jardines del Palacio Imperial.

Desde el Yasukuni Jinja caminas menos de 10 minutos y llegas a los Jardines del Palacio Imperial, un lugar enorme e impresionante. De hecho sólo te abren la sección Este como acceso al público general, ya que el resto del Palacio está cerrado, por ser la casa del Emperador.

La entrada es imponente ya que, como buen castillo, está rodeado por una fosa enorme, así que debes acceder a través de puentes y, aunque ingresar es gratis, los de seguridad te dan un boletito para llevar el control de los visitantes.

El jardín es enorme y está bonito, pero nada espectacular, de hecho están mejores los de paga. Se dice que los jardines a los que no tienes acceso sí son una maravilla, pero porque son en donde se encuentra el monarca. O sea, claro que está bonita la sección abierta al público, no me malentiendan, pero después de ver la belleza del Koishikawa Korakuen, pues la comparación sería injusta.
Entrada a Palacio Imperial

Aun así, el estar dentro de una de las secciones del palacio es una sensación diferente, por las grandes puertas, las construcciones clásicas y toda la solemnidad y parafernalia que significa entrar a un lugar tan importante para el pueblo nipón. Me fui caminando hacia la embajada mexicana (algo descuidada, por cierto) y comprobando que la extensión del Palacio imperial es enorme, y que ahí dentro debe ser un mundo aparte.
Allí ya no hay acceso porque es donde vive el emperador

            ZouzouJi       

            Hasta ese momento del viaje, sólo había visitado Santuarios Sintoístas por lo que, al llegar a ZouZouJi, que es un Templo Budista, mi percepción fue totalmente distinta.

            La primera diferencia entre un Templo Budista y uno Sintoísta son las puertas de entrada, ya que en los Sintoístas entras por las “Torii” y a los Budistas por las “Mon”. La entrada de Zouzouji es a través de una Mon roja enorme, imponente. Sólo la puerta en sí merece un titipuchal de fotos.
El "Mon" de Zouzouji

            A partir de ahí empecé a corroborar que los templos Budistas más chidos que los Sintoístas. Hasta ese momento ZouzouJi era el templo más grande que había visto (y lo que me faltaba). Dentro te dejan tomar fotos, huele a un incienso delicioso y el ambiente es más relajado, incluso no tienen policías vigilándote.

            Atrás tienen un cementerio que es extrañamente artístico, como que el budismo, en esta tendencia a ser muy sobrios pero con estilo, hacen que sus tumbas sean “agradables”, aunque suene raro. De hecho es un lugar muy pacífico en donde escuchas el canto de cualquier insecto, a pesar de estar en medio de la ciudad.
El Templo y la Torre

            De hecho su relación con la muerte es menos dolorosa y dramática que las religiones judeocristianas, lo sé porque tenían unas figuras sonrientes muy bonitas y adornadas para conmemorar a los niños muertos, pero no sientes tristeza al ver dichas estatuas, de hecho te sientes contagiado de la felicidad de sus caritas sonrientes.

            La visita a Zouzouji fue breve pero muy padre, además te sirve de antesala para uno de los Highlights clásicos de Tokio, uno de los lugares que en verdad anhelaba conocer desde hace años y que hasta las lagrimitas se me salieron de emoción cuando la vi.

La Torre de Tokio

            Desde que salí de la estación de metro la vi, fue una de las postales más maravillosas que había presenciado y aún estaba lejos de ella. No lo sé, me parecía irreal conocerla y, mucho menos subirme a ella.
Las figurillas budistas de los niños muertos

            Conforme me iba acercando me emocionaba más. Ya desde Zouzouji saqué unas fotos impresionantes de la hermosa Torre de Tokio y, mientras más me acercaba, mi corazón latía con más fuerza.  Pagué mi boleto y me fui haciendo consciente de mis pasos, como que no me lo acaba de creer: ¡Por fin iba a conocerla!

            Cuando llegue al Mirador principal (que está a 150 metros de altura), sólo me vino una imagen a la Cabeza: “Magic Knight Rayearth” o, como se les conoció en Latinoamérica, “Las Guerreras Mágicas”. Fui tan feliz de estar ahí que, en cualquier momento pensé que me iba a ir a Céfiro pero, por desgracia, no me fui :-(.
:'-)

            Como el día estaba precioso, las vistas de la ciudad también lo eran, incluso pude ver claramente Odaiba, a la cual iba a ir el día siguiente. Aunque he subido a otros miradores altos para ver ciudades, esta ocasión era especial: porque estaba viendo mi amado Tokio, algo que sólo en mis sueños hubiera pensado así que, a diferencia de otras ocasiones, ahora sí puse mucha atención en el paisaje y tratando de identificar los lugares que había visitado, o los que iba a visitar.

            Ya en el mirador especial, que está a 250 metros de altura, la vista de la urbe es más clara. Lo que te da un poquito de nervio es el elevador, el cual pasa por la estructura y ves la ciudad a través de las vigas, y como oyes el acero tronar o rechinar (tanto en el elevador como en la cabina) si te da algo de miedo, aunque te avisan que el sonido es normal.

            Lo curioso de la Torre es que, aunque habíamos Gaijin, eran más los locales que la visitaban ¿Por qué? Supongo que es algo que ya está en inconsciente colectivo nipón y siempre será especial visitar este lugar.
Tokio visto desde su Torre clásica

            De vuelta al primer Mirador, me tocó el atardecer, que se veía tan padre sobre la ciudad que decidí tomarme un chocolatito en la cafetería del lugar mientras disfrutaba del silente espectáculo.

            Ya de salida me volví a sacar otras fotos con la torre y pase a despedirme de Zouzouji, que ya estaba cerrado. Pero no me importaba, con los muñequitos sonrientes escoltando mi camino me bastó para cerrar un gran día, que luego concluiría en Nakano Broadway, pero de ese lugar hablaré en otra serie de escritos sobre la cultura japonesa.
Allá al fondo, del otro lado del Rainbow Bridge, está Odaiba

Odaiba

Honestamente, lo único que sabía sobre Odaiba era que ahí había un Mecha gigante de Gundam pero, además de ello, no tenía otra razón para visitar este lugar. Sin embargo, con mis investigaciones previas, vi en que casi todos lados te la recomendaban dentro de los Highlights de Tokio, así que le dedique su tiempo.
El Parque Daiba visto desde el Rainbow Bridge

Debido a esa necesidad mía de recorrer puentes a pie (Golden Gate, Brooklyn Bridge, Tower Bridge y demás) llegué tempranito y cruce el Rainbow Bridge, que no está abierto a los peatones las 24 horas, sino que tiene sus horarios definidos.

Caminarlo no fue tan divertido como otros, no es tan largo (800 metros) y tampoco es tan atractivo como peatón así que, a diferencia de los otros puentes antes mencionados, no vale tanto la pena cruzarlo a pie. Tienes una buena imagen de la bahía pero, como Odabia no está tan lejos, tienes mejores tomas desde la Isla misma.
Sin razón en particular, ame el parque Daiba

Odaiba me fascinó, empezando por el parque Daiba. Seguramente por el día, el clima y el horario, pero no había gente, lo cual me encantó porque tenía el pequeño islote para mí solito. Igual y el parque no tiene nada de especial pero el hecho que este rodeado del mar (era una batería de defensa marítima) hace que la experiencia sea especial.
Las bases de los antiguos cañones

Este pequeño parque enclavado en la bahía resultaba muy acogedor, como que se te antoja otra vez ser niño para correr sin destino en particular, simplemente aprovechar sus caminitos, sus subidas y bajadas, subirte a los antiguos cañones y saludar a los barcos que pasan cerca de ahí. Me resulta increíble como dentro de la Megaurbe más grande del mundo, puedes encontrar tantos lugares en donde no encuentras un solo sonido que no sea el de la paz.
El Duplicado de la Estatua

Aunque sea una playa artificial, el caminar sobre la arena de Odaiba, tuvo un efecto profundamente relajante. Durante el viaje intentaba maximizar mi tiempo, por lo que muchas veces me la pasaba con prisa para llegar a cierto lugar, pero había ciertos sitios en donde me nacía bajarle a la flama y quedarme más tiempo. La playa de Odaiba fue uno de ellos.

A pesar de traía los tenis puestos (porque hacía mucho pinche frío) sentía la arena moviéndose cuando pisaba, así que reduje un poco el paso, me puse a respirar la brisa y a disfrutar el paisaje. Un momento de extremada calma que goce plenamente. No es que propiamente estuviera estresado, simplemente fue un momento de paz que disfrutas mucho, es ese tiempo en que estás contigo mismo porque, al ser tan grande la playa, las únicas que estaban a mi alrededor eran las gaviotas.
La Bahía de Tokio vita desde Odaiba

Decks es uno de los tantos centros comerciales dentro de la Isla, y es enorme. Éste tiene una variedad impresionante de negocios, por un lado cosas muy fresas y también encontrabas mercancías muy accesibles.

Me la pasé muy bien, comí muy rico (Pulpo asado), me eché una rica crepa, la distribución del lugar está muy agradable, tienen una réplica de la Estatua de la Libertad muy bien lograda y que, para lo pequeña que está la original, no encontré tanta diferencia.
El Templo de Zouzjouji y yo cuando era guapo ;-)

Odaiba es enorme y tiene muchas opciones de entretenimiento, en realidad podrías pasarte dos o tres días completos en dicho lugar sin repetir actividad, pero tenía el tiempo contado y una larga lista de cosas por ver, así que “sólo” le dediqué cinco horas y vi lo que más me interesó. De vivir en la zona de Kantou, no dudaría en pasarme un fin de semana completo en este lugar para recorrerlo a profundidad.
El Interminable Tokio

¿Y el Mecha de Gundam? De ese les voy a platicar en otra serie de escritos. ;-)

Intermediatheque

Este lugar es un museo algo extraño, es más, ni siquiera sé si sea correcto llamarlo “Museo”. Está compuesto de muchas miniexposiciones que, por sí solas no bastaba para llenar un cuarto pero que, en su conjunto, te regalaban un recorrido muy agradable.
En el Intermediatheque

Al final es una especie de galería / Museo / Exposición con toques nice, otros tantos excéntricos y otros detalles artísticos. No es muy extenso, pero sí encuentras muy variado material como dibujos, fotografías, fósiles, documentos históricos, retratos, reliquias, piedras preciosas, proyectos, avances tecnológicos y demás.

A primera vista parecería un revoltijo sin pies ni cabeza pero, de alguna manera, está diseñado para ser una estancia agradable que no te agobia ni que tampoco se te hace escasa, es como muy ad hoc a la ideología japonesa: algo mesurado pero con profundidad.

Está frente a la estación de Tokyo, es una visita diferente, que no te lleva más de 30 minutos (una hora si lo haces a detalle) y además es gratis.

Hamarikyu Gardens

Algo que me sorprendió de los jardines japoneses era su belleza sin que hubieran floreado. Aunque me salga más caro, prometo regresar a mediados de primavera y no a sus inicios, para disfrutar a plenitud tan bellos lugares.

            Los jardines de Hamarikyu fueron de mis preferidos y, al igual que los otros referenciados, están tan bien diseñados, que parece increíble que está enclavado en la Megaurbe más grande del mundo. Este jardín solía ser la morada del Shogun de Edo en el Siglo XVII y, después de la segunda guerra mundial, lo adaptaron como jardín público.

            Este lugar goza de una belleza única, su diseño es diferente, de hecho hasta puedes llegar por barco, lo cual te da la sensación de estar en un malecón cuando paseas por la orilla, ya que el lugar está rodeado por una gran fosa.

            El jardín es amplio e, inexplicablemente, hermoso. Y es que no hay algo espectacular en él, simplemente es bello per se. La experiencia como Gaijin es muy padre, porque cruzas puentes, vas a islotes y hasta hay una casa de té en medio de la laguna. Hay pequeñas “montañas” a las que te puedes subir y degustar el panorama general del lugar.

            El lugar está impecablemente cuidado, los árboles bien podados y los pastos a ras, bueno hasta parece que se ponen a limpiar piedra por piedra para cuidar la imagen de tan precioso lugar. Los caminitos para recorrerlo son una delicia y hay una serie de pequeños detalles o rincones escondidos que te hacen aún más especial la visita.

            Cuando iba caminando por el pequeño malecón, sopló el viento de aquel día nublado, de pronto mecía las copas de los árboles y me sentí muy agradecido de estar en ese momento en dicho lugar. La paz y tranquilidad que sientes ahí es impresionante, de hecho ni siquiera te nace hablar, simplemente vas caminando en silencio y observando la naturaleza o, mejor dicho, experimentándola: quedas idiotizado con el sonido de las aves, del agua, del viento meciendo las hojas. Me parece prácticamente imposible que no puedas encontrar serenidad en este sitio.
En el Campo de las Flores

            Aún hay algunas de las viejas construcciones de hace cuatro siglos, las cuales resultan interesantes pero que son opacadas por la naturaleza. Uno de esos lugares fue “El Campo de las Flores”, que simplemente amé. Por un momento me sentí tan feliz que creí estar en una escena de “El Gran Pez”.

            Las flores eran de lo más sencillas, pero tener un campo amplio lleno de ellas hace que te sientas inexplicablemente feliz, como cuando eres niño: sonríes porque hay muchas que te rodean.
Saludos desde Odaiba

Con ese sentimiento de paz y alegría partiría esa noche hacia el sur (hacia Kansai), en donde iba a pasar mis siguientes días, pero sabía que iba a tener un último día para ver lo que me faltaba de la actual capital japonesa.

Para leer sobre ese último día, justo en la tercera entrega de este miniserie, pueden darle click a esta liga.


Hebert Gutiérrez Morales.

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