jueves, 11 de agosto de 2016

Andanzas por Tokio (Parte 3 de 3: El último día)

El Skytree
            Para leer la segunda parte de esta trilogía, pueden darle click a esta liga.

            Tokyo Skytree

            Mi último día en Tokio (y en Japón) decidí ir tempranito al Skytree ya que, de acuerdo a lo que decía la página de Internet, las colas eran enormes así que lo mejor era reservar con anticipación. Como no pude reservar, preferí tentar a la suerte y llegar cuando abrieran. Para mi fortuna, el día había amanecido nublado, así que no había mucha gente pero, cuando subí, el cielo se despejó mágicamente y me ofreció lindas vistas de la ciudad.

            El Skytree prácticamente duplica a la Torre de Tokio en altura, sin contar que es mucho más moderno, ya que recién lo terminaron en el 2012. Sus 634 metros la hacen la torre de transmisión más alta del mundo, y la (todavía) segunda estructura más alta (después del Burj Kalifa con 830 metros).
Vista de Tokio desde el Skytree

El mirador principal se encuentra a 350 metros sobre Tokio (18 más alto que toda la Torre de Tokio) y está muy amplio, además de que tiene souvenirs, restaurantes, cafés, fotos y demás. El lugar es muy bonito y moderno, de hecho sus primeros pisos son un amplio centro comercial con una cantidad impresionante de negocios.
Sensouji

La entrada es cara a comparación de la Tokyo Tower, y lo vale porque las vistas son más panorámicas. Para entrar al mirador especial, el que se encuentra a 450 metros de altura, hay que pagar otra entrada adicional, pero ya no lo consideré necesario.

En la Torre de Tokio si pagué las dos entradas con gusto y, aunque el Skytree es más moderno, amplio, alto y atractivo que la torre antigua, no tiene ese carisma que te da ser un icono desde hace décadas. Las vistas fueron mejores en el Skytree pero, si tuviera que visitar sólo una de las dos, sin duda me quedaba con la Torre original, aunque ya sea viejita y anticuada ¿Por qué? Creo que ni yo mismo puedo contestarles, supongo que por simple nostalgia.
Entre el Buda de la Compasión y el de la Sabiduría

Sensouji, Asakusa y Nakamise

Del Skytree me fui caminando a Sensouji, en la zona de Asakusa, aunque era temprano (9AM), también era fin de semana y el lugar ya estaba lleno de gente. Después de dos semanas de ver templos, “Mones” y Pagodas, uno creería que este tipo de visitas irían perdiendo su gracia pero no fue así, por lo menos no para su servidor, que ama esta cultura.

Sensouji es técnicamente el templo más antiguo de Tokio, ya que data del año 645 de nuestra era. Durante la segunda guerra mundial fue destruido, por lo que tuvieron que reconstruirlo, aunque algunas de las estructuras siguen siendo las originales.

Fue poco tiempo, pero vaya que disfrute mi visita a este clásico lugar. Tiene muchas estatuas, puertas, templos y demás detalles que te maravillan. Visite cada edificio que había en el sitio. Me llamó la atención que flanqueando el Templo Budista había un par de Santuarios Sintoístas (pegados literalmente a él), lo cual demuestra lo abiertos que son los nipones con sus creencias y lo pacíficos que son al ejercerlas, ya que no hay problema por tener templos de distintas religiones tan cercanos.

Aunque los Sakura recién empezaban a florecer, ese día estaba uno de los miles de “Sakura Matsuri” (Festival del Cerezo) que había alrededor del país, así que había mucha comida y vendedores. Y ahí vi algo que me alegro (aún más) el alma: ¡una conchita!

En un mercado al lado de Sensouji, había un puesto en el que se congregaba mucha gente, y veía que salían con unas conchas en la mano (para la gente fuera de México, cuando digo Concha, me refiero a una pieza de pan de dulce, no piensen mal). Así que fui, me forme y pedí la mía con un chocolatito caliente.

Así que me senté y disfrute viendo la gente, el templo y disfrutando mi último día en Japón. En verdad fui muy feliz durante las dos semanas, como casi nunca lo había sido en mi vida. :’-)

Ahí mismo había una exposición de objetos antiguos del Shogunato. Por desgracia no te dejaban tomar fotos, pero quede embelesado con todo el Ukyo-E, las artesanías, esculturas, biombos, armas y demás objetos originales del antiguo Japón. Un deleite cultural y artístico.

Entré al Jardín del Templo Sensouji, que está relativamente amplio y resulta un respiro de tranquilidad para toda la bulla que hay fuera de él. Con su estanque lleno de Koi, los caminitos, escaleras, lámparas y demás detalles que aprendí a identificar cada vez que entraba a uno de estos bellos jardines.

De ahí me fui a la calle Nakamise, que aunque no es muy larga (unos 250 metros) es muy concurrida. Tiene unas 90 tiendas que son una auténtica delicia. Sería el equivalente a un mercado callejero, alternativo y cultural, pero los puestos son permanentes.

Por fortuna, y por desgracia, estaba en verdad atascado de gente, y eso que apenas eran las 10:30 de la mañana. Es de esas veces que el río de gente te lleva y, si quieres ver algo del otro lado, tendrás que “nadar” contracorriente. Digo que fue bueno y malo que hubiera tanta gente porque así no pude comprar mucho, y es que había una cantidad enorme de cosas muy padres y únicas.
La Calle Nakamise

Por ejemplo podías llevar auténticas espadas japonesas, de todos los tamaños, había kimonos, biombos, pinturas y demás. Encontré unas corbatas con motivos nipones MUY lindas y MUY baratas, así que no lo dude ni un momento y me lleve una de cada diseño.

Seguía llegando gente, y el lugar no se hacía precisamente más grande así que, me tomé un respiro y me metí a un pequeño localito al lado, en el cual se ve que no entran turistas, ya que todo está en japonés. Cuando entré la gente se me quedo viendo como diciendo “A ver cómo le hacemos para darnos a entender”, pero cuando les hable en su idioma, el semblante cambió por completo y me sonrieron.

Después de comer el Tonkatsu más delicioso de mi vida, regresé a ver la calle Nakamise pero, increíblemente, estaba MÁS llena, es más, no sé cómo le hacía la gente para moverse. Así que, con todo el dolor de mi corazón opté por irme ya que aunque me hubiera gustado ver más tiendas, era imposible meterse en esa marabunta humana.

La entrevista de NHK
Junto al equipo de la NHK

Después de tomar Fotos de la Kaminari Mon (La Puerta del Trueno) se me acercaron un par de Nipones y, en inglés, me preguntaron si me podían hacer unas cuantas preguntas para la NHK a lo cual, obviamente, acepté encantado.

Les sorprendió que este Gaijin les contestara en japonés, así que me cuestionaron que tan conocida es la cultura japonesa en México, si mucha gente estudia japonés en mi país, cuántos lugares había visitado en la Isla y cómo veía su cultura desde mi perspectiva. También hablamos de los prejuicios con los que percibe una cultura a la otra, además de las diferencias de vivir entre su país y el mío.
El Templo Fresa que visite de camino a Ueno

A mi parecer fue una buena entrevista, y los reporteros también se veían felices (aunque con el Tatemae japonés uno nunca sabe). Luego me dieron el horario en que iban a transmitir mi entrevista, el canal y hasta el enlace de Internet.

Honestamente ya no lo vi, porque iba a ser como a la 1 AM pero, la hayan o no transmitido, me dio gusto que por lo menos esos reporteros (y su productor) se enteraran que hay mexicanos muy empapados de su cultura, y también les quite un poco de prejuicios sobre la mía.
El Distrito de la cocina

Camino a Ueno

Decidí irme caminando hasta Ueno, y así servía que veía el Tokio más callejero, más real y menos turístico. En dicho trayecto me encontré con un Santuario Sintoísta enorme, sin embargo, no me sonaba el nombre, así que no estaba entre los lugares populares a visitar.

Ingresé al mismo y hasta las de recepción se sorprendieron, ya que no entran muchos Gaijin a este lugar. Les pedí permiso de verlo, a lo cual accedieron, con la condición de no tomar fotos.

Era un lugar bastante fresa, de hecho había un servicio religioso, y la gente iba muy elegante. En realidad el Santuario en sí era muy “nice”, no turístico, sino muy sobrio pero no por ello menos espectacular con todo el montaje interno.
Hanami en el Parque Ueno

Salí del templo y me cruce por el “Distrito de Cocina”, una zona llena de negocios en donde puedes encontrar todo para cocinar, desde ingredientes sofisticados o comunes, hasta todo el mobiliario para montar un restaurante. Este lugar tampoco te lo ponen como un lugar muy turístico, pero resulta curioso para el visitante y, si a alguien le gusta cocinar, sin duda se hubiera vuelto loco en este sitio. Y así fui viendo Torii, monumentos y demás detalles urbanos hasta que llegue al Parque Ueno.
Los Sakura apenaba brotaban de manera tímida

Parque Ueno

Este Parque, que se encuentra en la “ciudad” de Ueno, es enorme, con muchos museos y construcciones, además de uno de los lugares preferidos por los japoneses para ver los Sakura florecer.

Aunque estaba muy bonito (en realidad en Japón es difícil encontrar algo “feo”), no me enamoró como sí lo hizo (por ejemplo) el Yoyogi Park, ¿Por qué? Tal vez por el sentimiento de intimidad que uno siente al estar rodeado de tanto árbol. Ciertamente el Parque Ueno tiene muchísimas más opciones que ofrecer, pero el Parque Yoyogi lo encontré más tranquilo, más íntimo y, de alguna manera, más personal.
Un monstruoso Jabalí

Al igual que en Sensouji, estaba el ambiente a tope por el florecimiento de los Sakura, que estaba muy ligero, pero los japos ya estaban acampando debajo de cada árbol, había de todo: estudiantes, oficinistas, Otaku, doctores, Monjes, familias y demás. No había ningún turista entre ellos, de hecho los Gaijin estábamos recorriendo el lugar y sacando fotos del espectáculo.
Las Puertas Del Infierno en Ueno

Le gente llega desde la madrugada, o incluso un día antes, a apartar un buen lugar bajo de los árboles, y llevan comida, bebida, música, juegos y demás para pasársela bien. Es como un Picnic grupal. Algunos se ve que están ahí con gusto y otros por obligación pero, ya con unos alcoholes encima, al final todos acaban muy divertidos.

Por un lado me dieron ternura, por esperar algo con tanta ilusión como es el florecer de tan bello árbol endémico de la isla. Por otro lado, me dio un poco de pena, ya que las flores apenas empezaban a brotar, pero la gente celebraba como si estuvieran en todo su esplendor. Supongo que llevar esa vida tan estresante les exige celebrar lo que sea, el pretexto es lo de menos.

A pesar de ello el ambiente era muy festivo, por lo que había puestos de comida, gente en Kimono, eventos de estaciones de Radio, pequeños conciertos y hasta unas figuras de “bestias” ceremoniales muy bien hechas.
El Museo nacional de Tokio

Tokyo National Museum

Dejando atrás la fiebre por el Sakura, pero aún dentro del parque Ueno, fue al Museo Nacional de Tokio, mismo que tiene una colección muy completa de arte e historia japonesa.

Hay muchas pinturas, esculturas, lienzos, artesanías, exposiciones, vestiduras, objetos históricos, espadas, armaduras, cerámica, ventanales, biombos y demás, todo del Japón antiguo. Mis favoritos siempre fueron los Oni, esos demonios guardianes que veía en la Mon de los Templos Budistas. Figuras que inexplicablemente me atrapaban a pesar de su fiero exterior, siempre me fascinaban y, cada vez que me encontraba uno, le tenía que sacar una foto.
Los Oni

El Museo está padre pero, sé que voy a sonar mamón, muchas cosas similares (e incluso mejores) las vi en días anteriores durante tantas visitas a lugares históricos, en otras ciudades. Digo, nunca está de más una visita al Museo de la nación, de hecho me encantan dichos lugares pero, en el caso de Japón, es mejor ver los objetos en sus lugares originales, junto a su esencia antigua, que verlos en un bonito e impecable museo moderno.

Lo que más me gustó del Museo fue su Jardín y sí, también estoy sorprendido, parece que todo lugar que se aprecie tenía su jardín y que, por más que visitaba (supongo que en toda mi estancia estuve en unos 20), nunca me cansaba de verlos, porque siempre encontrabas algo distinto en cada uno.

Este jardín no era tan clásico como el resto, de hecho se sentía muy occidental. También estaban floreciendo tímidamente los Sakura, así que había mucha gente a su alrededor. Sus caminos eran más amplios y el diseño más relajado. Obvio sí había elementos de un jardín japonés como el estanque, los koi, las lámparas, cercas, esculturas, musgo, pequeñas cabañas, escaleritas y demás.

El Museo de Tokio también tenía otras secciones como el Museo de historia asiática, en donde veían muchas piezas de otras tierras de Asia pero, como lo único que me interesa de Asia es Japón, opté por no visitarlo. También tenía otros edificios, sin embargo, ya era mi último día y debía regresar a Chiba a empacar, porque mi vuelo salía a media noche. Además ya había visto todo el Museo principal y prefería ver otras cosas antes de irme.
El Jardín del Museo

Al regresar al parque Ueno, vi a la gente sentada alrededor de la fuente que está frente al Museo. Todos relajándose, tomando el sol, en una postal extrañamente fascinante. El resto de la tarde me lo pasé en Shinjuku, regresé a Don Quijote aunque, a diferencia de la primera vez (Lunes), estaba a reventar, porque era fin de semana.

Mi opinión de Tokio

De los 14 días que estuve en Japón, cinco me la pasé netamente en Tokio, también lo agarré como base para ir a Nikko, Kamakura, Odawara y Moto Hakone, pero 5 días los dedique exclusivamente a la Capital Japonesa.

Tokio es una locura pero, al mismo tiempo, es un caos muy bien organizado. Como turista puedes disfrutar de dicho ritmo, pero respirarlo todos los días está cañón. Esta Megaurbe es tan diversa que bien me pude pasar diez días en ella y ver un aspecto diferente cada día. Ahora sí que, literalmente, son varias ciudades en una sola, y puedes ver distintos “Tokios” de acuerdo a la zona en que te muevas.

Y es que hay lugares que visité de Tokio (Akihabara, Nakano Broadway o el Museo Ghibli) que no les compartí en esta serie inicial de escritos, porque van a ir en otra. También hubo sitios que ya no visite (Como Tokyo Disney, Nerima, el mercado de Tsukiji, Ikebukuro, Atago Jinja, Tokyo Dome o Wakasu) porque había otros que quería conocer en otras ciudades.
Desde la Entrada al Palacio Imperial de Tokio

Ciertamente estuve en lugares más bellos que Tokio (como Kioto, Nara, Nikko o Hiroshima), pero no por ello deja de tener ese carisma que lo caracteriza. No sé si podría vivir ahí, preferiría no averiguarlo, pero siempre que pueda lo visitaré con mucho gusto.

            Eso me encantó de Japón: los otros sitios que visité eran totalmente distintos a la gran capital pero, en cada uno de ellos, seguí respirando la esencia japonesa que me ha enamorado desde pequeño. En las siguientes entregas de esta visita a Japón se irán enterando.


            Hebert Gutiérrez Morales.

No hay comentarios: