domingo, 28 de agosto de 2016

Moto Hakone y Himeji

Allá, al fondo, está el Monte Fuji
            ¿Por qué escribir de estos lugares en particular? Porque fueron de las visitas más sencillas, tal vez porque tenían una atracción en específico que llamó mi atención y, por lo mismo, resulto más fácil escribir sobre estos sitios. Además así siento que avanzo en mis escritos sobre Japón.

¡Ah! Y otra cosa que tuvieron en común estos sitios es que los visite en Jueves: Moto Hakone y Odawara en la primera semana, y Himeji en la segunda semana.
Entrada al Santuario

Visitando al Monte Fuji

            Después de pasar mis primeros tres días en Tokio, quería ver el Monte Fuji, y uno de los mejores lugares para verlo es Moto Hakone, a un par de horas de la capital, así que fui muy tempranito hacia al sur.

Había cazado ese día con tiempo, por el clima ya que, por ridículo que suene, el Fuji es algo “tímido” y suele esconderse para que no lo veas (Algún día escribiré sobre una bella película que refleja dicho fenómeno: “Las Flores del Cerezo”). Por ello, cuando salí de casa de Paco y vi el día totalmente despejado me emocioné y dije “¡A Huevo! Hoy voy a ver al Fuji San”

Y eso de que se “esconde” no es mentira. Una semana después, cuando iba de Himeji a Tokio, el Tren iba a pasar cerca del Monte Fuji, el día estaba despejado y “sin duda” tenía que ver otra vez a tan famosa montaña. Justo en el tramo indicado, “casualmente” el día se nublo, por lo cual no pude volverlo a ver pero, a la altura de Yokohama, el cielo se despejó mágicamente. Un efecto muy curioso el que pasa con este volcán que no se muestra tan fácilmente.
La Torii a la orilla del LAgo

            Durante el camino, mientras iba saliendo de la mayor zona urbana del mundo, empecé a ver un Japón menos fancy, más rural y, de alguna manera, más real, con menos producción y con una belleza diferente. Las calles no estaban luminosas pero sí limpias, las estaciones de metro no estaban llenas y la gente se notaba más relajada.

Cuando llegué a Moto Hakone, me quedé embelesado con el hermoso paisaje, con un resplandeciente Lago Ashi rodeado de mucho árboles y el pueblito pintoresco pero, faltaba algo, el motivo en específico por el cual había ido a dicho lugar: no veía a mi anhelado Fuji San.

Dentro de mis “must” en este viaje era ver el hogar de Mazinger Z, la cumbre más alta de la Isla, aquella que es un referente cultural para el pueblo nipón. Dentro de las investigaciones que hice, resultaba que Moto Hakone era uno de los lugares en donde más bellas fotos se pueden sacar el Monte Fuji, sobre todo por el marco del lago.
Bella Postal del Lago Ashi por debajo del Puente

Así que me dirigí al Santuario, visité su Torii en el agua y subí por sus escaleras, con la esperanza de ver a mi anhelada montaña, pero tampoco se veía por ahí. Tomé las respectivas fotos del hermoso lugar pero había angustia en mi corazón, “¿Dónde demonios está?” Porque el Fuji es muy escurridizo y no es fácil que se deje ver. Además había cazado el día con toda premeditación para ir en uno despejado, uno perfecto para verlo.
 
La belleza del Monte Fujii, el lago Ashi y la Torii en el agua
“¿Me habré equivocado?” así que le pregunte a los Monjes del Santuario y me dijeron que tenía que ir al otro lado del Lago para verlo. Resulta increíble cómo un volcán tan grande puede esconderse detrás de unos cuantos Cerritos, así que empecé a caminar al otro lado del lago ¡Y lo ví!

Para mí fue una visión preciosa: estaba 100% nevado (producto del frío de los días anteriores), con el marco del Torii en el Agua y la laguna cristalina. Casi se me salen las lágrimas de la emoción porque desde chamaco quería conocer al Monte Fuji, y ahora estaba ahí, lo estaba viendo con mis propios ojos y me sentía estúpidamente feliz y agradecido de dicho momento.
 
Podías ir en el Barco grande o rentar pequeñas Balsas
Es un volcán hermoso y simétrico, mismo que enorgullece a los japoneses. A pesar de su baja altura y la facilidad de escalarlo, ha de ser una de las cimas más populares del mundo.

Recordé que la primera vez que oí del Fuji San fue por Mazinger Z, así que me imagine al buen Koji Kabuto saliendo de la cima del volcán conduciendo a dicho Robot. Fue una visión que me regresó un momento a mi infancia, un anhelo más cumplido en este maravilloso viaje.
 
Vista desde el Parque
A partir que vi al Fuji San me relajé y pude disfrutar a plenitud del paisaje, me di cuenta que en el lago podías rentar pequeñas balsas o subirte a un barco que te adentra  en el agua para tener mejores tomas de la montaña. Disfrute el camino que va del pueblo al Santuario, me saque fotos con la Torii en el agua que, aunque está muy bella, comprobaría días después que la Puerta de Miyajima es aún más impresionante.

La cantidad de turistas era enorme, sobre todo que era un Jueves por la mañana, pero me decían que en fin de semana eso está repleto. Aun así, para lo que iba a experimentar días después, resultó que iban a ser relativamente pocas personas.
 
El Parque solían ser los Jardines de un Palacio de Gobierno
Me sorprende que la mayoría de los visitantes sean flojos y se conformen con las atracciones populares y no investigan más sobre lo que pueden ver en un lugar, sobre todo uno tan lejano. El Parque Onshi Hakone está justo al lado del lago, a un kilómetro caminando de la zona más popular de Moto Hakone, desde ahí tienes una visión extraordinaria del Fuji San y obtienes unas postales hermosas que se llevan de calle a las que sacas a la orilla del lago.

A pesar de ello, el parque tenía a pocos turistas en él, porque la mayoría se conformaba con la vista desde el lago o con Botes que te llevaban por él, casi nadie iba al parque (que era gratuito).
 
Foto desde el Palacio de Gobierno abandonado
En dicho lugar me encontré con un par de Gringos de Carolina del Norte, muy amables y acomedidos, platicamos unos momentos y hasta nos ayudamos a sacarnos fotos. Me resulta muy curioso cómo cambian las cosas de acuerdo al ámbito en que se desarrollen, ya que ellos se alegraron tanto de verme como si hubiesen visto un paisano suyo. Tal vez el estar lejos de casa te aumenta el gusto por encontrarte a alguien cerca de ella, aunque no sea del mismo país.
El Santuario Síntoista de Moto Hakone

Aunque Moto Hakone es hermoso, ya no voy a regresar a este sitio,  porque la próxima vez que vea el Fuji San va a ser “en persona”, ya que planeo regresar en algún Verano para subirlo. Adicionalmente tengo otro itinerario más creepy cuando eso suceda, porque quiero descender por Aokigahara, quiero ver los cuarteles de AUM y conocer el parque abandonado de Gulliver a faldas de tan famosa montaña. Y no necesitan recordármelo, sé que me falta un tornillo por tener ese plan futuro.
 
El Castillo de Odawara
Odawara

Cometí un error en este día por la ansiedad de llegar temprano a Moto Hakone, y es que dejé Odawara para el regreso, en lugar de pasear primero por el tranquilo pueblo y conocer su Castillo.

El camino de Odawara a Hakone más o menos toma una hora en camión, el cual está lleno de subidas, atraviesa bosques y bastantes pueblos pequeños, entrañables e inexplicablemente hermosos sin tener algo en particular que los haga resaltar.

De ida no puse tanta atención como me hubiera gustado, porque me la pase platicando con una señora que vivía en Hakone (charla que comentaré en otro escrito), así que de regreso estuve más atento al paisaje.

Según yo el camión de regreso, entre Hakone a Odawara, debía tomar la misma ruta pero me pareció ver paisajes distintos, porque pasamos por riachuelos y otros pueblos que no recuerdo en el tramo de ida y que, al igual que los otros, sin tener algo en particular, resultaban muy bellos, por tener ese buen gusto nipón para la arquitectura. Hay sido o no el mismo camino, nos tardamos los mismos 60 minutos en regresar.
Uno de los Mosaicos en el camino

Ya en Odawara no pude visitar su Castillo, ya que estaba cerrado por remodelación, lo cual no me molestó en absoluto, porque así podía regresar más temprano a Tokio y descansar un poco. Mientras caminaba del Castillo a la estación, me encontré con diferentes mosaicos en el piso, cada uno representaba algún alto señor de la época y era un detallito muy mono.

Mientras me comía un rico Ramen en la estación, estaba un tanto cuanto preocupado ¿por qué? Porque aún no llegaba a la mitad de mi viaje, y ya estaba molido. Este era el primer viaje de dos semanas que realizaba y es que, normalmente, con una semana de vacaciones a ritmo incansable, acabo agotado, así que debía encontrar cómo sobrevivir a dos semanas con la intensidad que acostumbro.

Himeji

El día que fui a Hiroshima, a bordo del Shinkansen, al pasar por la estación de Himeji, al fondo vi el hermoso castillo blanco del lugar. Hubo un punto de mi viaje que había considerado tachar a Himeji de la lista pero, ante la insistencia de Paco y con la visión a lo lejos del Castillo, reconsideré y acomodé la agenda para visitarlo.
La Avenida Principal de Himeji y al fondo el Castillo

De acuerdo a Paco, en días festivos o fines de semana, la cantidad de gente te hace imposible la visita, así que al ir Jueves en la mañana encontré relativamente pocos visitantes. El camino de la estación al Castillo es la avenida principal de esta población, una que resulta muy comercial pero llena de detallitos bonitos.

Cuando entras a la fortaleza, te sientes transportado al tiempo de los Shogunes, porque hay un puente, por la fosa que rodea la muralla, así que es un sentimiento especial. Creo que el de Himeji es el Castillo mejor conservado de los que visite. Conforme te vas acercando se ve más esplendoroso y tus ansías por entrar van creciendo.
Uno de lo pocos Sakura que encontré en mi viaje

Al tener el piso original, te quitas los zapatos en la entrada y te dan una bolsa para que los lleves contigo, hay quienes llevan sus sandalias especiales para duela y ésas sí las pueden usar dentro. Como todo el viaje, ese día hacía frío pero, con lo destrozados que estaban mis pies, fue una delicia caminar por el piso helado, ya que le daba algo de alivio a mis piecitos.
El Castillo de Himeji y su servidor

Resulta muy interesante la arquitectura de aquella época, ya que estar en su interior es exactamente igual como te lo muestran en esas películas de Ninjas o Samuráis. Aunque, para ser honestos, ya dentro del Castillo te decepcionas un poco, porque está vacío, y es que todo el mobiliario, adornos, accesorios y demás se lo llevaron al museo de la ciudad (Así pagas doble). En ese aspecto me la pasé mejor en el Castillo Nijo de Kioto, en donde podías ver mucho del mobiliario original.

Aun así es interesante ir subiendo por el Castillo vacío, ya que ves cómo estaba conformado, sientes las paredes, los pisos, ves por las ventas y demás. Además la vista desde la cima de la construcción es muy bonita, ya que puedes ver todo Himeji alrededor.
 
Da para muchas bellas postales el Castillo
Dentro de la fortaleza, aún dentro del Castillo, hay un bello jardín y hay otra sección de las “oficinas administrativas” de aquella época. Ahí había una exposición más completa de la historia del lugar, la vida en aquellos años, la explicación de la arquitectura y demás. Esta sección ya te salva la visita, porque ver el Castillo vacío te deja una sensación de leve frustración.

Lo que más vale del sitio son las bellas imágenes que capturas, y eso que aún no florecían los Sakura. Sin duda, un par de semanas después, con los cerezos a todo lo que daban, obtenías unas postales aún más bellas de las que tomé.
 
Chulada de imagen
Kokoen

Saliendo de la fortaleza, caminé unos 300 metros hasta el Kokoen, un jardín MUY bonito, a pesar de que aún no estaban a plenitud las flores. Por estos bellos jardines me he prometido que la próxima vez que venga a Japón, vendré a media primavera o a inicios de Verano, aunque me salga más caro, porque me muero por ver la majestuosidad de estos lugares con las flores haciéndole segunda.
El Estanque lleno de Carpas Japonesas (Koi)

Los Jardines que visite eran diferentes pero compartían la esencia de paz, de belleza, de elegancia y de sutiles detalles que hacían la visita una delicia. El Kokoen era bastante amplio, con diferentes secciones en donde podías ingresar a una casa de té, recorrer caminillos tipo laberinto, en donde accedías a diversos minijardínes y te sentías dueño del lugar porque estabas solo en cada uno.

Las lámparas, las construcciones, los caminos de piedras, el musgo, los ríos y cada detalle fue puesto con una idea en mente: que te sintieras plenamente agradecido de estar en un lugar tan bello y perfecto. Difícil pensar en algo feo o desagradable durante tu estancia.

Esa característica tienen los japoneses, no sólo con sus jardines, sino con su visión del mundo en general: que las cosas sean agradables, elegantes, bonitas, pacificas, civilizadas y naturales. Si algo en el jardín es artificial no se nota, porque todo está tan bien diseñado que no puedes decir qué fue puesto ahí por la naturaleza y qué por la mano del hombre.

Hay puentes de madera y caminitos de piedra que cruzan la pequeña cascada y la poza en la cual se encuentras los serenos Koi. Esto rodeado de árboles excelsamente podados, luego los caminitos te llevan a pequeñas puertas que conectan los distintos minijardines y te sientes como en la época medieval y, al mismo tiempo, sientes un gusto infantil al ir cruzando cada puerta para encontrarte con otro hermoso jardín.
Estos Caminitos me fascinaron

Cada jardín tiene pequeñas pagodas o “kioskos” en donde te puedes sentar un momento y escuchar el agua fluir, los pájaros cantar o simplemente escuchar el susurro del viento meciendo las hojas y relajarte en tan bello lugar. Y eso es lo chido de este sitio que casi nadie habla y, de hacerlo, lo hace con una voz bastante tenue, para no romper con la profunda paz que se respira en el ambiente.

Incluso en los jardines me encontré a un par de gatos negros que reposaban de manera tranquila en los pastos. No me acerqué porque estaban descansando tan deliciosamente que no me parecía correcto interrumpir su reposo. También me encontré con un grupo de chicas, no sabría decir si de Secundaria o Prepa (el japonés nunca aparenta su verdadera edad) pero, a pesar de los risueñas que eran, sabían comportarse para no afectar la paz del resto de visitantes.

Finalmente había una sección de Bambúes que resultaba obligatorio recorrer, obviamente no era un bosque como el de Arashiyama en Kioto, pero era un buen placebo.

Mi visita al Kokoen me puso muy de buenas y, como aún tenía tiempo para mi Shinkansen, me compré una crepa de frutas en lo que recorría tranquilamente la avenida principal de Himeji.
Hermoso Jardín

Aun así llegué temprano a la estación y pude grabar un par de Shinkansen pasar a toda velocidad. Y es que, normalmente, cuando el tren bala se aproxima a una zona poblada, disminuye bastante su velocidad para evitar la contaminación auditiva pero, como la estación en Himeji está a la orilla de la población, es una de las pocas en donde puede grabar el tren pasando a su verdadera velocidad.

Regresando a Tokio
Naturaleza elegante y bella

Desde Himeji tomé mi Shinkansen de  regreso a Tokio y, de alguna manera inexplicable, sentía que regresaba a casa ¿Por qué? Porque ahí había iniciado el viaje y ahí iba a terminar. Fue una especie de nostalgia previa.

Creo que influyó que pasé mis primeros cinco días a solas en dicha ciudad. En realidad la gran mayoría del viaje estuve solo, a excepción de un par de días que me acompañaron Paco y su familia, pero casi siempre estuve por mi cuenta.

Ciertamente en el sur vi lugares maravillosos, experimente cosas muy intensas en la zona de Kanzai y en Hiroshima, pero Tokio tiene un carisma especial que me encantó. Seguramente, si viviera en Japón, no me gustaría vivir en la capital pero, para visitar, es un lugar espléndido.

Estos escritos sobre mi viaje a Japón se pueden clasificar en dos secciones: en los que hablo de los sitios que visité y en los que trato aspectos culturales por demás interesantes de esta fascinante nación. La siguiente entrega sobre el país del Sol naciente será sobre algún tema de su cultura.


Hebert Gutiérrez Morales.