martes, 27 de septiembre de 2016

Tarde lluviosa de Septiembre

           Hoy estaba corriendo en la pirámide de Cholula, era una tarde lluviosa y fría de Septiembre, por el mismo clima casi no había nadie y se postraba una neblina melancólica sobre el pueblo, lo que lo hacía parecer como abandonado, sobre todo porque ya eran las 7pm.

          Siempre me ha encantado este clima pero, por alguna razón, esa estampa me causó algo de tristeza y, extrañamente, en dicho sentimiento encontré alegría. Justo en ese momento me di cuenta que no había nadie alrededor, estaba completamente solo, lo cual potenció mi felicidad, así que cerré los ojos, abrí los brazos y seguí mi trayecto de bajada mientras me dejaba abrazar por la lluvia y el viento.

¿Por qué nació esa felicidad de mi tristeza? Tal vez porque he aprendido a vivir con ella, ya no le rehuyó, ya no me afecta profundamente, de hecho la arropo como parte de mí y la abrazo como una vieja amiga.

          La tristeza me ha dado muchos momentos memorables y aprendizajes valiosos además, para que haya sentido tristeza, es que antes tuve una felicidad previa. La felicidad y la tristeza siempre van de la mano, porque una viene después de la otra, sin importar cuál venga primero, llegará la otra después, de manera irremediable.


          Fui feliz por estar solo, por el clima y por tener la oportunidad de estar vivo. Fui feliz por tener ese momento de intimidad para mí solito. Mi momento duro como un minuto, hasta que apareció otro loco (como yo) que estaba corriendo en medio de la lluvia y, ante la ausencia de gente, nos saludamos cortésmente, como en una complicidad por ser diferentes, por estar zafados y, sobretodo, por no temerle a la naturaleza y salir a vivir con ella.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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