domingo, 23 de octubre de 2016

La Naturaleza de la Discriminación (Segunda Parte)

            Continuemos con este repaso de casos en los que aplicamos la discriminación, mismo que empezamos en la entrega anterior, la cual pueden leer en esta liga.

            La entrada al Teatro.

Debido al Herpes Zóster, decidí no participar en ninguna coreografía este año lo que no impidió que apoyara como parte de Staff del evento de baile organizado por mi escuela.

Parte de mis actividades fue controlar la entrada del público, checando los boletos y permitiendo o restringiendo el paso al Teatro en donde se llevaban a cabo las presentaciones.

Fueron tres funciones, por lo que había un par de horas entre cada una de ellas, mismo tiempo en que estaba cerrado el recinto. Durante esas pausas había gente que nos pedía acceso a los sanitarios, mismos que nos habían indicado (los del teatro) que se restringiera a la gente de fuera, sólo cuando hubiera función, el público podía acceder a ellos.

Por una u otra causa, Robert y yo, permitíamos que accedieran ciertas personas que nos pedían con urgencia acceder al baño. A veces los dejábamos pasar y a veces no. Al otro día, me hice la pregunta “¿Por qué dejé que pasaran algunos y a otros no?” y empecé a hacer memoria. Un factor importante fue la amabilidad y carisma de las personas, porque había algunos con más don de gente que otros.

Pero, al recordar a la mayoría de casos, me di cuenta que Robert y yo (sin ponernos de acuerdo) dejábamos pasar más a chicas bonitas y/o a gente de tez blanca, y negando más el paso a gente fea y/o de tez morena.

Eso no lo hicimos de manera premeditada, sólo lo note al hacer memoria. Esa discriminación la aplicamos todos los días, muchas veces de manera involuntaria. Sin embargo, no sólo se da a nivel de piso, pero también es producto de lo que ve a nivel institucional.

Discriminando por apariencia

            Hace un par de meses fui a mi Afore a hacer un trámite. Delante de mí había una señora que iba a hacer el mismo procedimiento que yo, pero fingí que no escuchaba que le habían pedido el comprobante domiciliario, porque sin él no le podían hacer dicho papeleo.


            La señora, que iba vestida de manera sencilla, fue regresada y le pidieron que fuera por su documento. Llegó mi turno y, como recién había salido del trabajo, iba de traje. Me pidieron mis papeles y se los entregué, me mencionaron la falta del comprobante domiciliario, a lo cual me indigné “Nadie me mencionó por teléfono sobre dicho comprobante. Por favor comuníqueme con su jefe para quejarme”, ya que no era mentira, nadie me había dicho de llevar dicho papel.

            “No se preocupe joven” me respondieron “le sacamos una copia a su credencial de elector y se lo tomamos como comprobante” me comunicaron con toda amabilidad. ¿Se hubieran comportado igual de decentes conmigo si hubiera ido de jeans y playera? Honestamente lo dudo. Sin duda es injusto que para una misma situación te traten de manera diferente de acuerdo a tu apariencia cuando, en teoría, todos merecemos un trato igualitario pero, en la realidad, hay muchos factores que influyen en ello.

El valor de la apariencia en la Sociedad es determinante, y hay algunas instituciones que no disfrazan este hecho.

            Un caso muy conocido es cuando vas a pedir una visa a la Embajada Gabacha. De acuerdo a lo que mis amigos y yo hemos visto, hay muchas personas adineradas que les rechazan la Visa porque su apariencia es algo “rústica” y/o descuidada.

            Pero no sólo en base a la apariencia te brindan el documento, ya que también toman en cuenta tu status económico, por eso debes llevar todas las pruebas de tu solvencia económica.

            A los que les rechazan la Visa se molestan profundamente, y los entiendo, porque no te regresan los 180 USD que pagaste para aplicar a ella. Sin embargo, no puedo criticar a los Gabachos ya que, personalmente, no le abro la puerta de mi casa a cualquiera, por más que quieran visitarme, y no me refiero sólo a mi casa material sino a mi persona, discrimino bastante, y no a cualquiera le tiendo la mano.


Digamos que también tengo mis requerimientos mínimos para que entren a mi hogar, aunque los míos no son socioeconómicos, me guío más por la educación más que por la apariencia.

            Aunque, siendo honestos, juntando ambos tópicos (Estados Unidos y apariencia), resulta que tengo un prejuicio muy fuerte físicamente hablando.
            
            La violencia de los Tatuajes

            Cada vez que voy con los vecinos del norte me llama la atención la gran cantidad de tatuajes que proliferan. No es que en México no haya gente tatuada, pero son una fracción mínima de la cantidad de gabachos tatuados que existen.


            PARA MÍ los tatuajes son, en su vasta mayoría, desagradables por dos razones: Primero por el dolor que la gente se infringe para colocárselos, me han contado lo que sienten en el proceso y me retuerzo del sufrimiento sólo de que me lo cuentan. Por otro lado, la mayoría de ellos son antiestéticos, muy poco de buen gusto y la mayoría afean el cuerpo.

Y es que no es lo mismo uno o dos tatuajes bonito, pequeños y elegantes colocados en lugares estratégicos que tener todo un brazo o ambos, o la totalidad del cuerpo lleno de dibujos, es un espectáculo que afea tu presencia.


Eso me causa un gran conflicto, porque en Estados Unidos usualmente veo una cantidad enorme de mujeres extremadamente atractivas, con cuerpos de infarto y caras de ángel. Sin embargo, es mayor mi asco al verlas tatuadas y no me refiero a un pequeño y estético tatuaje, sino a brazos totalmente congestionados de imágenes, garabatos y tintas que atraen más mi atención que el resto de la chica. Ahora sí que mi aversión es más grande que mi calentura.

Y no sólo me refiero a nivel pareja, hablando de cualquier tipo de relación humana, veo muy difícil relacionarme con alguien exageradamente tatuada, es algo que simplemente no podría soportar, porque sería mayor el desagrado que mi atención a la persona.

            ¿Creen que soy un asco de persona? Están 100% en lo correcto, pero muy pocos en mi país pueden señalarme. Pasemos a un caso muy sonado.

            Las gorditas no pueden ser atletas.

            Como ya es mi costumbre, a excepción de la NFL, es difícil que vea algún evento deportivo, incluyendo Juegos Olímpicos. Sin embargo, gracias a Twitter, me enteraba de lo más sobresaliente, tanto lo bueno como lo malo.

            Algo que causó furor fue el físico de la gimnasta mexicana Alexa Moreno en los juegos de Río de Janeiro. ¿Por qué? Porque su complexión era gruesa, tirándole a regordeta, además no ayudaba que fuese morena.

            A veces twitter me hace reír bastante y en otras ocasiones me recuerda el grado de estupidez de la humanidad. Ciertamente la chica no ganó ninguna medalla y, por curiosidad, busqué sus rutinas en Internet y, sin ser cosa del otro mundo, Alexa hizo bien su trabajo.

            Si hubiera hecho un papel pésimo, entiendo que se le hubiera caído el país a palos, pero no: se le fueron a la yugular por tener el atrevimiento de ser gorda en un deporte de mujeres usualmente delgadas y/o sabrosas. Por ese prejuicio de lo que “debería” ser una gimnasta es que fue atacada inmisericordemente con memes, chistes o comentarios de mal gusto, sólo por el hecho de su cuerpo.

Un físico que, cabe señalar, es el más común en nuestro país porque, aunque efectivamente tenemos chicas güeritas y de buen cuerpo, ciertamente no son tantas como las “Alexas Moreno” que predominan a nivel nacional. Y ahí radica la ironía: un país de Gordos criticando a una chica que los ejemplifica fielmente, con la salvedad que esta “gordita”  sí hace algo productivo de su vida a través del ejercicio.

            Pobre chica, me imagino el coraje, desilusión y rabia que debió sentir al conocer la reacción de su propio país por su físico e ignorar su actuación.

            La relación de los Millenials y la homosexualidad.

            Hasta hace unos diez años ya no se escuchaba el termino Generación “X” (a la cual pertenezco) con tanta insistencia. Sabíamos que ya venía en camino la Generación “Y”, pero aún eran muy jóvenes para ser relevantes. Eso cambió cuando estos últimos empezaron a trabajar y a alguien se le ocurrió el nombre de “Millenials” para clasificarlos.

            No lo voy a negar, me cagan los Millenials y, peor aún, que se sientan tan orgullosos de denominarse así. Ahondaré del tema de mi repudio a dicha generación en otro escrito; de hecho ya les dediqué uno antes de que supiera que se llamaban Millenials. Sin embargo, en esta ocasión, voy a referirme a ellos para algo positivo que tienen ya que, al parecer, son un poquito más tolerantes que la Generación X y me voy a enfocar en un aspecto: la homosexualidad.

            Ciertamente la Generación X es más obediente y algo chapada a la antigua, en consecuencia, también somos más prejuiciosos. Platicando con mis contemporáneos, me doy cuenta que respetamos a los Homosexuales, pero una cosa es reconocer sus derechos y otra muy distinta promocionarlos (Tema que ya trate profundamente en “Pretendamos que somos libres de opinar”).

            Pero los Millenials piensan de otra forma. De hecho, desde su perspectiva exhibicionista, está muy bien que los Gays salgan a la luz y se autopromuevan a más no poder, y hay compañías que están aprovechando dicha tendencia.

            Hace unos meses los Doritos sacaron su versión especial para Putos . . . ejem . . . . lo que el Presidente quiso decir es . . . . sacaron su versión “Gay Friendly” conocida como “Doritos Rainbow”.

            Como comenté en el otro escrito, ¿es necesario tener una botana especial para gays? ¿Acaso no es eso igual de discriminatorio? Me parece que más que un resultado positivo para la sociedad mexicana, ocasionó el efecto contrario.

En Twitter (mi única red social activa) se desató el debate: entre los homofóbicos y los que apoyan a los Gays, sin tener que serlo propiamente. Viendo las fotos de uno y otro bando, era clara la diferencia de generaciones.

No utilicé la red social para expresarme, pero con mis contemporáneos el comentario fue casi unánime “¿Qué es esto? ¿Papitas para Putos? ¿Qué sigue?”, tal vez porque fuimos educados para respetarlos pero no para promoverlos.

Pero esta es una bola de nieve que ya no va a ser detenida.


Otra vez en Twitter (he mencionado tanto a dicha red social que he decidido hacerle un escrito pronto), en su sección “Momentos” salió un apartado con las “Noticias que te alegraran el día”.

Dentro de todas las noticias hubo una que me hizo poner cara de “What the Fuck?”, ya que incluían la nota de que Cover Girl había elegido a un muchacho maquillista de 17 años como su nuevo modelo para sus cosméticos.

No sé qué me tenía más contrariado: el hecho de ver a un hombre maquillado anunciando cosméticos o verlo en una sección “Noticias que te alegraran el día”. ¿Cómo por qué va a alegrarme el día que un chamaco sea la imagen de cosméticos para mujer? Desde mi perspectiva es otro paso para la degradación de esta sociedad humana (que ya no tiene marcha atrás).


Sí, soy anticuado, lo admito. No soy de esos que usan camisas rosas ni lilas ni colores pastel. Creo en la equidad mas no en la igualdad, creo que hay roles de mujeres y roles de hombres. Me fastidia que haya un hombre maquillado como mujer así como me molesta ver a mujeres rompiéndose la cara en peleas de artes marciales mixtas. Sí, soy anticuado y prejuicioso, pero fui educado en donde había cosas definidas y así estaba bien el mundo.

Obviamente para un Millenial o para un Centennial (Que son los que vienen atrás), mi postura es anticuada, por completo retrograda e inaceptable, pero no me voy a callar porque ellos lo crean así.

Es como leía de un usuario en Twitter al ver estas tendencias homosexuales en la red “Extraño los días en que los gays no estaban orgullosos de serlo” y no porque no tengan derecho a existir, complementaría, sólo no quiero que me los estén enjaretando en cada esquina hacia la cual volteo y todavía los enaltezcan.

Y luego se preguntan por qué no quiero tener hijos en este mundo. ¬_¬

Conclusión: La discriminación es natural (aunque no lo admitamos).

            La discriminación es un proceso natural, en cualquier especie. Ya que siempre se acaba privilegiando a los más fuertes, los más altos, los más jóvenes, los más aptos y más atractivos y, por ende, relegando a los más débiles, los más feos, los más débiles y los más viejos.

Por más posturas mustias que adoptemos, por simple selección natural, vamos a seguir discriminando y privilegiando a algunas personas sobre otras. En épocas de las cavernas la discriminación era fácil, ya que la fuerza, la velocidad, la altura, la belleza o la juventud eran los únicos factores a tomar en cuenta. Ahora, en esta selva moderna que habitamos, también se toma en cuenta tu status social, económico, político y demás importancia e influencia que puedas tener.
 
En resumen, no podemos dejar de discriminar, por más que pretendamos ser avanzados, nuestros instintos se acaban imponiendo e inconscientemente, acabamos discriminando a los menos privilegiados.

            Pero una cosa es discriminar hacia nuestros adentros y otra muy distinta es el hacerlo evidente (como la chica que me cortó el pelo del escrito anterior). Es como decía Orhan Pamuk en “El Museo de la Inocencia”: ‘El ser civilizados no consiste en que seamos iguales, sino que actuemos como si lo fuéramos’.

            Y ahí radica una diferencia muy grande: la actitud.

            Les aseguro que el señor y el niño a los cuales les regalé el agua (en el escrito anterior) se fueron con una gran imagen de mí, aunque mis razones para hacerlo no hayan sido tan puras. Por otro lado, aunque no me agradan tantas expresiones del orgullo gay, no quiere decir que vaya a salir y a matar cuanto gay se me ponga en frente o a no respetar sus derechos. Una cosa es que me desagrade su extensa propaganda y otra muy distinta que haga algo para dañarlos.

            Y lo mismo aplica con musulmanes, judíos, chinos, hindúes y demás personas que no son mis favoritas, pero no por ello voy a dejar de tratarlos con el respeto que exige mi educación. No puedo evitar discriminar a la gente que me desagrada pero sí puedo comportarme como alguien civilizado con ellos.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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