domingo, 23 de octubre de 2016

La Naturaleza de la Discriminación (Primera Parte)

            Alguna vez, en “La Mustia apariencia del Nito” me atreví decir que en México no somos tan racistas como en Estados Unidos, así que no debíamos copiar sus posturas mustias para fingir igualdad en la sociedad.

            Ofrezco disculpas por una aseveración tan equivocada (o sea, estaba bien pendejo).

            En realidad, en México somos unos prejuiciosos de mierda, ciertamente hay algunas culturas más retrogradas que nosotros pero eso no quita que seamos unos racistas, homofóbicos, machistas, misóginos, clasistas, convenencieros, barberos, malinchistas y demás calificativos que nos hemos ganado al ser una cultura tan poco tolerante y, por ende discriminadora.

            En este par de escritos, voy a compartir diversos casos míos o cercanos para ejemplificar esta actitud.

¿El agua no se le niega a nadie?

            Iba corriendo una calurosa tarde hacia la Pirámide de Cholula cuando un niño le dice a su padre “¿Y si le preguntamos a él Papá?” mientras me señalaba, a lo que voltee y eso le dio pauta al chamaco.

            “Señor” me dijo, a lo que asentí a modo de respuesta y el niño prosiguió “¿Me da de su agua?” señalando el cilindro que llevaba en la mano. Muchas veces pecaré de culero y egoísta, pero aún no llego a los niveles como para negarle agua a un escuincle sediento de unos seis años en una tarde calurosa. Así que le tendí el trasto.

            Mientras el pequeño bebía con ahínco, el papá me pedía indicaciones para tomar el camión de regreso a su pueblo. Ambos se veían de extracción muy humilde, gente decente pero de muy escasos recursos. De hecho sólo llevaban dinero suficiente para el camión que los lleva a su casa, así que aún debían caminar como 5 kilómetros para tomarlo.

            En eso el niño terminó de tomar y, con toda inocencia, le pasó el cilindro al padre que, también muerto de sed, empezó a beber. En dicho momento me quedé petrificado, digo no tenía ningún empacho en que el niño tomara de mi agua, pero el padre ya era otra historia.

¿Cómo explicarlo? Siendo honestos, me dio asco, y no por su clase social, sino por los dientes de tono amarillo verdoso que exhibía el señor. Así que, cuando intentaron devolverme el cilindro, les contesté con tranquilidad “Mejor quédeselo, igual y les falta mucho tramo por caminar”, detalle que me agradecieron profundamente y siguieron su camino con la idea de que era un gran tipo, cuando, en realidad, no lo soy.


Podría argumentar una cuestión de higiene, pero sé que eso no es cierto. En algunas ocasiones, mis compañeritas adolescentes de Jazz toman de mi cilindro de agua, y con mucho gusto las dejo hacerlo sin asco alguno. Si somos lógicos, no sé mucho de la vida de estas chicas, igual y tienen muchos novios o igual y no. Con lo loca que está la juventud hoy en día (y con lo guapas que están las chicas) es muy probable que se anden besuqueando con algunos chamacos.

El otro señor se veía muy decente y, al ser de campo, en teoría su estilo de vida sería más sano, así que me debería dar más asco que las chicas tomen de mi agua que él. ¡Ah! Pero hay otros factores involucrados.

En primer lugar el atractivo, no es lo mismo arriesgarte con la saliva de  una hermosa chica que la de un señor grande. Por otro lado el hecho de la “igualdad” influye mucho, ya que las muchachas de mi clase, de alguna manera, son mis iguales mientras que el otro señor no, por lo menos desde el punto de vista socioeconómico. Además, el hecho de que haya sido un desconocido influyó determinantemente en mi rechazo.


Al final del pasaje, padre e hijo se llevaron una buena imagen de mí aunque, en el fondo, no fueron muy nobles las razones por las que les regalé el agua. Por cierto, retomaré este pasaje en las conclusiones del segundo escrito.

Amores en Burger King

            Alguna vez, platicando con una amiga, le hice la siguiente pregunta: “Si encontraras al amor de tu vida ateniendo en un  Burger King ¿Lo tomarías?” Sin pensarlo ella respondió de inmediato: “No”

            Le decía que podía estar ahí pagándose sus estudios y que podría tener un futuro muy prometedor, a lo que ella me vio con una mirada de ternura “Hebert, ¿Cuántos millonarios conoces que atendieron un Burger King?” sin necesidad de esperar mi respuesta prosiguió.

            “Mira, he llegado a un punto en mi vida en que no sólo busco el amor, sino busco a alguien acordé a mis ideas, principios, valores pero, no lo voy a negar, también de acuerdo a mi status socioeconómico. Para ustedes como hombres es más fácil, porque pueden recoger a una chica sencilla y nadie se las hace de jamón pero, como mujer, no nos podemos dar el lujo de aceptar menos de lo que somos y, las que lo hacen, usualmente pagan el precio de su atrevimiento.”

            La fría honestidad de mi amiga me dejo perplejo pero, analizándola con calma, no había mucho que le pudiera reprochar. Y es que hay reglas que no están escritas pero que todos respetamos, como lo es codearte con gente que percibas como tus iguales. Así como explico en el siguiente punto.
           

Tender la mano a tu prójimo

El dicho “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, en realidad es una adaptación de uno semita que dicta “Ama a tu prójimo judío, como a ti mismo”, en donde se demuestra la fuerte solidaridad que los integrantes de dicha religión tienen entre sí y, por otro lado, una clara exclusión del resto de religiones.

            Sin embargo, aunque el pueblo judío no es propiamente popular en el mundo por esta actitud, que demuestran de manera pública, el resto de las sociedades no son tan distintas.

            Los bancos sólo te prestan cuando tienen la seguridad que puedes pagarles, lo cual me parece muy prudente y por lo mismo me he adaptado a aplicar dicha regla. Porque, muchas veces, por ayudar a alguien, he acabado perjudicado en mi patrimonio.

            Así que he aprendido a prestar dinero a muy pocas personas, y sólo lo hago a gente que considero que está a mi nivel en valores y socioeconómico. Eso no impide que muchos vengan en busca de un préstamo de manera constante sin embargo, como sé que la mayoría de ellos no tienen cómo pagarme, he optado por decir que no.

Esta actitud no me impide dar limosnas o dádivas, si el monto es pequeño, y ésas las doy con la certeza en mente que no voy a ver el dinero de vuelta, lo cual pasa casi siempre, a pesar de que todos dicen y juran que me van a pagar.

Muchos dirán que soy injusto y culero, y tienen razón, sin embargo, no espero un trato diferente hacia mí si caigo en la misma situación.

Si llegara a perder mi fuente de ingresos (mi trabajo), no tengo ninguna expectativa que el resto de la gente me trate de la misma manera que lo hace ahorita. Si llegase a quedarme sin empleo (o tener uno de menor categoría) de inmediato dejaría de ser de la misma “clase social” que mis camaradas, así que optaría por alejarme de casi todos los que conozco en la empresa, a excepción de dos personas que en verdad son mis amigas.


Y es que ya no podría mantener el mismo status, los mismos lujos, las mismas pretensiones y, para acabar pronto, no tendría las mismas posibilidades que ellos. Al final, el saber que alguien tiene las mismas posibilidades que tú, te da cierta tranquilidad sobre el cumplimento del compromiso. Si te llegas a comprometer con alguien con posibilidades inferiores al monto prestado, y no te pagan, la culpa recae sobre ti por arriesgarte tan tontamente.

            Aunque se nos educó con la idea de que todos somos iguales, en los hechos, normalmente nuestro círculo social se compone de gente con características similares a las nuestras, sobre todo, con el mismo poder socioeconómico. Cuando alguien de tu círculo pierde el status que compartía con el resto, tal vez no de inmediato pero, eventualmente, va a acabar saliendo del círculo.


Normalmente se da la oportunidad a que el individuo salga por voluntad propia y, si no lo hace, el resto del grupo lo va excluyendo de manera silente “Ya no es igual que nosotros” es el pensamiento que todos comparten pero que nadie expresa, porque es más una especie de acuerdo tácito, natural e inconsciente que una decisión tomada de manera explícita.

            Y es que, si te sigues llevando con alguien que ahora es “inferior” a ti, el que tiene todo que perder y nada que ganar eres tú, ya que arriesgas tu capital social y económico, porque antes sabías que la otra persona tenía con que respaldar sus deudas o favores, pero ahora ya no, y es un acto de buena fe.


Pero los actos de buena fe son más fáciles de hacer entre iguales porque cuando es entre alguien superior e inferior se le llama limosna, y de ese no se espera una retribución. Pero dar o recibir una limosna de alguien que antes era tu igual ha de ser uno de los actos más difíciles para ambas partes. Entonces se debe pretender que siguen en igualdad de condiciones pero, al no haber un respaldo para dicha igualdad, la relación se torna incomoda e insostenible en su estatus anterior.

Pero bueno, para que no me odien (más), y para que vean de esto de las “lealtades” entre personas de la misma clase social funciona en ambas direcciones, ahora voy con dos casos en que he sido discriminado.


El Corte de pelo

Seis semanas después de haberme rapado, me tocó irme a “despuntar”, así que fui con mi estilista de cabecera. Casi siempre tengo suerte y no hay gente delante de mí, así que me suele atender de inmediato.

En esta ocasión había un chico antes que, casualmente, se estaba haciendo el mismo corte tipo militar que estaba por hacerme. Cuando termino y le cobró, noté que el monto era mucho menor del que normalmente me cobra.

            Pasé a que me cortara el cabello, platicamos amenamente y, al momento de pagar, me cobró la tarifa de costumbre. De manera tranquila, le cuestioné sobre la diferencia de precio por el mismo servicio, pero la chica se puso roja (supongo que no esperaba la pregunta de mi parte) así que, al ver su incomodidad, le dije “No te preocupes, así está bien”.

            La explicación que, supongo, la chica no me pudo dar es que el chavo anterior era más humilde, de una clase social similar a la de ella, por lo cual hay cierta solidaridad. En mi caso, claramente no pertenezco a “su” status, así que está bien si me cobran más porque tengo con qué pagar la diferencia.

            No crítico a la chica, de hecho admiro la lealtad hacia sus iguales, lo único en que tendría cuidado es en no hacer evidentes esas diferencias ya que, aunque las comprenda, a nadie le gusta que lo discriminen de manera abierta.

            De acuerdo a tu apariencia se da o se niega el beso


            Ya traté ampliamente el tema del Herpes Zóster en una trilogía, pero me voy a enfocar a un hecho en particular.

            Mientras tenía las costras en la frente y mi rostro no era nada atractivo (aún menos pues), muchas mujeres fueron muy lindas al seguir saludándome de beso a pesar de la apariencia y, si sentían asco, no daban muestra alguna de ello.

            Sólo hubo dos féminas que se negaron a saludarme como de costumbre a causa de mi apariencia y por paranoia hacia la enfermedad. Ese hecho lo entendí y, sin embargo, no lo perdoné (Si por algo me caracterizo es por ser vengativo y rencoroso).

            Entiendo que la enfermedad o una apariencia desagradable es un motivo automático para discriminar a alguien, ya que deja de ser tu igual. Sin embargo, desde mi perspectiva, si ese alguien va a volver a recuperar su estatus, entonces la discriminación fue injustificada y, por ende, tomo acciones al respecto por dicha deslealtad.

            Es por ello que, desde aquel momento, deje de saludar efusivamente a dichas mujeres, aunque ellas ahora hagan el intento de volverme a saludar como en antaño.  Para mí, en el momento en que me desdeñaron es que se ganaron a su vez mi propio desprecio hacia ellas.

            Vamos con otro ejemplo de cómo los besos también se dan conforme al status que percibes en la otra persona.

            Besando a la de limpieza.

            Hace un par de años había una señora que estaba asignada a limpiar nuestras oficinas, misma con la que platicábamos ocasionalmente y uno que otro obsequio le hacíamos. Sin embargo, una de mis compañeras de extracción más “humilde” se llevaba de piquete de ombligo con ella.

            Un día la señora nos encontró al momento que salíamos a comer, estaba en busca de su amiga (mi compañera de trabajo) para despedirse porque había encontrado un mejor empleo.

            Se pusieron a platicar brevemente y se despidieron de beso, esa acción nos dejó de piedra a los otros tres acompañantes (dos chicas y yo), ya que la señora procedió a despedirse de la misma manera de nosotros. Y seguimos nuestro camino.

            Más tarde, ya sin la presencia de nuestra compañera, comentamos entre los tres lo bastante incómodos que nos sentimos por despedirnos de manera tan íntima de la de intendencia. Ya hablando al chile, sin pelos en la lengua, admitimos que no se sentía correcto, por eso nuestro profundo desagrado al despedirnos de ella de beso.

            La señora estaba limpia, no podemos adjudicar nuestra incomodidad a su higiene, simplemente no era nuestra igual y por ello nos sentimos mal de despedirnos de ella. Igual y somos seres despreciables y nuestra compañera tiene un gran corazón o, dándole otra lectura, ella no percibía dicha diferencia con la señora de intendencia, misma que nosotros sí.

            Ahí es donde ves la discriminación que ejercemos sobre la base del valor que les asignamos a ciertas personas, basándonos en su status socioeconómico, su apariencia, su higiene y demás factores. Es una enseñanza tan arraigada en el inconsciente colectivo que hasta que nos detenemos un momento nos damos cuenta de ello.

            ¡Puf! Son tantos ejemplos que tuve que extenderme más de lo planeado, así que tendré que tuve que dividir el escrito en dos. En esta liga pueden leer la continuación de este texto y mi conclusión sobre el mismo.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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