domingo, 2 de octubre de 2016

Semana 39, la última de los 39.

            Además del instante de iluminación que tuve en la pirámide de Cholula (que pueden leer en esta liga), la semana 39 estuvo plagada de momentos que no fueron tan relevantes y, sin embargo, me llenaron de enseñanzas o remembranzas.

            Si no te lo piden, no des (Parte I)

            Un amigo me pidió dinero durante el mes pasado, mismo que me pagó la semana pasada. Lo chistoso de cuando saldó su deuda es que, mientras platicábamos, me lanzaba indirectas que me iba a volver a pedir prestado.

            Me resultó muy chistoso, porque en México no estamos educados para ser asertivos, así que siempre lanzamos indirectas para que el resto las interpreten y nos confirmen nuestros deseos (es algo así como “buena educación” no ser directo).


            Aunque mi amigo es muy noble, con un corazón de oro y en extremo generoso, no le ofrecí mi ayuda. Obviamente sí le voy a prestar el dinero, pero voy a esperar a que me lo pida.

            ¿Acaso soy un cúlero? ¡Por supuesto! ¿No tengo piedad de los demás? Si no la han tenido conmigo, creo que lo justo es que no la tenga ¿Soy una mala persona? Definitivamente.

            Ahora, la verdadera respuesta de por qué no ofrecí mi ayuda de inmediato está en la continuación de este aparatado, o sea, más abajito. Pero mientras pasemos con otra enseñanza.

Madurez después de la estupidez (Parte I)

Era Jueves y mis Delfines iban a jugar en la noche, así que me urgía salir temprano del trabajo para preparar todo. Pero Murphy tenía otros planes.

Para empezar, por temas  ajenos que tuve que resolver yo, salí tarde, así que iba que bufaba por la ira. La lateral a la autopista iba a vuelta de rueda, debido a la lluvia torrencial, así como la subida al periférico. Al encontrar dicha incorporación congestionada, cuando salgo a las cinco, me sigo unos metros y paso por un puente debajo de la pista para acortar tráfico e incorporarme al periférico rumbo a casa.

Sin embargo, las prisas y el enojo nublaron mi razón, y omití el hecho que estaba lloviendo, lo cual significaba que dicho puente estaba inundado, y no había ninguna otra salida ni para mí, ni para las decenas de autos que estábamos varados en dicho tramo.

Por un momento intente meterme en los caminillos de tierra que llevaban a casas humildes, le pregunte a los lugareños si había otra salida a lo que me respondían con toda calma que no la había. Intenté por otra callecita para salir al pueblo y rodear, pero era un río y casi me quedo atascado.

Con tremendo susto, regresé al embrollo inicial, pero ya más calmado. La desesperación de ver el partido había desaparecido, el enojo por llegar tarde también, incluso el reproche por haber errado la decisión pasó a segundo término.

Apagué el motor, me dedique a escuchar música y ver Twitter para entretenerme, ya que en algún momento debíamos salir de ahí. ¿Cómo pude tranquilizarme tan rápido? Por dos factores.

El primero fue el susto de casi quedarme atascado. Para la zona en la que estaba no iba a llegar ninguna grúa, además el seguro no cubre el motor si le entra el agua, así que deje de pelear con lo que no tenía solución.


El segundo factor fue el Herpes Zóster que me afectó hace poco tiempo (y del cual aún no estoy dado de alta oficialmente). Parte de los factores que propiciaron la enfermedad fue el estrés. A lo largo de mi vida he sido especialista en crearme estrés gratuito, en gran parte por pendejadas. Así que estoy reeducándome de a poco para intentar no enojarme por todo.

Obviamente no puedo vivir sin enojarme por cosas que realmente lo ameritan pero, como quiero mantenerme alejado de dicha enfermedad, he aprendido a enfocarme en el ahora. Por eso ya no tenía caso que mentara madres por el partido, por perder mi tiempo, por haber errado la decisión de seguirme derecho en lugar de subir directamente al periférico. Nada de eso iba a solucionar el embrollo actual.


Pasaron los minutos y la gente de la zona, que se ve que les pasa seguido, se organizaron y pusieron piedras en forma de camino para que los autos pasaran por el agua y salieran. Mucho más eficientes que agentes de tráfico, ordenaron los carriles e hicieron respetar el uno a uno. Aun así debíamos pasar sobre agua alta, así que sólo contuve la respiración y le pise constante para salir de ahí.

El otro lado de la pista también estaba parado, por lo que no tenía caso regresarme por el retorno de Xoxtla, así que tuve dar una vuelta descomunal por el aeropuerto de Huejórleans y llegar a mi casa dos horas después de lo planeado.

Mi plan de ese día de arruinó, pero no llegué molesto, al contrario, estaba agradecido porque no pasó a mayores, no se dañó el auto y estaba en mi casa sano y salvo. Ni siquiera me importó que perdieran los Delfines, aunque sí me enojó que volvieran a jugar tan mal (ganar o perder es circunstancial, jugar bien o mal es lo que está en tus manos).

Aprendí que debo tomar mejores decisiones, aunque no me quedó tan claro porque al siguiente día tuve otro recordatorio. Pero, antes de eso, vamos con la respuesta de la sección anterior.

            Si no te lo piden, no des (Parte II)

Había acabado mi clase de Streching, como siempre intensa, así que todos estábamos muy sudados. Hay una chica que me encanta de clase, aunque está muy joven para mí, pero intento tener detalles con ella, sin pretender algo serio realmente.


En una ocasión anterior estaba muerta de sed, así que le ofrecí de mi agua (de guayaba aquella vez) y aceptó de manera gustosa, lo cual me había hecho feliz. Así que al verla empapada, me pareció una buena oportunidad “¿Quieres agua?” le pregunté, a lo que me respondió negativamente, a pesar que era obvio que tenía sed “¿Estás segura? Última oportunidad” tontamente insistí, ella me volvió a contestar con toda su dulzura “Es que no me gusta el agua de Sandia”.

Ahí me cayó el veinte, me despedí de ella (y del resto) y me fui al auto. Estaba furioso, pero no con la chica, sino conmigo. Tuve un recuerdo de todas las veces pasadas que alguien me gustaba, y cómo les insistía a niveles molestos. Ésta no fue la ocasión, porque sólo fueron dos veces, pero desde la primera no debía ofrecer el agua, sin importar que me gustara o no la chica.


Aquí viene la respuesta de la primera sección, por la cual no le ofrecí dinero prestado a mi amigo: Algo que he aprendido, a punta de madrazos, es a no ofrecer ayuda, dinero, atención ni nada de nada. Ojo, no digo que no hay que ayudar, sólo que no hay que ofrecerse de buenas a primeras.

Cuando ofreces tu ayuda, sin que nadie te la pida, pasan dos situaciones: por un lado estás descalificando a la persona, porque crees que no puede resolver sus problemas, por el otro lado, te estás depreciando al ofrecer tu esfuerzo de manera gratuita.


Y es que si aceptan tu ayuda gratuita, deja de ser un detalle o un apoyo y pasa a ser una obligación, ya que la diste a cambio de nada, lo cual te devalúa ya que has demostrado ser “gratis”. Y cuando ya no puedas dar esa ayuda gratuita, la gente se va a enojar contigo por ya no ser su empleado, en lugar de recordar todas las veces que les apoyaste antes.

Lo más sano es dejar que la gente sea lo suficientemente humilde para solicitar tu apoyo, así les das la posibilidad de tomar una postura madura ante su problema. Además, cuando dejas que la gente acuda a ti, les estás dando la posibilidad de ser agradecidos, y tú te estás dando el valor que mereces.

Esa regla la aplico muy bien con el 95% de mi círculo social, pero debo aprender a aplicarla con el 5% restante: las mujeres que me resultan atractivas porque, gracias a que siempre las agobio de atenciones, es que les resulto tan poco interesante.


Pero en fin, esto de la vida es un aprendizaje constante, y a veces no asimilas la lección de un día para otro, como se lee en lo que pasó a continuación de que salí de clase.

Madurez después de la estupidez (Parte II)

            Tenía un Sábado lleno de pendientes y quería avanzar en algo el poco tiempo que me quedaba el Viernes después de clase. “Vamos al Costco” me dije, a lo que me contesté “Mala idea, es Viernes de Quincena, la zona de Fresópolis va a estar hasta la madre”. La segunda era la voz del sentido común, pero mi ambición por ganar tiempo pudo más y me encaminé al Costco.


            Craso error.

            El Tráfico estaba muy pesado, a vuelta de rueda y, en veinte minutos sólo había avanzado un par de cuadras. Acepté mi error, no me recriminé por el tiempo perdido ni por la decisión errática: lo hecho hecho estaba y (por segundo día consecutivo) la había regado.

            Modifiqué mi ruta y me fui a casa, sólo perdí mi tiempo y no logré adelantar nada, pero no me reproché nada. Poco a poco he aprendido a ser indulgente y amoroso conmigo mismo. De todas formas el enojarme por mis errores no los resolvía y, cuando no me enojo, encuentro las soluciones (o resignaciones) más pronto.

            ¿Por qué estaba tan errático? Porque en unos días va a ser mi cumpleaños, pero acumular otro año no me quita el sueño, había otra razón de por medio, pero la trataré en la última sección.

            Disfrutando la Soledad

            Los primeros tres días de la semana estuve muy feliz, ¿la razón? Hans, mi vecino de al lado del cubículo, estaba de vacaciones. Y no es que me caiga mal, al contrario, me cae muy bien pero es tan sociable que requiere de mucha atención, así que platicamos mucho durante el día.

            Las pláticas son chidas, divertidas o interesantes pero, no lo voy a negar, a veces necesito mi espacio, así que Hans suele darse cuenta y se va a ser sociable con alguien más.

Me gusta socializar, hasta cierto límite, pero me gusta más estar solo, es más, lo anhelo. Los fines de semana suelo no ver a nadie y me la paso muy bien en mi compañía.

Pero este fin de semana iba a ser diferente, porque tenía reunión de NFL en mi casa, lo que significaba que iba a recibir a ocho amistades y eso me estresaba mucho, porque no suelo meter gente a mi morada.

“Yo y mi bocota” me recriminaba “¿Por qué tuve que invitarlos?” y eso que es gente que quiero, sólo que no los quiero dentro de mi casa (nada personal, de hecho muy poca gente ha logrado dicha hazaña).


En momentos así me impresiona el poder de mi mente, si pudiera utilizar dicha habilidad para conseguir cosas más importantes o productivas, sin duda tendría una vida (aún más) envidiable.

Fue tanta mi pasión para que se anulara la reunión que, por arte de magia, cinco de los ocho invitados cancelaron en la semana, lo cual me dio el pretexto perfecto para terminarla de suspender y recuperar la tranquilidad en mi ser.

Recalco, me gusta convivir y socializar, pero con sus límites, y una de esas limitantes está fuera de mi casa. Mi tendencia a la Soledad la he planteado ampliamente en variados escritos, como pueden leer en esta liga.


Aunque mi soledad no es total, como podrán corroborar al final de la siguiente sección.

La delicia de vivir en México

            Todos los días comemos en el “Buffet de Doña Ale”, un lugar que creo que nadie va a superar en relación calidad-precio en el mundo. Y no exagero ya que todo, absolutamente TODO, lo que ahí sirven es una delicia.

            Es cocina mexicana con un sabor casero exquisito y a un precio ridículo: $50 pesos (o sea como $2.50 USD), por esa cantidad me alcanzo a comprar una pieza de pan en el extranjero. En fin, íbamos en camino al Buffet y nuestra Jefa nos decía que si se pudiera mudar algún lado con su familia, sería a Estados Unidos.

            “Me gusta visitar el Gabacho” le dije “Pero no me veo viviendo ahí” le decía a Eli. La plática continúo pero yo empecé un diálogo interno “¿A dónde viviría si no lo hiciera en México?”

            Repasé todos los lugares maravillosos que he visitado y, lo curioso es que, por más cosas bellas que veo en el extranjero, al final, sólo me sirven para valorar más a mi país. Ojo, no digo que México sea el mejor país del mundo porque, claramente, no lo es; sólo digo que es el país en donde más feliz puedo vivir.

            Mientras degustábamos los manjares en el Buffet le decía a la Jefa “Pero si te mudas a Estados Unidos no vas a poder comer esto”, a lo cual Eli no tuvo defensa alguna y me dio la razón. De igual forma, al salir, ella dijo que también extrañaría el ambiente tan irreverente y divertido que armamos a la hora de comer.

            Y es que la combinación de comida, gente, clima, cultura, humor, libertad y demás hacen que mi vida sea de alta calidad y alto nivel. Ni siquiera en Japón, el país que robó mi corazón desde pequeño, sería tan feliz como en México, aunque sobre ese tema ya tengo un largo y profundo escrito en proceso.


            Porque, aunque me encante mi soledad, no es lo mismo ser solitario en México que en culturas más frías como la gringa, teutona o nipona, en donde sé que sí resentiría la exclusión social. En resumen, me gusta ser solitario en un país que me da la libertad de serlo y, cuando me canse de serlo, también me da la posibilidad de integrarme a la sociedad tanto como yo quiera.

            Mi cumpleaños en función de otra fecha.

            Este ensayo hace referencia a que es mi última semana antes de llegar a los 40 años, que cumplo el Martes 4 de Octubre. A diferencia de cuando llegué a los 30, no estoy consternado por la edad, es más, de hecho mi cumpleaños ha dejado de ser relevante per se desde hace tiempo.

            Pero una cosa es que mi cumpleaños no sea tan relevante y otra muy distinta que me sirva de fecha de referencia para otro aniversario.

            Recuerdo que durante tres o cuatro años después de terminar lo de Harumi, me seguía acordando de su cumpleaños, mismo que es una semana antes que el mío (27 de Septiembre). El único cumpleaños que pasamos juntos ella me regaló un Spiderman para el coche aunque ya no recuerdo que le regalé a ella, porque le obsequiaba tantas cosas que seguramente no era tan especial (haciendo un guiño a lo mencionado en la segunda parte de Si no te lo piden, no des).

            Con el tiempo superé a Harumi y mi vida volvió a su cauce normal hasta que muchos años después, en Febrero del 2013, Nadia ingresó a mi vida.

            Mi cumpleaños número 38 ha sido uno de los más terribles que he pasado, y eso que lo pasé al lado de mi ExMusa. Los hechos no los voy a compartir en esta ocasión, pero fue un mal cumpleaños, porque me demostraba que el fin estaba cerca.


            Cuatro días después, el Miércoles 8 de Octubre de aquel 2014 fue mi última clase en Rumba Mía y el último día que vi a Nadia en vivo (al llevarla a su casa), en el trayecto tuvimos una plática muy seria (nunca discutíamos) que me dejó en claro que ya no había solución. Eso lo terminé de comprender el Jueves 9 de Octubre (por la mañana), momento en que me despedí de ella.

            Más que llegar a los 40, tengo más presentes los dos años que voy a cumplir sin verla. Si, la extraño, no lo voy a negar. Supongo que llevo mis duelos en etapas distintas al resto: más o menos tardo seis meses en sanar el dolor visible, pero pareciera que me toma algunos años terminar de “olvidar” emocionalmente.


            Ése es el problema de gente como yo: muy pocas cosas nos interesan pero, cuando algo sí llama nuestra atención, nos importa demasiado. Tal vez por eso sigo recordando la fecha del cumpleaños de mi primer amor y, seguramente, seguiré recordando el 8 y 9 de Octubre del 2014. La diferencia es que, con el tiempo, el 27 de Septiembre volvió a ser simplemente una fecha más y, a veces, me acuerdo que tenía un significado especial. Son cosas que siempre sabrás, pero que dejan de ser relevantes.

            No me importa el tiempo que vaya a tomar que estas fechas dejen de ser importantes para mí, con Harumi me tomó unos cuatro años y es factible que con Nadia me tomé un tiempo similar. Al final a ambas las ame en su momento y si aún las recuerdo es que fueron muy relevantes para mi existencia.

           “El amor dura para siempre. Cambia de dirección y, de vez en cuando, de forma. Crece y avanza, pero una vez que has amado a alguien, ese amor siempre estará allí. ” – Christopher Hansard (‘El Arte Tibetano de la Serenidad’)

PD ¡Feliz Cumpleaños a mí! :-)


            Hebert Gutiérrez Morales.

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