domingo, 27 de noviembre de 2016

El Zoológico y el Parque Balboa (San Diego: Parte 1/3)

En el Jardín Japonés del Parque Balboa
            Al ver por la ventanilla, el espectáculo resultaba extrañamente atractivo: el paisaje desértico antes de aterrizar en Tijuana era inexplicablemente bello, con una orografía que me hizo anhelar las Barrancas del Cobre. Sin embargo, al ver la zona urbana desde las alturas, recordé que alguna vez escuché: “Lo más bonito de Tijuana es San Diego”.

            Por $16 USD cruce por el puente internacional CBX mismo que, en teoría, te ahorra muchos trámites y, como mi tiempo era oro en este viaje, los pague con gusto. Aunque ya sabía que los norteños en México son educados y generosos, me sigue encantando que se mostraran amables, serviciales y atentos al orientarme de cómo llegar a San Diego, esto sin importar que no contratara su servicio de transporte. Hecho que no me imagino en el lugar en donde vivo, por la actitud egoísta que prevalece en el centro del país.
Un Canguro echando la hueva

            En la autopista que te lleva a San Diego, el paisaje árido continuaba, pero la sensación era otra ya que, conforme avanzas, las casas se tornan más fresas y la infraestructura de primer mundo te borraba el deprimente paisaje que ves unos kilómetros al sur. Ya en la ciudad, la encuentras tan bonita que se te dificulta entender que forme parte de ese ambiente tan árido.

            Llegué en friega al hotel, porque aún era buena hora para aprovechar el día (10AM), así que me puse las bermudas, por el intenso calor que hacía, y procedí a cumplir el cargado itinerario del sábado.
Un Koala que casi no se mostraba

            El Zoológico de San Diego

            Estaba muy preocupado por la extensión del zoológico (40 hectáreas), así que comí algo antes de empezar a recorrerlo a paso veloz. Era el día previo al partido de mis Delfines, así que me encontré con bastantes aficionados del equipo y, como llevaba mi gorra alusiva, intercambiamos palabras, saludos o expresiones de ánimo para el juego.

            Conforme avanzaba por el sitio, le fui bajando de intensidad a mi paso, por dos factores: primero llevaba tres días seguidos durmiendo poco (por la redacción del escrito de Trump y por la preparación del viaje) y en segundo lugar porque me fui desencantando del lugar.
Figura hecha de arena

            No me malinterpreten, este zoológico es de los más populares del mundo y ciertamente está muy bonito y no he estado en alguno mejor. Mi desencanto era más de índole personal, porque me dejé contagiar a la emoción de los comentarios previos de mis amistades sobre dicho lugar, tanto las que lo conocían como los que lo querían conocer. Así que me crearon muchas expectativas que no me pertenecían.

            Ahí me resultó claro el por qué llevaba más de 15 años sin ir a un zoológico, esto sin contar Animal Kingdom o Xcaret que no lo son al 100%. El último fue Africam Safari, que no es uno común, porque los animales están en espacios abiertos, con un poco más de libertad que en una jaula. Sin darme cuenta aquel niño que amaba los zoológicos con el tiempo los empezó a odiar o, corrijo, a desencantarse de ellos.

            Y es la misma razón por la que me desencanté con los Museos de Historia Natural, que eran los favoritos de mi infancia, sólo que esa impresión con los animales disecados, ahora fue más impactante al verlo con los reales que están “muertos” en vida.
El desesperado Serval

            Me empecé a deprimir cuando vi a un Serval dando vueltas en su prisión como loquito, con una clara angustia en su lenguaje corporal, ya que es una criatura muy activa y necesita amplios espacios para moverse. La gente estaba encantada con el pobre felino y le sacaba fotos sin cesar. Al inicio también le había sacado foto pero después me resultó triste cuando capté el sentimiento de desesperación de la pobre criatura. Y es que ésa es una de las metas de los zoológicos: encerrar animales para nuestro entretenimiento.
Flamingos

            Los siguientes que me llamaron la atención fueron los elefantes que, aunque se veían bien cuidados, también capté dicha desgana en sus gestos, como una especie de hartazgo, algo que también note en rinocerontes e hipopótamos. Y muchos dirán que son bestias grandes y por lo mismo no tan dinámicas, pero era muy evidente su hastío, por lo menos ante mis ojos, que captaron dicho sentimiento y empaticé con ellos.
Ya en el camión me relajé un poco

            El que me terminó de fulminar fue el pobre Oso Polar. Con calor intenso de San Diego (y eso que era Noviembre), el pobre animal se veía sofocado (por más clima artificial que tuviera). Además, por más que esté cuidado, aunque honestamente no se notaba, el desgano que tenía el pobre era notorio, me imagino por el agobio de tanta gente escandalosa que lo va a ver.

Pensé que me iba a echar todo el día en el zoológico, pero a las dos horas ya estaba fastidiado, así que me enfoqué en recorrerlo todo ya sin detenerme a contemplar el enclaustramiento de las víctimas.
La elegancia del pájaro secretario

            Obviamente había criaturas que se notaban muy cómodas con su estancia en prisión: comida, agua y un lugar seguro en el cual vivir sin gran esfuerzo, animales que no tienen un instinto salvaje tan pasional o que, con el tiempo, se acostumbraron a ser domados.

            Estaba a punto de irme con un mal sabor de boca, pero opté por subirme al autobús que daba tours alrededor del sitio, con el afán animarme un poco. Ciertamente la narración de la conductora resultó un bálsamo de alegría y en algo me endulzó la visita, así que a continuación les comparto lo bueno que capté en dicho lugar.
El perro está encerrado con los Chitas

            Uno de los animales que me encantó por su gallardía, personalidad y elegancia fue el Pájaro Secretario, un ave que no conocía y que me encantó su forma de moverse tan decidida, firme y extrañamente fascinante. Esta especie es única en su familia y se distingue por cazar serpientes.

            Algo que me enteré en el tour del autobús fue un programa del zoológico en que crían a chitas en compañía de perros, mismos tienen encerrados juntos para que convivan, por lo que se acaban formando lazos afectivos profundos. Esto ayuda a que los chitas sean más sociables y sean relativamente domesticados por el vínculo que existe con los perros (incluso les ponen sus correas y los sacan a pasear).
Ya en el Teleférico me sentía más animado

El zoológico tiene otros programas en los que apoyan a la conservación de especies en peligro de extinción dentro de su propio hábitat, aunque eso no me quitó la sensación de decepción por los animales encerrados. A pesar de dicho sentimiento reconozco que el lugar está muy bien montado, con instalaciones de primera, souvenirs de lo más padres y creativos, gente amable que está dispuesta a orientarte

            También he de decir que el atractivo visual me tuvo entretenido, porque con el glorioso día que hacía, había muchas chicas con shortsitos, tops y falditas me levantaron mucho el ánimo, sin ese apoyo moral creo que me hubiera ido desde la primera hora H_H.
Muchos turistas en el Parque Balboa

            Y para cerrar bien mi visita me subí al teleférico para ver el zoológico desde las alturas, y esa última parte fue la más divertida, así que pude dejar el lugar con un ánimo más alegre y hasta pase a comprar unos recuerdos para unas amistades.

            El Parque Balboa

            El Balboa Park es muy bonito y enorme, de esos parques que parecen bosques tipo Central Park, Golden Gate Park, Tier Garten, Hyde Park y demás. En él se albergan una buena cantidad de museos dentro de edificios históricos, todos estos a lo largo de la avenida El Prado.
El día estaba pletórico

            Mientras caminaba por la calle principal, veía gente correr y los envidiaba profundamente. Y es que había decidido que este viaje no iba a trotar por dos razones: tenía resentido el tobillo izquierdo y, como iba a caminar mucho, no quería agotarme, sobre todo porque continúo con el tratamiento por el Herpes Zoster :’-(

            También había mucha gente paseando a sus perros, mismos que jugaban entre sí, sin importar que fuesen de dueños diferentes. La verdad era un show bonito de apreciar y, de alguna manera, muy relajante.
Resulta curioso ver esa arquitectura con las palmeras

Al salir del zoológico, ya en la tarde del  sábado, el Parque Balboa estaba pletórico, por lo que había mucha gente, tanto turistas como locales. Abundaban los puestos de comida, stands de personas promoviendo sus creencias (musulmanes, ateos, budistas, veganos, etc.). También me tocó una exposición de artistas de cerámica y oleos, mismos que podías comprar, inclusive ahí cerca había una boda (con muchas invitadas muy atractivas H_H), finalmente alcancé a ver algunas figuras de yeso, de tamaño natural, que iban a servir para montar un  Meganacimiento, por las inminentes fiestas decembrinas.

            Ya con esa inyección de vida me dirigí al jardín japonés de la amistad: San Kei En, y creo que fue la mejor parte del Sábado.

            Me gustó mucho el diseño, me sentí transportado a mi amada Isla pero allá vi otros diez jardines y sabía que al de San Diego le faltaba algo: esa obsesión por el detalle que tienen los nipones. Es claro que el lugar estaba muy bello y cuidado, pero no excelente e impecable como los de allá, en donde parece que cada hoja fue puesta en su lugar con una intención en específico. Y es que eso pasa con los viajes: ya no vuelves a ser el mismo. Después de lo vivido en Japón, mis gustos respecto a dicha cultura se sofisticaron.
Esa tranquilidad que se respira en un jardín japonés

            Después del Jardín fui al Museo de Arte de San Diego, a unos metros de distancia. Al llegar se me acabó la pila del celular y, tontamente, no lleve la de repuesto (se me olvido en el hotel con las prisas -_-). Por fortuna sólo hubo tres pinturas que hubiesen ameritado una foto y, hasta eso, no eran las mejores de toda mi vida, así que puedo vivir con ello.

            El museo está bonito, pero MUY breve. Obviamente sería injusto de mi parte compararlo con los museos gigantescos de su tipo que hay en ciudades como Nueva York, Chicago, Washington, Londres, Berlín, San Francisco y demás urbes que he tenido la fortuna de visitar. Así que, continuando con el comentario del jardín japonés, de los tantos cambios que experimentas al viajar es que te vas volviendo (más) mamón en tus gustos y perspectivas.
Un momento de comunión con la naturaleza

            Para cerrar mi visita al Parque Balboa, fui al Museo del Hombre, dedicado a la antropología, mismo que se encontraba en una especie de edifico clásico que aparentaba ser una iglesia antigua pero, después me enteré, fue levantada a inicio del Siglo XX para una exposición.

            Este museo igualmente resultaba pequeño, sin embargo me resultó mucho más interesante. De entrada tenían una muestra breve pero completa de la evolución humana tema que, por más que veo, siempre me acaba interesando y, pareciera, cada que visito una de estas exposiciones acaban de descubrir otro familiar homínido nuestro.
Postales sencillas pero bellas

            Las exposiciones eran variadas, más democráticas (habrá quien diga más “vulgares”) pero igual de interesantes, y me refiero a la historia de la cerveza. Este tipo de temas atraen a más público al museo y, con algo de suerte, sabrán algo de un tema menos académico pero, con que aprendan algo ya vamos de ganancia.

            Una exposición llamativa estaba dedicada al mundo maya, con fotos y objetos originales, incluidas algunas estelas traídas de Guatemala. Y otra que resultaba una delicia, tanto para niños como para adultos, se  llama “Monstruos” que estaba muy entretenida, en la cual indicaba el origen de muchas criaturas alrededor del mundo, además visitabas sus “hábitats” así como conocías el origen de su leyenda. Ciertamente la disfrute mucho y, si hubiese venido en mi infancia, la hubiera disfrutado más.

            Había una exposición que me llamaba poderosamente la atención y, como mi tiempo era corto, decidí omitir los orígenes de las tribus nativas de California, así como una breve exposición dedicada a Egipto. Y es que, continuando con el tema de la mamonería, ¿Qué me iban a enseñar que no hubiera visto ya en museos de Londres, Berlín, Nueva York o Washington? Además la  cultura egipcia no es mi favorita.

            La exposición que sí deguste de principio a fin y con lujo de detalle se llama “Razas: ¿Somos tan diferentes?” en la cual se exploran los orígenes sociales, históricos y culturales de la percepción de las etnias humanas, a pesar de que la biología nos dicta que somos básicamente los mismos.

            Por ejemplo, los cambios de clima y de ambiente fueron modificando nuestra genética, ya que oscurecía la piel y quitaba vello corporal para los que habitaban zonas muy cálidas o, para los que vivían en zonas frías, les aumentaba el pelambre, así como se aclaraba la piel.

            También estaban los orígenes del racismo, cuando se empezó a considerar a los blancos como tal, lo cual dio origen a las ideas de superioridad, así que te comparten muchas de las medidas segregativas a lo largo de la historia. Algunas de éstas incluían la prohibición de otras razas para casarse con los “blancos” o las distintas clasificaciones étnicas según la época e intereses políticos; de ahí me resultaron curiosas las demandas legales de ciertas personas para ser considerados “blancos” por el color de su piel (especialmente asiáticos), por lo que se empezaron a nombrar a los blancos como caucásicos, también se habló de las acciones antichinas,  antijaponesas, el esclavismo y otras medidas discriminatorias a lo largo de la historia gabacha.
El Museo de Arte de San Diego

            En fin, dicho museo estuvo muy interesante y fue un buen cierre para el Parque Balboa que ofrece muchas cosas más, pero ya no tenía tiempo. Posiblemente, si vuelvo a visitar San Diego, le dedicaré un par de días a este hermoso lugar.

            Hasta aquí esta primera parte, en la siguiente hablaré del motivo principal que me llevó a dicha ciudad californiana. Ese escrito lo pueden leer en esta liga.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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