miércoles, 25 de enero de 2017

(Casi) una década bailando

            El Lunes 5 de febrero del año 2007 entré, con algo de pena, a una sencilla escuela de baile a tomar una clase muestra. La persona que ingresó ese día ya no volvería a salir de la misma manera y, conforme pasaba el tiempo, su transformación se tornaba irreversible. Casi 10 años después veo el camino transitado y me parece increíble que la inercia inicial me haya durado tanto.

            Antecedentes

            “Ya no me gusta” le decía recientemente a mis compañeras, durante una fiesta de fin de año del trabajo, mientras insistían en que bailara con ellas, y mi intención es no volver a hacerlo. Al final, para no ser grosero, accedí a sus deseos, pero la verdad es que desde hace mucho tiempo deje de disfrutar el baile.

            Es chistoso, justamente en esas reuniones de fin de año me surgió la necesidad de bailar, aunado a la invitación de una chica (que me gustaba mucho por aquel entonces) y que desembocó en mi estancia en Rumba Mía.


            Al inicio lo hacía para acercarme más a las féminas pero, con el tiempo, en verdad disfruté hacerlo. El gusto puro y pleno me duró unos cuatro años hasta que llegué a ser hábil en ello, nunca un virtuoso porque no tengo ese don, pero sí me defendía.

Al aprender a bailar, definitivamente no encontré lo que estaba buscando en un inicio, aunque eso no fue malo, porque en su lugar recibí muchas cosas maravillosas que cambiaron mi esencia y mi forma de percibir el mundo.

            Un parteaguas en mi existencia

            Si aquel Lunes de Febrero de hace casi diez años alguien me hubiera dicho que iba a durar tanto tiempo tomando clase, me hubiera reído, porque mi visión de aquel entonces era tomar un par de cursos para aprender lo básico. No me esperaba que, a excepción de breves pasajes como corazones rotos, viajes o enfermedades, las clases de baile fueran una constante en mi rutina durante la última década.


            A veces el trabajo me impedía ir, en otras ocasiones llegaba barriéndome; a partir del quinto año a las razones para faltar se aunaron la hueva y, muy de vez en cuando, alguna fémina que era capaz de corromperme para que dejara de lado la clase del día con tal tomarnos un café o ir al cine. A pesar de todos esos obstáculos, solía ser muy constante en mis clases.

            Nunca fui un profesional, ni pretendía serlo, en ocasiones fui bueno en ciertas coreografías o pasos pero, siendo honestos, lo poco que aprendí a bailar fue gracias a la constancia más que al talento.

            Cuando leí por primera vez el slogan de Rumba Mía, “Haz del baile parte de tu vida”, me pareció bastante pretencioso sin embargo, al final del camino, el baile efectivamente fue parte vital de mi esencia.


            Y es que me sumergí de lleno, ya que iba a clase los siete días de la semana, lo cual significó un desahogo y un desestrés importante. En su momento me llegó a ser tan vital como correr, nadar, escribir o leer, con la cualidad que era una actividad diferente y que me mantuvo un poco más cerca de la humanidad, al ser la única que no hacía solo, como las otras cuatro.

            Definitivamente, parte de mi calidad de vida se vio enriquecida por el baile, porque hacerlo me ayudó con la creatividad, a soltarme en muchos aspectos por el sentimiento de plenitud que me inundaba. Bailar era como el bajo en una canción: no será el instrumento más llamativo o popular, pero es vital para que el resto luzca. Eso me significó el baile, aunque ahora ya no sea importante, en su momento, me ayudó a sacarle provecho a otras actividades.


            Tanto me permeó que, cuando nació este blog, se llamaba “Reflexiones de un Salsero Misántropo” pero, con el tiempo, lo ‘misántropo’ acabó pesando más que lo de ‘salsero’. Y es que uno no puede negar la cruz de su parroquia, porque soy un solitario, esencia que salió a flote eventualmente, una vez pasado el éxtasis inicial.

El choque de esencias

            Durante años salí a bailar a antros, fiestas, eventos, congresos, presentaciones y demás ocasiones en la que estaba a la vista de los demás, gracias a ello aumentó mucho mi seguridad y amor propio, pero también me di cuenta de otra cosa: Me cagaba bailar en público.

            Me gustaban las clases, los ensayos, el sentimiento de trabajo en equipo, la convivencia antes, durante y después de cada sesión pero, a la hora de bailar en público, era algo que entre más pronto terminara iba a ser mejor. A un nivel siempre odie cada una de las presentaciones que, en mi caso, fueron relativamente pocas pero siempre me desagradaron.


Tal vez fuese el tema de la autoestima que, debo admitir, es un punto que aún me cuesta, porque a veces se me olvida creérmela, paso por alto todo lo que he trabajado y avanzado. Así que mis maestros solían regañarme “¡Hebert! ¡Créetela!” Y bueno, aún tengo la asignatura pendiente de aprender a creérmela.

            Y, aunque aún tengo puntos que debo de terminar de aterrizar, el cambio en los últimos diez años es innegable; porque recuerdo mi manera de percibir el mundo y mis prioridades en aquel Febrero del 2007 contra el día de hoy y no hay punto de comparación.

            Entre esos cambios está mi afición por viajar. Recuerdo que en mi primer viaje (a Alemania), sólo me avisaron con un par de días de anticipación. Tenía miedo y, entre lo pretextos que buscaba para no ir me dije “¿Pero cómo voy a faltar a mi clases de baile?” pero, en un ataque de sentido común, decidí ir y sacrificar una semana de clases.


Obviamente no me dejó de gustar el baile ni lo abandoné, pero a partir de entonces se me abrió un mundo nuevo y, silenciosamente, inicio el punto de partida. En ese viaje me di cuenta que podía dejar las clases por breves períodos y no pasaba nada. Desde entonces supe que podía vivir sin el baile pero opté por mantenerlo en mi ser.

Aunque el “daño” ya estaba hecho.

            El principio del fin

            A veces uno cree que el final de un ciclo se da justo en el momento en que lo damos por terminado, sin embargo, por dentro sabemos que ése sólo fue el punto final, porque el proceso de partida inicia mucho antes.

            Los primeros cinco años fueron muy divertidos pero, conforme pasaba la euforia, la emoción disminuía, pero lo continúe haciendo primero por costumbre y por identidad, luego por intereses románticos y finalmente por motivos más cognitivos que emocionales, porque así me convenía, no porque sintiera la emoción o amor del primer lustro haciéndolo.


            Alguna vez escribí un ensayo llamado “¿Por qué sigo bailando?” y, aunque el tema era otro, me lo seguía preguntando años después. Seguí haciéndolo porque me ayudó a superar traumas, a tomar confianza y a desarrollar el amor propio por lo que, en su momento concluí, que seguía con el baile por lo que me faltaba aprender en  esos rubros.

No es que ahora ya haya superado todos mis escollos personales, fue sólo que se me acabó la motivación para continuar. En realidad, desde el segundo semestre del 2012, sólo buscaba un pretexto para dejar el baile porque ya había dejado de amarlo.

Aprendí a bailar para hacerlo en las fiestas pero, siendo honestos, lo disfrute un rato; ya después, con el tiempo me empezó a molestar bailar en dichos festejos, tal vez motivado por mi desagrado por las reuniones multitudinarias. Y también por mi bloqueo inconsciente para abordar a las mujeres.

Bailar con una fémina es muy padre, sobre todo cuando entras en la misma sintonía y emoción, pero también puede ser muy estresante. Supongo que esta analogía refleja perfectamente la razón por la que no encontré pareja, le perdí el sentido a seguir bailando. Ya no me gustaba hacerlo porque comprendí que no tengo la obligación de satisfacer las expectativas de nadie, sobre todo cuando me siento a gusto estando solo y, créanme, no me quita el sueño si no vuelvo a bailar con alguien.


Justamente una mujer tuvo un efecto devastador en mi manera de percibir al baile y, en realidad, cimbró mi existencia entera.

            Mi desbordado amor mató a la Salsa

            Ya iba de salida del baile, mi partida estaba firmada hace cuatro años. Rumba Mía había empezado su declive, así que me quitaron mi clase de nivel avanzado, lo que me obligó a partir de mi hogar salsero.

            Durante un par de semanas estuve buscando escuela (esperando no encontrar) y, cuando ya iba a dar carpetazo al tema, vino una estocada  a mi corazón, justamente el 14 de Febrero del 2013.

            Por desgracia o por fortuna (según la perspectiva) me enamoré y todo valió madres. A partir de ahí bailé con un objetivo diferente al que lo había hecho. Empecé a bailar por alguien más y no por mí y traicioné a esta actividad que tanto gozo me dio. Ese sentimiento lo plasmé detalladamente en “Réquiem por la Salsa”.


Cuando me enamoré tan apasionadamente, lo que me quedaba de combustible por el baile, en específico de la Salsa, se consumió muy rápido. Por eso, cuando dejé el mundo salsero fue relativamente fácil, porque el amor por ella exterminó mi gusto por bailar.

Lo malo de eso es que cuando escucho alguno de los ritmos que ella bailaba (esencialmente Salsa y Bachata), su recuerdo es automático, así como la tristeza que conlleva. Pero uno se acostumbra a todo, incluso a incorporar esas pequeñas tristezas a su rutina.


            Cuando acepté que me estaba engañando con una relación que no iba a lograrse, nuevamente, intenté dejar el baile, debido a mi corazón roto. El intento se quedó en tres semanas porque, por más dolor que tenía, me di cuenta que aún necesitaba del baile, así que cambie de estilo y, de paso, también me servía alejarme de la Salsa.

Los deseos de bailar se mantuvieron, aunque ya no por ritmos tropicales o bailes de salón, por eso el Jazz se adaptó a la perfección a mis necesidades.

            Descubriendo el Jazz

Mi ingreso al mundo del Jazz fue totalmente distinto: para empezar lo hacía como un mercenario, ya que no lo hacía por gusto sino por conveniencia. En la Salsa inicié y me mantuve por las mujeres, el jazz lo hacía por los beneficios hacia mi persona: por coordinación, por flexibilidad, por el porte y hasta por la juventud. El buen Juan Betanzos me abrió la puerta de su academia “Center Stage”.


Entendí que el saber bailar me daba gracia, fluidez y libertad. Mis movimientos y estilo se tornaban, aunque suene mamón, elegantes, sobre todo en mi lenguaje corporal. En el Jazz comprendí que no porque tenga música debo bailar forzosamente sino que, esas clases de baile, se hacen presentes en mis movimientos rutinarios.

De las ventajas que me brindó el Jazz fue que el baile, aunque en grupo, es muy individual, así que no debía bailarlo en pareja, sino hacerlo con todos y, al mismo tiempo, en solitario.


            Otra gran virtud que encontré en el Jazz es que la gran mayoría son muy jóvenes (entre 14 y 25 años), así que me vi muy beneficiado porque, de tanto convivir con ellos, se me pegaba algo de esa jovialidad y manera tan fácil de ver el mundo.

El Jazz cambió mi manera de ver el baile, así que en cualquier presentación en que se involucrara dicho elemento, como presentaciones del Cirque Du Soleil o Le Reve en Las Vegas, o en los shows de Disney, ya veía las líneas, la interpretación, la fuerza, la limpieza de los movimientos y la coordinación de los mismos.

Cualquier cosa que tuviera que ver con baile, de inmediato podía ver actitudes, tendencias, sentimientos, niveles de energía, motivaciones y demás. Eso me ayudó a reafirmar que me es más interesante observar cómo bailan que bailar en sí.

Por esa visión que me dio el Jazz, al ver un vídeo viejito de mi infancia, comprendí que mi gusto por bailar venía de mucho tiempo atrás, desde los famosos “Chochentas”, en donde era famosa una artista que me enamoró desde la primera vez que la vi bailar: Kate Bush.


Uno de mis vídeos favoritos de todos los tiempos es “Running up that Hill”, cada vez que lo veo quedo encantado por la coreografía tan sencilla y, al mismo tiempo, tan compleja y profunda con la que la artista acompaña una canción tan bella. Desde la primera vez que vi ese vídeo anhele bailar así, y no me refiero a la coreografía en sí, sino a la libertad con la cual lo hacía.

Años después, aunque no fue el mismo impacto, con el vídeo de “Rubber Band Girl” (canción bastante malita, por cierto), me siguió encantando como Kate Bush podía moverse de manera diferente y ser tan cool, tan auténtica y tan única. No será la mujer más atractiva pero, tan sólo verla bailar, te enamora perdidamente. Gracias a la visión que me complementó el Jazz es que ahora, décadas después, disfruto dichos vídeos con unos ojos más expertos (y también creo que Kate Bush se fumaba algo para sus vídeos).


A pesar de todo lo valioso que me dio el Jazz en poco más de dos años, mi sentimiento para dejar el baile volvió a surgir. Con mi enfermedad de Junio pasado, estuve a punto de dejarlo, pero regresé. Ya no fue lo mismo, porque esa enfermedad se llevó muchas de mis ganas y gustos por hacer muchas cosas, así que empecé a faltar frecuentemente.

Me di cuenta que ya no podía sostener la mentira del baile, y era obvio que el tema estaba agotado, así que era necesario que me fuera, y es que el ciclo se había cumplido, por más feliz que haya sido, era necesario partir, justamente por esa felicidad que tanto me dio, por respeto, debía retirarme. Al final acabé de encontrar un pretextito para acabarlo de dejar, aunque ya lo había empezado a dejar desde finales del 2012.


Pero no porque ya no sea importante para mí quiere decir que haya dejado de ser importante para la humanidad.

La importancia del baile.

            Algo que me he dado cuenta, en esta década, es que el baile es una necesidad humana, algo básico, instintivo. Es una expresión de libertad, de autenticidad; y no es necesario hacerlo bien para experimentarlo, simplemente vivirlo sin amarres.


            Una de las grandes bondades del baile es que te brinda bastante seguridad, esto producto de la consciencia de tus movimientos corporales, misma que adquieres para sacar los pasos o rutinas, lo cual trasciende a tu diario acontecer.

Otra ventaja de aprender a bailar, es que tu visión se amplia y puedes leer el lenguaje corporal de los demás. Por eso en las fiestas ya no bailaba y me dedicaba a observar cómo el resto lo hacía, lo cual resultaba en un experimento antropológico muy interesante.

Bailar es una actividad tan importante como elitista, porque no importa cuánto dinero tengas, lo guapo que estés, tu nacionalidad o tus influencias, al momento de bailar, todo eso queda atrás y el que mejor baile pasa a ser, por ese breve momento, alguien más valioso que tú.


Sin importar el rincón del mundo ni el estilo, bailar bien te da un status especial, mismo que es reconocido por los que te rodean. Bailar se ha relacionado con el sexo, tal vez por el dominio de tu cuerpo, por la expresión de tu libertad, el superar miedos y prejuicios al hacerlo en público.

Siendo honestos, la gran mayoría baila por vanidad, por ese poder que te da el reconocimiento ajeno, aunque otros han alcanzado un nivel superior en el que ya lo hacen por el placer de hacerlo, por el gusto que les da a sus vidas. Y ahí me alegra ver que también he trascendido esos niveles.

Cuando aprendí a bailar perfeccione un placer que tenía desde pequeño. Sonará tonto, pero sólo me gusta bailar, sin público, sin una razón, sólo porque sí. En clases fui feliz, me desahogué, me expresé y hasta me lucía cuando se podía, pero el verdadero gusto venía en casa.


Al escuchar alguna canción que me gusta, empiezo a bailar de manera inconsciente y, ventajas de vivir solo, dejo que mi cuerpo siga su movimiento, siga el ritmo y sea libre aunque sea un momento, sin miedo a equivocarse, sin vergüenza, sin temor a parecer ridículo, simplemente se mueve por gusto, de manera orgánica.

El bailar a solas me ha gustado desde niño, y lo mantendré así hasta el final de mis días porque es un gusto mucho más satisfactorio que hacerlo con alguien. Y es que lo relaciono con un acto de libertad, de personalidad, de alegría auténtica, no tienes que impresionar a nadie, no tienes que seguir ninguna técnica o regla, simplemente dejas que el cuerpo libere su alegría.


¿Pero acaso me conformo con eso? ¿Sólo con bailar en casa? ¿En verdad no regresaré a ninguna clase de baile? Para muchos neófitos, lo que hago ahora podría considerarse clase de baile, pero no es así.

¿Adiós definitivo o un ‘Hasta luego’?

Ahora estoy tomando clases de Zumba muy cerca de la casa, en la unidad deportiva de la empresa. Aunque toma muchos ritmos bailables (salsa, cumbia, bachata, norteña, reggaetón, merengue, samba y demás) la Zumba no es baile propiamente.


Decir que la Zumba es baile es como decir que el golf es un deporte o que lo que venden en Taco Bell es comida mexicana. O sea, a primera vista podrían considerarse así pero, en el fondo, las diferencias son abismales.

En la Zumba los movimientos tienden a ser sucios y las rutinas, aunque intensas, son bastante simples. Y es que, obviamente, el objetivo de esta actividad es que sudes, no que bailes con gracia o estilo. Aunque eso no me impide hacerlo con gracia y estilo ya que, al bailar cada ritmo en clase, lo hago con la misma seriedad y técnica con la que me los  enseñaron.


Por el momento soy feliz en Zumba, sudo bastante, el instructor le mete bastante intensidad y estoy haciendo buen ejercicio. Sin embargo, sé que me voy a acabar aburriendo, ¿por qué? Porque por más variedad de rutinas que pongan, no van a llegar al ritmo de creatividad que estaba acostumbrado en mis clases de baile (tanto Salsa como en Jazz).

¿Qué voy a hacer cuando me harte de la Zumba? Calculo que eso va a pasar en menos de seis meses. Tal vez me pase a Insanity o a Cross Fit, incluso es factible que me dejen nadar nuevamente.

Obviamente no puedo descartar volver a tomar clases de baile, por ser una actividad que tanto me ha dado y con la cual siempre estaré profundamente agradecido, junto con toda la gente maravillosa que conocí, literalmente, bailando.


Hebert Gutiérrez Morales.

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