miércoles, 15 de marzo de 2017

La Mística de Kamakura

Con el Daibutsu
            Kamakura es una pequeña ciudad ubicada en la Prefectura de Kanagawa, a unos 50 kilómetros de Tokio. Aunque, para fines prácticos, esta población ha sido engullida por la mancha urbana tokiota, así que llegar a este lugar es como ir a cualquier otro punto de la urbe: por un eficiente y rápido metro.

            Durante poco más de 150 años, Kamakura fue la capital japonesa, esto por su ubicación estratégica al estar rodeada de montañas y con salida al mar; justo en esa época, la ciudad desarrolló muchos de los bellos lugares que ahora muestra.

            A pesar de estar dentro de la zona urbana de Tokio, el pueblo se mantiene fiel a su esencia, cosa que compruebas desde su estación de metro/tren que se siente muy sencilla y tranquila a diferencia de las de la gran ciudad.

            En Kamakura se respira una gran paz, lo cual fue refrescante tras pasar tantos días dentro del ambiente tan ajetreado de Tokio. Por ese mismo ambiente de tranquilidad, decidí caminar hacía los templos, en lugar de tomar el camioncito que te acerca. Recorrer sus calles fue una delicia, porque eran comunes y, por eso mismo, irradiaban una belleza diferente a un sitio turístico: lo hermoso de un pueblo con gente decente y ordenada. Respirar ese ambiente afable y pacífico te hace sonreír. Esa sonrisa se prolongó al llegar a la primera y principal atracción que tenía para dicho lugar.
 
La Estatua es la parte central del Templo
            Kotokuin (Daibutsu)

            El Daibutsu, o el Gran Buda de Kamakura fue construido alrededor de 1252; es una estatua de más de 13 metros de altura, cuya representación corresponde a un Buda Amida, que es el más importante de todos los “Budas” y quiere decir que es la Luz infinita o inconmensurable.

            Este Buda estaba bajo un templo que fue destruido (en tres distintas ocasiones) por desastres naturales, pero la figura soportó cada tempestad. Después de la tercera (año 1498), la figura se ha mantenido a la intemperie soportando demás eventos.
 
Dentro de él no hay gran cosa pero debía entrar
            Los monjes de aquella época decidieron dejar la estatua al aire libre como muestra de la persistencia humana ante las adversidades, en un mensaje de que Buda les enseña a “fluir” con la naturaleza.

            Es el segundo Buda más grande de Japón, después del de Tōdai-ji en Nara (del cual les comentaré en otro escrito). Ahora, a pesar de que la estatua ha resistido los embates naturales, no está de más un poco de ayuda, por lo que reforzaron sus bases con tecnología contra los terremotos.
 
La entrada al templo también es sencilla
            Cuando vi al Daibutsu, me emocioné bastante, porque es una imagen que contemple infinidad de veces al ver reportajes, artículos o programas sobre Japón, y siempre me decía “Algún día lo voy a ir a conocer”. Uno de los momentos más maravillosos que puedes experimentar es cuando finalmente conoces algo que te has propuesto desde mucho tiempo.

            Llegué recién abrían, así que no había mucha gente y tuve la oportunidad de sacar muchas fotos limpias. Descubrí que la estatua era hueca y que podías ingresar a ella. Igualmente el interior no es la gran cosa, pero el gusto por entrar a un monumento tan grande es algo que no puedes dejar pasar (y menos a un precio tan irrisorio).
 
Buda de espaldas
            El templo estaba algo sobrio en su decoración pero de muy buen gusto, además de que estaba impecable: Sencillo pero bonito, sin tener que ser la gran maravilla. Los recuerdos del Buda dentro del sitio estaban a un precio razonable, aunque fuera del mismo hay un par de tiendas con mercancías mucho más baratas.

            El dueño de una de las tiendas me dijo que fui a buena hora (viernes temprano) porque más tarde eso iba a estar a reventar y no se podía disfrutar el lugar a gusto. De ahí camine un poco hacia mi siguiente destino.

            Hase-Dera

            Hase-dera es otro templo budista, con la salvedad que éste no está dedicado a Buda sino a Kannon, que es otra deidad del Budismo. La entrada a este templo estaba más cara pero, honestamente, valió cada yen, porque los jardines del lugar estaban hermosos.
Muchos monjes sirviendo de escolta en Hase-Dera

            A pesar de que aún no llegaba la primavera, la disposición de los jardines era impresionante, ya que la armonía entre las estatuas, escaleras, puentes, lámparas y demás hacían que el lugar irradiara en belleza.

            Hase-dera era a todas luces un templo más fresa que el Kotukuin lo cual, a mis ojos, lo alejaba un poco de esa enseñanza de humildad y sencillez que predicó Buda. De hecho sentía esa esencia fresa en los empleados quienes, sin dejar de ser educados y amables, se mostraban más mamones.
El Templo Principal de Hase-Dera

            Parte de esa mamonería fue que no te dejaran sacar foto del Kannon que tienen dentro del templo, lo cual fue una lástima ya que es una estatua de madera impresionante, de más de 9 metros de altura, de hecho, la figura de madera más grande de todo Japón. Mucho mejor conservada y adornada que el Daibutsu pero, al mismo tiempo, menos amigable.

            No sé cómo explicarlo pero el Daibutsu, al mostrarse sin adorno ni un templo que lo resguardara me imponía más respeto que la figura toda chida de Kannon, excelentemente conservada pero que te transmitía una especie de soberbia marcada. Con el Buda te sentías en confianza y, de manera natural, te encontrabas a gusto en su presencia.
           
Bonita postal con el mar de fondo
En fin, volviendo a los jardines, tienen una serie de pequeños caminos que te hacen disfrutar aún más el bonito diseño del lugar, sobre todo hay muchas estatuas de varios estilos, hechas con detalles muy cuidadosos.

Dentro de esas figuras, me encantaba cuando había multitudes de monjes representados de manera uniforme, escoltando a estatuas más grandes. Las otras que me fascinaron fueron los monjes sonrientes, que al verlos en automático te ponías de buen humor.
Buda y sus demonios protectores

Los edificios estaban muy bien conservados, pintados y adornados. Todo el lugar te ponía de muy buen ánimo por la belleza que te compartía: los jardines naturales, los de arena y/o piedras (Zen), los pequeños estanques con los infaltables Koi, campanas, pequeñas ofrendas, un cementerio particular y hasta el mirador que te daba una vista privilegiada de la costa.

Lo chistoso del asunto es que veía Torii dentro del lugar, mismas que son más de los santuarios sintoístas cuando, en teoría, estaba en un templo Budista. Pero ya después no le presté mucha atención, con eso de que los Japos no son exclusivos de alguna religión, ¿quién era yo para cuestionar si un templo o santuario debía ser de tal o cual manera? Así que seguí disfrutando del lugar. Estéticamente fue uno de los lugares más bellos que visité, por lo mismo había bastante gente, y eso que aún no era la hora pico.
Mi amigo el monje me contagió su sonrisa

            Ahí mismo tienen una cueva ceremonial, con ofrendas y estatuas, el nombre de la misma es Benten-Kutsu (en honor a la deidad representada ahí dentro), la cual resulta muy interesante entre las estatuas y ofrendas que te vas encontrando en el camino. La cueva no es muy grande pero sí muy vistosa.

            En las oficinas principales, que eran muy fresas a comparación del Kotokuin, también tenían un jardín zen muy padre y que, increíblemente, no había nadie contemplando.
Hermoso lugar

Salí agradecido por haber visitado un lugar tan bello, a pesar de la esencia mamona, y me encamine al siguiente destino de la mañana, con una maravillosa sorpresa intermedia.

            La felicidad del Nikuman

            Caminando hacia el tercer punto de mi visita, vi un puesto con algo que me hizo inmensamente feliz: Nikuman.
           
Jardín de Piedras
            El Nikuman es una bola de masa cocida al vapor rellena de cerdo. Esa delicia tenía décadas (y no exagero, en verdad más de 30 años) que anhelaba probarla, ¿por qué? Porque veía el gusto con el que mis personajes de anime favoritos la devoraban.

            Estaba tan feliz que hasta le comenté a la señora que me lo vendió lo especial que era ese momento para mí, y creo que ella se conmovió (o pensó que estaba loco, una de las dos ¬_¬U).
Mi delicioso Nikuman :'-)

            A pesar de que soy un tragón, me comí el Nikuman con mucho cuidado, bocado a bocado. No sé si en verdad estaba tan bueno, o si mi gran anhelo me hacía percibirlo como una de las más grandes delicias que haya probado. Estaba tan pletórico que hasta se los presumí a mis compañeros de japonés en el grupo de Whatsapp que teníamos, y como eran tan frikis como yo, nos pusimos a platicar un buen rato del tema.

            Para mí fortuna, en Japón experimenté muchos de estos momentos gloriosos, gracias a pequeñas cosas, y es por ello que ha sido el mejor viaje de mi vida, por tanta felicidad que tuve.
La entrada al santuario en la Cueva

            Santuario Zeniarai Benziten Ugafuku

            Como nada más tenía medio día para Kamakura, tenía claro que quería ir al Kotokuin y al Hase-dera, pero aún me quedaba tiempo para una tercera visita, así que opté por ir a algo diferente, a un santuario ubicado dentro de una cueva, así que llegué a Zeniarai Benziten Ugafuku.
Saliendo del túnel

            Este santuario sintoísta es popular porque es el lugar para multiplicar el dinero, así que puedes echar tus monedas a la fuente o, para que pegue más el asunto, puedes comprar un amuleto, bañar un billete en dichas aguas y así vas a asegurar la prosperidad económica. Por este detalle capitalista es que este lugar, aunque muy sencillo, es de los puntos más visitados de Kamakura.

            El santuario está muy bien escondido, de hecho ingresas por un túnel que te lleva tierra abajo. Cuando sales del mismo te encuentras con una serie de puertas (Torii) alineadas para recibirte (Algo similar, aunque a mayor escala, vería días después en Kioto).

            El templo es sencillo y pequeño, pero bien cuidado. Al estar dentro de paredes de roca, no hay mucho espacio para plantas o jardines, pero las estatuas la hacen bien de ornato. A diferencia del Hase-dera, aquí no se siente dejo de freses, todo es austero pero ordenado.
Muchos detalles clásicos

            Hay una serie de escaleras y caminitos que te van llevando por el lugar, que está lleno de detalles padres, como lámparas, templos, estatuas, puertas y demás. El lugar es relativamente pequeño pero supieron llenarlo de cosas relevantes sin que te sientas agobiado por tanto que hay que mirar.

            Me encanta cuando encuentro un sitio con muchos caminitos que llevan a tantos lados, así que me propongo recorrerlos todos, en un gusto infantil que vivirá en mí hasta el último día. En uno de esos trayectos llegué a un vecindario normal de Kamakura, lo cual me llamó la atención, porque el santuario carecía de seguridad alguna, ya que podías acceder a él por delante y por detrás sin ninguna restricción, de hecho la entrada es gratis.
Austero pero bonito

            Dentro del santuario había puestos vendiendo dulces y souvenirs, ahí vi otra cosa que quería probar que había visto en el anime: Dango. Sin embargo, en esta ocasión la sensación fue diferente.

            El dango son una bolitas de masa de arroz (con sabor neutro), las mías fueron cubiertos con una capa de caramelo horrible (me recordó al sabor fuerte que experimente en Cuba con su bebida de malta). La verdad fue una experiencia desagradable, y creo que fue lo único que probé en Japón que no me gustó.
La bolitas no eran el problema, sino el caramelo encima -_-

            Muy a mi pesar, me lo tuve que terminar por dos razones: en Japón no hay botes de basura públicos y está mal visto desperdiciar la comida, así que apresure la ingestión de los mismos y después comprarme un helado para tapar el mal sabor de boca. Todo esto en mi camino a la estación de tren a seguir aprovechando mi preciado tiempo en la Isla.

            Breve conclusión.
Buda, mi amigo :-)

            Kamakura es un lugar histórico muy importante dentro de Japón. Como ya mencione, por más de 150 años fue la capital del país, así que hay muchos sitios valiosos, mismos que requieres de dos a tres días para recorrerlos con calma. Por mi itinerario tan apretado, tuve que priorizar y escoger lo que quería conocer para medio día que tenía proyectado para dicho lugar, y fueron espléndidos.
Hase-Dera

            Sin duda en Japón se ven muchos templos de todos los colores y sabores, pero los tres que visite en Kamakura fueron tan diferentes, que me quedé con una gran sensación de esta visita.

            ¿La volvería a visitar? Sin duda, porque hubo mucho que me faltó por conocer. Aunque no regresaría en el siguiente viaje, porque tengo otras prioridades. Sin embargo, si tengo la suerte de visitar más veces Japón, en alguna de ellas le dedicaré más tiempo a esta pequeña ciudad histórica.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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