miércoles, 1 de marzo de 2017

Nikkō es Japón

Por entrar al Niōmon
      Era Jueves por la tarde, iba regresando de Himeji con destino a Tokio por el Shinkansen, y sólo me quedaban dos días en Japón. Por logística mi último día lo iba a pasar en la capital nipona, para evitar cualquier inconveniente, pero el penúltimo aún no lo tenía definido.

Tenía dos opciones: Yokohama o Nikkō. Aunque había muchas razones para visitar Yokohama, al final me pareció que era un lugar muy parecido a Osaka o al mismo Tokio, además de que Nikkō se veía como una opción más clásica, algo que tanto locales como foráneos valoramos mucho: el Japón antiguo, ése que todos buscamos y que cada vez está menos disponible.
 
La estación de Tren de Nikkō
      El camino de ida

      La mañana de Viernes tomé el Shinkansen que me iba a acercar a Nikkō. Este tren bala fue el menos bonito de todos los que tomé, de hecho se veía viejo, aunque no por ello descuidado. No se llenó como los otros que tomé, pero era obvio que la gran mayoría de los que lo habíamos tomado éramos Gaijin y, cuando llegamos a la estación de Utsunomiya, donde hacíamos el transbordo a Nikkō, casi se vació, así que era obvio nuestro destino.
 
Vista del Pueblo desde la estación de Tren (Montaña al fondo)
Nikkō se encuentra en la prefectura de Tochigi, unos 140 kilómetros al norte de Tokio por lo que, para un Tren bala normal, deberíamos estar ahí en menos de una hora, sin embargo el camino no es tan plano ni tan accesible como otras rutas, así que nos tardamos 90 minutos en llegar a Utsunomiya.

      Ahí íbamos a tomar el Tren/Metro que nos llevaba a Nikkō, el cual fue el único en toda mi estancia en Japón que no llego a tiempo, es más, se atrasó media hora en salir. Esto porque había un tren descompuesto en la misma vía y nos hicieron esperar.
 
Puente Shinkyo
Sin embargo, veía la cara de los locales, los que iban a la escuela, el trabajo o sus casas, y no se notaban inmutados, al contrario, estaban muy tranquilos, como si la espera de media hora les diera más tiempo para descansar o platicar. La gente caminaba más tranquila, no bajan o abordan con tanto apuro, ni siquiera los chicos se veían estresados porque iban a llegar tarde a la escuela.
 
El mismo puente Shinkyo, pero al atardecer
Desde ahí me encantó la esencia de Nikkō, porque te acostumbras a ver a los japoneses citadinos corriendo a algún lugar, y en su cara se nota tensión o concentración. La gente de esta zona se notaba relajada, no les corría la vida, en sus caras se veía una expresión diferente a los de la ciudad, con una paz que se contagia.

      Tal vez por ese mismo ritmo, Nikkō fue el único lugar en donde vi algunos nipones llenitos, no obesos, simplemente más cachetoncitos. Es factible  que por ese estilo de vida tan relajado se dejan engordar, y tal vez también influye el frío, así tienen más grasita que les guarde el calor.
 
Lugares no tan populares del Parque Nikkō
      Avanzó el tren, a un ritmo lento, como la esencia del lugar. Hicimos parada en algunos pueblitos antes de llegar a Nikkō y, aunque no tenían nada de especial, fue una parte del viaje que disfrute: pueblecillos muy bonitos, en donde no se veían autos, puras bicicletas, con las casas sencillas pero limpias y la gente con atuendos más japoneses, menos occidentales.

      La llegada
 
Dentro del Tōshōgū
      El Slogan en inglés del sitio es “Nikkō is Nippon”, y vaya que tienen razón, ya que este sitio tiene una esencia muy tranquila, muy tradicional, muy clásica, en México sería lo que llamamos un Pueblo mágico, por ese toque tan añejo y, si algo en verdad vende, es la nostalgia.

      Su estación de tren es una maravilla, como sacada del pasado y, cuando sales de ella, te das cuenta que todo el pueblo es del mismo estilo: todos los letreros en la mayoría de los negocios mantienen el toque clásico, para no desentonar con el viaje al pasado que te regalan. Nikkō, que significa Luz de sol, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999, por sus templos, aguas termales y zonas naturales.
 
La Ishidorii dentro del Tōshōgū
      Saliendo de la estación me emocioné al ver las montañas nevadas y tan cercanas. Esas zonas montañosas forman parte del Parque Nacional Nikkō, en donde hay muchos tesoros naturales impresionantes pero, como sólo tenía unas 10 horas para ver el pueblo (que estaban justas), no visité dichos lugares naturales.

Por la misma cercanía a las montañas, hacía mucho frío (7ºC con sensación térmica de 1ºC). Aunque no está tan lejos de Tokio, se dice que el clima de Nikkō lo más parecido que hay en Kantō al clima de Hokkaidō.
 
La Yomeimon dentro del Tōshōgū
      Fuera de la estación podías tomar taxis o camiones que te llevaban al Parque Nikkō (sección del Parque Nacional del mismo nombre), en donde se encuentran la mayoría de atracciones culturales del lugar pero, como sólo eran un par de kilómetros, decidí caminarlos y, de paso recorrer el pueblecillo por las calles periféricas, no por la avenida principal (misma que vería de regreso).

Quería ver el Nikkō cotidiano además del turístico. En esas calles sólo había casas normales, aunque llegue a ver un templo nada turístico, un cementerio y una estatua de alguien que seguramente no era muy famoso, si no lo hubieran puesto en la avenida principal. Lo que sí pude ver más de cerca fueron las hermosas montañas que lo rodeaban, que no rebasaban los 2000 metros de altura, pero que daban un paisaje muy bello.
 
La urna para los restos del Tokugawa Ieyasu
      En teoría Nikkō sería considerado Inaka en Japón, pero tiene tanto turismo que ya no es tan rural como los pueblos que pasamos para llegar a él. El término correcto sería que es un pueblo fresa (algo así como San Miguel de Allende), y por lo mismo los precios eran caros. A pesar de lo afresado que está, por la gran cantidad de visitantes que recibe, el ritmo de vida en este pueblo sigue siendo muy tranquilo.

      Puente Shinkyo
 
Atrás de mí los Tres Monos Sabios
      El primer lugar histórico con el que te topas es el puente Shinkyo, lugar por el cual se ingresaba originalmente al Mausoleo del Shōgun. El puente fue destruido por una inundación en 1902 y reconstruido en 1907 a semejanza del original.

      Ciertamente era bonito, no muy grande, pero tampoco valía la pena pagar para pasar por él ya que, al final, la postal del puente en sí era lo que valía la pena, no lo que veías desde él. A pesar de ello, muchos pagaban la cuota para caminarlo, pero supongo más por curiosidad que por otra cosa.
 
Entrendo al Futarasan Jinja
      Después del puente me adentré al parque; eran tantos los templos y monumentos que simplemente empecé a caminar al azar. Creo que este día me relajé mucho, porque ya había visitado casi todo lo que había venido a ver en Japón, así que podía darme el lujo de disfrutar el día sin presiones, ya lo que viniera era ganancia.

Además de las construcciones más importantes, también había otras menos concurridas, menos vistosas pero con su toque de nostalgia. Así que vi Pagodas, Budas, Oni, casitas, lámparas y demás construcciones antes de llegar a la atracción principal del parque.
 
En el Futarasan Jinja las cosas estaban mejor conservadas
      Tōshōgū (El Mausoleo de Tokugawa Ieyasu)

      Conforme vas subiendo los escalones ingresas por una Torii de granito impresionante y, al lado, ves una Pagoda muy bonita, en la cual iban a descansar los restos de Tokugawa Ieyasu.

      Al igual que el puente, lo chido de la Pagoda es verla en su totalidad, ya que la entrada estaba cara, pero sólo era para verla más de cerca; aunque eso es relativo, porque la división que marcaba “dentro” y “fuera” sólo había unos 5 metros de diferencia, así que pagar por entrar tampoco significaba gran ventaja.
 
Con mi risa "fake"
      ¿Por qué había quien pagaba para subir al puente o ver más de cerca la Pagoda? Supongo que eran sus primeros días en la Isla, así que estás con mucha emoción para verlo todo. Cuando ya llevas algunos días, aprendes a identificar qué valía la pena pagar y qué no.

A esas alturas ya había visto muchas “Gojunoto” (porque parece que todas las Pagodas comparten el mismo nombre), así que me fui directo a la entrada del templo que, siguiendo con la tónica del resto del pueblo, fue de las más caras que pagué en Japón, aunque valió la pena.
 
Majestuosidad fuera y dentro pero sin fotos dentro :'-(
      Ingresas por la Niōmon (o puerta de los Niō) con detalles muy clásicos de la era Meiji (en la cual se edificó este templo), aunque las esculturas originales fueron retiradas y en su lugar pusieron réplicas, para cuidar lo que quedaba de las primeras del deterioro.

      Ya dentro había un establo con una figura que ha trascendido la cultura mundial: los tres monos sabios, la original (ya bastante desgastada por el tiempo). Estos monos que indican “no escucho, no hablo, no veo”, que han tenido muchas representaciones e interpretaciones del mensaje que transmiten y que, si buscan en internet, podrán leerlas.
 
Aquí descansan las cenizas de otro de los Tokugawa
      El patio está enorme y tiene un pozo, varias lámparas y otros templos adyacentes al central. Vuelves a pasar otra Ishidorii para acceder al templo principal, en el cual no te dejan tomar fotos pero que tiene detalles muy bonitos, muy elegantes y muy coloridos.

La puerta Yomeimon es una belleza por tanto detalle con el que está adornada. Al igual que en otros templos te quitas los zapatos para ingresar al piso de madera, lo cual fue un poco difícil por el frío que hacía (ahí entendí porque muchos nipones cargan con sus pantuflas).
 
Fuera del Tōshōgū había lugares más bellos
      Dentro del templo, pasas por una puerta muy pequeña (para las tremendas construcciones que ves hasta el momento) y te lleva a una subida (200 escalones) que te guía a una especie de terraza, siempre rodeado de muchos árboles y, a pesar del gentío, en un ambiente tranquilo y sereno.

      Arriba hay un patio con esculturas, puertas, escaleras y otras edificaciones viejas pero bien conservadas, e incluso con una elegancia diferente que la de abajo, más sobria y, por ello, más agradable. Por lo intensa que resulta la subida, hay menos gente y disfrutas más del lugar. Dentro de todos esos lugares podías ver en donde descansaban las cenizas del Tokugawa Ieyasu.
 
Literalmente te transportas a otro mundo
      Sin duda salí muy feliz del Tōshōgū, además me había llevado mis buenos “flashazos” por la combinación de tantas escaleras empinadas con esa fijación que tienen las japonesas de vestir microfaldas (a pesar del frío) y no tener pudor en ello (H_H).

      Pero el siguiente lugar, sin ser tan espectacular, me gusto aún más.

      Futarasan Jinja
 
Dentro del Parque hay muchos lugares bellos
      El Santuario Futarasan está a unos 300 metros del Tōshōgū que, a diferencia de éste, está más esparcido, sus construcciones están mejor distribuidas, por lo que te da la sensación de más amplitud.

      También influyó a esa percepción en que la mayoría de visitantes se quedan en el Tōshōgū y menos de la mitad van al Futarasan lo cual resulta injusto porque también es bello, aunque no tan vistoso como el primero.
 
Camino para llegar a la Villa Imperial
      Aunque estuvo mejor que no hubiera tanta gente, porque pude recorrer el sitio con más tranquilidad y degustar sus detalles. Así comprobé que este lugar está mucho mejor conservado que su vecino más popular.

Las construcciones y estatuas estaban impecables y la puerta de acceso me gustó mucho más que la del Tōshōgū. Pero no sólo fue la puerta, sino las lámparas, los interiores, los exteriores, las paredes, y la totalidad del lugar te daba la impresión que aún transitaban por ahí los Shōgunes y su corte.
 
Jardines internos de la Villa
      Después de eso me tocaba ver el Rinnō–Ji, mismo que estaba en remodelación, pero aun así entré con la salvedad que no te dejan tomar fotos dentro y la parte de afuera estaba cubierta por una gran carpa que ocultaba los trabajos de restauración. Ya dentro vi todo lo bonito del lugar aunque ya a esas alturas, con casi dos semanas en la Isla, tampoco encontré algo que no hubiera visto en los días anteriores.
 
Un lugar lleno de paz
      Así que dejé atrás el Parque Nikkō por un camino diferente al que llegué, para seguir disfrutando del lugar. Obviamente había más estructuras que conocer, pero ya había visitado las más importantes y ya estaba un poco harto de templos, santuarios, pagodas y demás. Ya me hacía falta disfrutar de otro aspecto de la cultura japonesa que me encanta: los jardines.

      Villa Imperial Tamozawa
 
Aún sin florecer la Villa es muy bella
      Primero fui al Jardín Botánico Nikkō, mismo que es una rama del Jardín Koishikawa que visité en Tokio, con la salvedad que las plantas de acá son de clima frío. Pero cuando llegué a la entrada me dijeron que estaba cerrado, sin mayor explicación. Según yo iba en tiempo y en día adecuados para entrar :-(.

      Así que caminé de regreso a la Villa Imperial Tamozawa, misma que había pertenecido a un particular y que después formó a ser parte de las residencias del emperador. Así que tienes la oportunidad de ver el interior con algunos de los detalles de la realeza.
 
Tal vez sea algo sencillo, pero me hacía feliz
El interior de la villa está muy elegante, y te dejan tomar fotos, pero no fue lo que más me encantó. En realidad me interesaba más el jardín, mismo que me pareció muy bello, de los más bonitos que visite, aunque no tan grande.

      Para mi fortuna no había mucha gente, así que prácticamente tuve el lugar para mí solito. Recorrí cada sendero, cada caminito posible, explorando cada toma, cada postal y, sobretodo, respirando en el sitio, relajándome y, sin darme cuenta, dejé de pensar y comencé a meditar.
 
Esta risa sí es auténtica ;-)
      Estaba en extremo agradecido de tener un lugar tan bello a mi disposición. Un jardín que tenía el Emperador ahora tenía el honor de disfrutarlo en solitario. Aún no florecían la mayoría de las plantas, pero eso no le quitaba belleza al lugar, sobre todo la paz que te regalaba. En ese momento no me importó el tiempo, ni el clima ni el cansancio, sólo estaba feliz de estar ahí, en ese instante de mi vida.
 
:'-)
      Sin duda cada segundo que pase en suelo japonés fui en extremo feliz, pero en ese sitio me sentí el hombre más afortunado del mundo. Recorrí con una amplia sonrisa cada sendero, crucé por pequeños puentes que pasaban sobre el riachuelo, subía y bajaba las pequeñas escaleras, como si fuera un chamaco que estaba jugando a ser explorador, y es que así me sentía: pletórico de felicidad y emoción.
 
Algún día volveré
      Me fui con mi ancha sonrisa y con mucha gratitud del lugar. Lo poco que pague por entrar había valido la pena, será un jardín que recordaré en mi corazón, por ese regalo de profunda felicidad que me brindó un sitio tan sencillo, pero que llenó mi alma de esa esencia tan japonesa.

      De Regreso

      Me sobraba algo de tiempo (el del otro jardín que me cerraron), aunque no lo suficiente para visitar las atracciones naturales. Así que me regresé junto a la orilla del río Daiya y disfrutando las postales del pueblo que se me presentaban mientras caminaba tranquilo. Llegué al centro para comer un ramen delicioso mientras veía las fotos tan bonitas que había sacado en el día.
 
Hasta las casas normales te dan buenas fotos
      Ya después tomé el trenecito que, para mí, era como de juguete y el cual resultó una delicia abordar. De nueva cuenta degusté el camino de regreso, con cada uno de esos pueblitos entrañables que veía en el camino hasta Utsunomiya, para tomar el Shinkansen de regreso a Tokio.

      Comentario final de Nikkō

      Nikkō es para echarte dos o tres días, tanto para ver la ciudad como en los alrededores. Te recomiendan mucho los Onsen (Aguas Termales) pero no tenía tiempo ni mucha voluntad para meterme con tanto (puto) frío en el ambiente. En los alrededores hay cascadas y zonas verdes muy bellas, también hay jardines muy bonitos. Además de que la oferta cultural del Parque Nikkō es amplia.
 
Dentro del Futarasan Jinja
      Por cuestión de tiempo no pude ver toda la oferta de este bello sitio, sólo lo más importante pero, al ver la cantidad de postales y paisajes que tienes a la vista, compruebas que su slogan es cierto y lo reafirmé “Esto en verdad es Japón”.

      Vale la pena regresar a Nikkō y sin duda alguna vez lo haré, probablemente en la tercera visita que haga a Japón, porque para la segunda que vaya, ya tengo definidos mis lugares. Pero si tienen la oportunidad, la escapada desde Tokio no es muy lejana y sin duda vale la pena ver un Japón más antiguo, más auténtico, más clásico. Y todo eso te ofrece Nikkō.


      Hebert Gutiérrez Morales.

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