domingo, 11 de junio de 2017

Pisa y Lucca

La Torre de Pisa
            Sin más preámbulo empecemos por el primer destino.

Pisa

            Aunque ya había bajado mis expectativas desde la decepción de Pistoya, eso no afectó mi percepción sobre lo que iba a encontrar en Pisa, en donde el 100% de la gente a la que le pregunté me dijo “En Pisa es la Torre y ya, no te esfuerces más”, lo cual te ayuda a no esperar mucho del sitio y, a pesar de ello, intenté esforzarme.

            Algo que tenía por costumbre, casi en cada destino, era caminar de la estación de tren hacia el centro histórico, lo cual me servía para ver un poco del sitio y no sólo las atracciones principales. Pisa me pareció una ciudad bonita a secas, con su encanto pero nada que signifique un deleite excepcional.

            La Plaza del Caballero
 
La Plaza del Caballero
            Me negaba a creer que lo único que valía la pena de este sitio es la torre inclinada así que investigué un poco y un punto que te recomiendan es la Plaza del Caballero.

            Pareciera que todos los visitantes, efectivamente, sólo se enfocan en la Torre porque la Plaza del Caballero estaba prácticamente abandonada, lo cual me parecía injusto, porque el lugar estaba bonito, cuidado y limpio. Viéndolo desde otra perspectiva, también es una suerte que no haya casi visitantes, porque así se mantiene mejor conservada.
           
Lugar infravalorado
            Después de las obligadas fotos, continué mi camino a la atracción más famosa del lugar, uno de los lugares más reconocidos a nivel mundial.

            La Torre Inclinada

            Las nubes avanzaban rápidamente y no iba a tardar en llover. Recordé la Torre del Palacio Vecchio y temía que me la fueran a cerrar, así que apuré el paso. Vi que la cola para entrar a la torre era relativamente corta, lo cual me animó, aunque después me iba a enterar de la razón porque no había más gente esperando.
 
Los aparatos dentro de la Torre
            Creo que los “Piseños” o “Pisanos” tienen claro lo popular que es su torre inclinada, ya que fue la entrada más cara que pagué en toda Italia. Honestamente 18 Euros se me hacían un robo por 15 minutos que te dejan estar arriba, pero no había venido de tan lejos como para no subirme, así que compré entradas al resto de lugares de la Plaza del Duomo para amortizar la torre.

La torre es el Campanario de la Catedral, sólo que es más monumental y alta que las otras que había visto. Debido a su gran peso, errores de cálculo, lo suave del suelo y demás factores, se empezó a inclinar prácticamente desde su construcción. A tal grado que en los 60’s iniciaron los signos de alarma y, después de muchos estudios y propuestas, la cerraron en 1990 y así se mantendría durante once años.

Durante ese tiempo se adaptaron una serie de aparatos mecánicos que estabilizarían la imponente construcción, dándole un soporte suficientemente fuerte para evitar que se moviera o que se siguiera hundiendo, por lo menos en 200 años. Aunque no soy el más técnico de los ingenieros, la verdad ver toda la instalación que mantiene estable la estructura es algo muy interesante.
 
La Catedral vista desde la Cima de la Torre
Una ventaja de que fuera más ancha que los otros campanarios es que las escaleras también eran más amplias, así que no se iban a dar las incomodidades de otras subidas. Sin embargo, sé que sonará “algo” masoquista, extrañe las escaleras estrechas :’-(

Ya arriba se soltó la lluvia, lo cual asustó a muchas personas, que no se atrevieron a ir al exterior a sacar fotos, por miedo al agua, al viento y a los truenos. Pero como soy alguien inconsciente, fui a recorrer las dos secciones de la cima de la torre.

Sé que el atractivo de este lugar es sacarle foto a la torre, no las que se toman desde ella, pero aun así me gustaron mucho las que capturé desde su cima y me gustó más el haberlo hecho con lluvia. Por cierto, me sorprendió que hubiera campanas allá arriba (sé que es obvio para un Campanario, pero tampoco sabía que era uno) y de hecho las campanas funcionaban.
 
La Catedral y la Torre
Cuando baje me di cuenta que aunque el precio era caro, estaba totalmente justificado, no por lo extraordinario del lugar, sino una cuestión de sentido común: Por un lado hay que amortizar el costo de la maquinaría instalada en la Torre y lo que costó estabilizarla. Por el otro, viendo la cantidad enorme de visitantes, es mejor cobrar el doble para que suba la mitad de gente que hacerlo a un precio normal y que suba una gran cantidad humana.
 
El interior del Camposanto
Al final va a haber quién va a pagar, y el alto precio impide que no lo hagan multitudes. Aunque eso no es posible porque van controlando los grupos por 30 personas en períodos de 15 minutos. Sin embargo, me parece buena estrategia para cuidar la integridad futura de la estructura.

Es lo única razón que justifico la entrada cara a la Torre, el resto de gandayeces ya me parecen desleales, como querer cobrar 65 Euros por una réplica de la torre de unos 15 centímetros, cuando por representaciones similares en otras partes de Italia, el precio de las réplicas de los monumentos famosos rondaba en los 21 Euros. Con decirles que hasta la entrada al baño te la cobran (1 Euro), así que la gente de Pisa, como dicen por ahí, “no le pierde”.          
 
Frescos que fueron alguna vez fascinantes
            El Camposanto

            Esta sería la tercera atracción que recomendaría en una visita a Pisa (junto con la Torre y la Plaza del Caballero). Y creo que hago esta recomendación en base a su tamaño, ya que el Camposanto es enorme, sin embargo  no toma tanto tiempo el recorrerlo.

Este lugar, como su nombre lo indica, está infestado de monumentos fúnebres, algunos padres y otros desgastados. Dentro tienen un pequeño salón con algunos objetos de arte sacro de la ciudad, aunque no hay algo que valga la pena.
 
Muchos monumentos fúnebres
Otro detalle de este lugar es el enorme jardín que hay en medio, bien cuidado pero sin muchas plantas, más bien es la alfombra de césped con algunas flores bordeándolo.

La construcción vale la pena verla por dentro, misma que se percibe que en su época fue majestuosa pero ahora los frescos están muy desgastados, pero sirven para darte una idea de la belleza que alguna vez tuvo este sitio.
 
Interior de la Catedral de Pisa
El resto de la Plaza del Duomo

            La enorme Catedral estaba en trabajos de mantenimiento, a pesar de ello estaba relativamente bonita, con su propia personalidad y uno que otro detallito que valdría la pena. Sin duda ha de lucir mucho más cuando las instalaciones están en plenitud.

            Los otros dos lugares de la plaza son El Baptistero y el Museo de la Sinope y, honestamente, ninguno vale la pena. Son lugares prácticamente vacíos, sin chiste o relevancia, hasta deberían sentirse apenados de cobrar la entrada. Es más, aunque el ingreso fuese gratis, no recomendaría su visita, porque es una pérdida de tiempo.
 
Bonita Catedral en Pisa
            Al iniciar mi camino de regreso a la estación de trenes, me di cuenta la gran cantidad de gente que había en busca de su foto de la Torre. Lo bueno que la Plaza es ENORME porque, de lo contrario, me hubiera sentido agobiado por la multitud gigantesca que había. Y de ahí que corroborara que está bien que los “asusten” con precios caros para subir a la torre, porque sería devastador que esta marabunta desgastara la estructura.

            Le eché un último vistazo a la muralla que protege la plaza del Duomo antes de retirarme, ya que Pisa no tenía nada más que ofrecerme, así que tomé mi tren al siguiente destino.

Lucca

            La estación de trenes está fuera de la muralla que protege la ciudad de Lucca, misma construcción que tiene la ventaja de ser tan gruesa que te puedes subir y caminar por encima de ella, ya que tiene adaptada  una especie de parque para caminar y correr. Sin duda, el subirte a la muralla de un antiguo pueblo medieval y recorrerla es algo significativo.
 
Lucca
            Lucca junto con Prato fueron los dos “pueblitos” más normales que visite, sin la intención de que suene a algo malo o decir que son comunes, de lo contrario no creo que te los recomienden para visitar. Lo que quiero decir es que, a pesar de ser turísticos, no modifican mucho su esencia y eso te da una experiencia más natural del sitio.

            El sitio me pareció en exceso tranquilo, con ese toque pacifico pueblerino, aunque también debió influir que era martes, un día menos turístico que el fin de semana. Tanto Lucca como Prato me parecieron mucho más atractivos que la excesivamente promocionada Pistoya
 
La Catedral de Lucca y su Campanario
            Sin saberlo, entré por la parte tranquila del pueblo, así que casi no me crucé con nadie en mi camino a sus atracciones. En verdad había muy pocos visitantes, lo cual me encantó. Compre la entrada conjunta para sus iglesias, campanarios y un par de museos (9 Euros no fue caro por seis lugares).

Honestamente no esperaba mucho de estos lugares porque después de haber visto los grandes museos, las obras en Iglesias o mejores zonas arqueológicas en lugares más relevantes; el hecho de entrar sus sitios históricos era más para hacerles el gasto, porque difícilmente iba a encontrar algo que no hubiera visto o mucho mejor que en alguna gran ciudad.
 
La entrada a la ciudad amurallada
Lo chido de Lucca es que la gente es más relajada, así que nadie te vigilia por lo que, si quisieras, podrías tocar las cosas o sacar fotos con flash, porque sólo está la que controla la entrada y nadie te cuida dentro. Obviamente honras su confianza y te portas bien.

De lo que más me llamó la atención fueron los dos campanarios a los que subí ya que, a diferencia del resto, estos no son una buena idea para gente que tema a las alturas porque, aunque tienen barandal, sí estás más expuesto al vacío y, si ves hacia abajo, impone y te puede dar vértigo.
 
La Plaza del Anfiteatro
Independientemente de ello, como lo sospechaba, las visitas no me dejaron mucho, pero está bien porque no esperaba algo diferente. Así que me fui caminando a la Plaza del Anfiteatro.

            Al igual que San Gimignano, Lucca es más para recorrer sus callecitas tranquilas y auténticas, de hecho me estaba fascinando por lo tranquila que era, hasta que llegue a la Plaza del Anfiteatro ¡y ahí encontré a todos los turistas!
 
La "otra" Catedral de Lucca
            Resulta que como había llegado por la parte tranquila y a la hora de la comida, no me había encontrado a nadie en mi camino pero, al llegar al punto donde está la zona de restaurantes, me encontré con que Lucca es más popular de lo que había percibido.

            Eso lo corroboré al regresarme por la avenida principal, misma que no tiene nada que pedirle (ni en negocios ni en multitud) a calles del mismo giro de grandes ciudades como Florencia, Roma o Verona. Con cierta desilusión comprobé que Lucca no era el pueblecito tranquilo que pensaba en un inicio, sino una pequeña ciudad que sabe explotar su atractivo turístico. Me pasó lo mismo que en Prato, en donde creí que era un pueblecito y resultó ser una ciudad.
Callecitas íntimas en Lucca

            En fin, de todas formas fue un lugar bonito que me gustó a pesar del exceso de turistas aunque, después de las multitudes que me habían tocado en días anteriores, lo de Lucca era un juego de niños.

            Siendo honestos, éste fue uno de los días “flojitos” del viaje, pero de igual forma lo disfrute porque había cambiado mi actitud desde Pistoya. Sin duda esto de bajar expectativas y esperar nada de los sitios fue una gran estrategia, porque así pude disfrutar lo valioso que encontrara.

            No regresaría a Lucca ni a Pisa, pero los disfruté en esta oportunidad que tuve de conocerlos. Lo bueno que el destino del día siguiente iba a ser uno mucho más valioso de lo que creía.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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