domingo, 4 de junio de 2017

Sentimientos en la Toscana (Pistoya y Prato)

El Baptistero de Pistoya visto desde el Campanario
            Si algo me quedó claro en Roma es no quedarme en una ciudad tan turística en Domingo por tal motivo, ya en Florencia, tenía que ir a cualquier lado lejos de dicho lugar porque, si el Sábado hubo mucha gente, el Domingo iba a estar peor. Así que empecé mi tour de pueblecitos por la Toscana.

            Pistoya

            Esta población, a media hora de Florencia, fue declarada la capital italiana de la cultura para el 2017, habiendo gente que incluso se atreve a llamarla la “pequeña” Florencia. Con descripciones así, aunque uno no quiera, las expectativas se empiezan a elevar y eso, para el propio Pistoya, es injusto porque esperas más de lo que es y uno se queda con un sentimiento de que faltó algo, el cual fue mi caso.

            Si dejas todas esas etiquetas de lado, te das cuenta que el pueblo está bonito y limpio, además de que se ve que lleva una existencia tranquila. Ahora, de eso a ser la pequeña Florencia, la verdad es una gran falacia.
 
Pistoya desde las alturas
No al nivel de Florencia o Roma, pero sí había muchos turistas para un pueblo como Pistoya aunque, por la reacción de los locales, se ve que ya están acostumbrados a que interrumpiéramos su tranquila existencia.
           
            Aunque estos turistas eran diferentes a los de las grandes ciudades porque, aunque habíamos extranjeros, la gran mayoría de visitantes que había en Pistoya eran los propios italianos, y es que se ve que ellos también huyeron de las urbes principales al haber exceso de extranjeros invadiendo sus sitios de descanso u ocio.
 
Campanario y Baptistero
            El Camapanile (El Campanario)

            En el Doumo de Pistoya había posibilidad para subir al campanario y obtener vistas que nadie más tenía en los tours de allá abajo, con la salvedad que te suben a ciertas horas y en grupos no mayores a 10 personas (ventajas de disponer de tu propio tiempo).

¡Ah! Y sólo en italiano, lo cual no fue tanto el problema porque, al hablar español, medio le mascas a su idioma además, siendo honestos, sólo subes para obtener buenas vistas del lugar.

De ahí te llevan dentro de su Iglesia a ver El Tesoro de San Jacobo, una especie de alacena hecha en plata con muchos pasajes bíblicos que la adornaban que, aunque no soy fan de la religión, la forma cómo los explico la chica me parecía en exceso interesante. Esa misma chica que, aunque no hablaba inglés, fue muy amable al pronunciar el italiano de forma muy clara y pausada para que la entendiera mejor
 
Frescos Palacio Pretorio
            El Palazzo Pretorio
           
En la misma Plaza de la catedral y el campanario se encuentra el Palacio Pretorio que, como su nombre lo indica, era el centro de las fuerzas armadas de Pistoya. Es por ello que los frescos en su techo tienen motivos militares, pinturas que estaban bien conservadas. En dicho lugar también había una pequeña exposición de artistas locales, con pinturas muy buenas.
           
            Museo Cívico
           
Continuando en la plaza principal, hay un museo gratuito y muy bueno llamado el Museo cívico. Con una exposición de muy buen nivel y relativamente extensa. Me gustaron las obras aquí expuestas porque no sólo eran de religión sino que también tenían paisajes, escenas de guerra, de mitología, retratos, vida cotidiana y demás.
"Batalla" de Francesco Graziani

Y es que en Italia puedes alcanzar un punto en que no aprecias el arte ante la constante exposición de expresiones sacras, y te vuelves insensible aunque veas algo bello por lo que ya no lo contemplas con auténtico interés. Por eso la visita al Museo cívico resulta tan agradable: por diferente.

            ¡Ah! Y otro detalle que me gustó de este lugar es que tienen baños públicos disponibles y es que, a ser un pueblito, no es fácil que encuentres uno, a menos que entres a algún restaurante.
 
Arte Urbano
            Detalles de un pueblo pequeño
           
            Algo de lo que sí me gustó de Pistoya fue esa esencia tranquila que aún mantiene, y que se refleja en ciertos detalles. Por ejemplo, cuando compre mi entrada al Campanario y al tesoro de su Catedral, la entrada fue redactada a mano por la chica de los boletos, en lugar de tener un sistema automatizado, además no se ve que le molestara, ya que también son pocas las personas que acceden a dichos lugares.

            Como ya mencioné, las explicaciones en dichos lugares sólo te las dan en italiano (casi nadie habla inglés) y a ciertos horarios, en lugar de dejar la entrada libre a los turistas como en otros sitios más grandes. Supongo que tienen esa necesidad de irte cuidando. La contraparte estaba en el Palacio Pretorio o en el Museo Cívico, en donde podías andar libremente y nadie te cuidaba para que no tocaras las pinturas porque, supongo, aún confían en ti como visitante.
 
El Tesoro de San Jacobo
            Me llamó la atención es que la gran mayoría de negocios estaban cerrados al ser Domingo, justamente cuando mayor afluencia de visitantes hay (lo corroboré con la chica de la Iglesia). ¿Y por qué lo hacen? Porque es día de asueto, no importa que puedan vender más, ellos necesitan descansar.

            Otro detallito muy llamativo es que, a la hora de la comida, el pueblo lucía abandonado, no había nadie en la calle, supongo que todos estaban comiendo pero resultó notorio que de un pueblo bullicioso a las 12hrs pase a uno desierto a las 14hrs.

            Te acostumbras y te vuelves mamón
           
            Decía José José que “hasta la belleza cansa” refiriéndose que uno se puede acostumbrar a lo bueno y, entonces, lo dejas de valorar. Después de ver tantos lugares (Roma, Asís, Florencia, Tivoli, etc.) con hermosos frescos, mosaicos, pinturas, relieves, esculturas en el techo y en las paredes, hay un punto en que ya tomas eso como lo mínimo a cumplir en los lugares que visitas.
 
San Giovani di Forcivitas
Así que cuando entraba a las iglesias en Pistoya y veía los techos pelones, me sentía defraudado “¿Qué? ¿Y dónde están todos mis bonitos frescos?” Y es que sin ellos, sientes los templos austeros y sin chiste.

            El ejemplo perfecto de este efecto fue Pompeya ya que, después de haberla recorrido, todas las ruinas romanas que visite después ya me parecían poca cosa en Italia.

            Otros Sitios
 
La Catedral Principal de Pistoya
            Originalmente pensé que me iba a llevar todo un día en Pistoya para encontrarme con la sorpresa de que el pueblito es muy chiquito y te lo inflan con expectativas de más antes de visitarlo.

Así que empecé a visitar otros lugares como la Iglesia de la Humildad, misma que tenía buenas y grandes pinturas. Otra iglesia que visité fue la de San Giovani de Forcivitas, tenía el exterior con una estética muy similar a la Catedral de Florencia pero sin nada dentro.
 
Ospedale del Ceppo
            Además de los sitios históricos, Pistoya tiene algunos parquecitos y zonas verdes chidos y bien cuidados, además de espacios para correr, andar en bicicleta y para que los niños jueguen.

            Comiendo y comprendiendo

            Empezó a llover, pretexto perfecto para meterme a una pizzería que estaba sola, lo cual me quedaba bien, porque quería comer tranquilo, sin tanto bullicio, y es que necesitaba a estar a solas con mis pensamientos.
 
Un bonito pueblo
            Estaba triste.

            Lo único que realmente había disfrutado de Italia hasta ese día era Asís, mientras que otros lugares me habían gustado pero no enamorado (como Pompeya, Tívolí o Florencia). Nunca me había pasado que un viaje al extranjero se hubiera quedado tan debajo de las expectativas tantos días seguidos y eso me deprimía.

            Me di cuenta que no resonaba con Italia, no le veía lo maravilloso, no encontraba la razón por la que tanta gente está mame y mame con que es el país más bonito del mundo. Para mí no lo era, ese puesto lo ocupa Japón en mi corazón junto con mi país.
 
La Plaza del Duomo en Prato
            Mientras me comía la rica pizza y veía llover en la calle abandonada, me di cuenta que no era feliz en Italia, me había llevado más decepciones que alegrías, además de que pocas cosas me había sorprendido y ya iba a la mitad de las dos semanas que iba a permanecer en dicha tierra.

Ése fue el punto más bajo del viaje, me había llevado dos de los más grandes chascos, ya que Roma y Pistoya se habían quedado muy cortos a lo que prometían. Gracias a ello podía afirmar que Italia era el país que menos había disfrutado de todos mis viajes ¡y por mucho!
 
Frescos dentro del Museo del Duomo Prato
            Así que me hice la promesa de que le iba a echar más ganas, aunque Italia no fuera el lugar que me prometieron, no podía tirar a la basura el resto del viaje. No me iba a quedar encerrado en el hotel, iba a seguir con mi itinerario a pesar de la depresión (ventajas de ser necio). Y no lo hacía por Italia, honestamente el país me valía madres, lo hacía por mí, para sacar algo y seguir aprendiendo.

            Esa reflexión me cambió el ánimo y me recargo las pilas, terminé por aceptar que Italia no iba a ser lo que esperaba, así que baje mis expectativas y estaba enfocado en encontrar lo poco bueno que se me atravesara.
 
La Catedral de Prato
            No sé si fue el cambio de ánimo o tuve suerte pero, a partir de ese momento, el resto de lugares que visite los disfruté más y, con una última excepción, ya ninguno me defraudó. Con esa nueva actitud me encaminé a Prato.
           
            Prato

            No dejaba de llover, pero eso no me importaba, porque la lluvia es mi amiga. Además ese mismo clima hacía que hubiera menos gente en las calles. Adicionalmente llegaba con una actitud renovada y la lluvia sólo me la potenciaba. Así que caminé desde la parada del Tren a la Plaza del Duomo (al parecer todas las poblaciones en Italia deben tener una Plaza del Duomo ¬_¬).
 
El Púlpito decorado por los niños
            Museo Dell’Opera del Duomo

            Me recibió una chica muy guapa, muy amable y con una bonita sonrisa. El poco tiempo que estuve en Prato me dio la impresión que la gente estaba más adaptada a tratar con turistas y tomaban una actitud más ad hoc. No es que en Pistoya fuesen groseros ni nada por el estilo, sólo que eran demasiado pueblerinos, sin que eso sea malo, sólo que les falta refinarse un poco en sus maneras de tratar el visitante.
 
El púlpito mamalon del museo
            En este museo, igual que casi todo en Italia, encontré muy buenas pinturas y excelente relieves. Había también en exposición algunos púlpitos originales de la Catedral, misma que estaba encima del Museo. Dichos púlpitos estaban muy bien decorados, de manera muy artística y, por eso mismo, estaban como parte de una de las exposiciones estrella.

También había algunos frescos viejos pero con símbolos interesantes, por lo menos a mí me lo resultaba así ya que no veía muchas calaveras en los frescos que había visto hasta el momento.
 
Por más que reces . . .
Recorriendo el museo, había una sección dedicada a los niños, misma que estaba cerrada, sin embargo había un púlpito decorado por arte hecho por los infantes, el cual me pareció más bello que el 90% de las obras de arte mamertas ahí expuestas. Así que, recordando mi travesura en Tívoli, y me salté la cadena para sacar mi foto. Honestamente tampoco era el gran delito, ya que sólo era un metro de distancia lo que me adentré al lugar.

Humor hereje

No sólo en Prato, sino en gran parte de mis visitas en Italia me reía bastante con el arte Sacro. Y es que veía muchas escenas que eran solemnes, sagradas, críticas, tristes y demás, pero yo le ponía diálogos chuscos y me reía: hacía mis memes mentales.

            Creo que tanto arte sacro potenció mi herejía, y recordé que en su momento me hice ateo (después agnóstico) debido a la alta exposición de religión a la que mi madre me sometió, así que gracias a ella deje de creer en su Dios.
 
Frescos dentro de la Catedral
            Al escuchar mi risa en el Museo, me di cuenta que estaba desarrollando una carcajada aún más macabra de la que ya manejaba y eso, tontamente, me puso muy de buenas. Me daba mucha alegría que la Iglesia siguiera convirtiéndome en su antagonista.

            Por ejemplo, encontré un fresco en donde un Sacerdote (creo que era un Papá) le rezaba con vehemencia a Dios para que, en la siguiente “viñeta” se le viera muerto, así que me dije: “Maravillosa moraleja la de este fresco, ‘Por más que reces de todas formas vas a valer verga’” y otra vez me volví  a reír.

            De hecho reí bastante durante toda mi visita, por fortuna casi no había gente, así que salí con mi ancha sonrisa del Museo, incluso la chica de la entrada me preguntó si lo había disfrutado “¡Oh sí! ¡No tienes una idea cuánto!” le contesté a lo que ella dijo “¡Me alegra escuchar eso!” Supongo que creía que sonreía por unas razones totalmente distintas a las que en realidad lo hacía, y esa creencia me hizo seguir carcajeándome todo el camino.

Clima lluvioso
 
Perdiendo la cabeza
Después del Museo pasé a la Iglesia del Duomo, misma que era más bonita que su contraparte en Pistoya con frescos espectaculares (los más famosos eran de Filippo Lippi) y bien cuidados. Visita que no me tomó más de 20 minutos, así que salí de la Catedral y vi que la Plaza del Duomo estaba desierta, lo cual me resultó una vista hermosa (odio las multitudes), así que con ese buen ánimo me encaminé a mi siguiente destino a unas cuantas calles de ahí.

Llevaba dos días en la Toscana y ambos con clima lluvioso o nublado, lo cual me encantaba, porque disfrutaba más mis jornadas, sin tanto calor ni tanto sol. Además como que el clima se adaptaba bien a mi humor. Por ello el ver las nubes bajas en Prato me producía una sensación muy agradable.

El Pueblo se veía bonito y, precisamente por el clima, podía apreciarlo mejor. Era la tarde de un Domingo lluvioso, así que era natural que no hubiera tantas personas. De hecho creo que Prato fue el lugar en donde menos gente vi de todos los sitios que estuve en Italia, así que eso me ayudó a disfrutarlo y valorarlo más.
 
Palazzo Pretorio
Y así, recorriendo esas calles con exceso de charcos y gente escondiéndose de la lluvia, es que llegue al siguiente Museo.

            Palazzo Pretorio

            Otro lugar que a comparación de su contraparte en Pistoya, resultó ser más extenso, llamativo e interesante. Al igual que en el museo anterior, la gente de este sitio se notaba más profesional, alegre y acomedida para que disfrutara mi visita.

            En este Museo ya había un poco más de visitantes pero, aun así, muy pocos a comparación de lo que me había tocado en otros sitios. Así que podía recorrerlo con tranquilidad y seguir riéndome con libertad ya que mantenía la tendencia del museo anterior: haciendo memes mentales de pinturas serias. Supongo que el cansancio me hace ponerme más simple de lo que ya soy.
 
"Si no vas a aflojar, entonces ¡a la verga!"
            Independientemente de todas las sonrisas que me regaló su arte, este museo tiene una excelente colección de pinturas, algunas ENORMES y muy bien conservadas, así que también las puedes disfrutar sin actitud hereje (aunque es más divertido de la otra forma). De la misma manera, su colección de esculturas y relieves eran imperdibles. Así que también salí muy sonriente de este museo, tanto que no me importó que arreciara la lluvia, sólo saqué mi impermeable y seguí disfrutando de Prato.
 
Tan mamado y tan poca . . .
            Ahí cerca fui a visitar el Castillo del emperador, mismo que estaba en mantenimiento, así que sólo pude ver el patio principal y quedarme con las ganas, ya que siempre que encuentre un Castillo, lo voy a querer recorrer.

            Finalmente pasé a la Capilla de San Francisco, misma que resultó muy austera y sin chiste. Sobre todo después de haber visto lugares franciscanos más imponentes y bellos.

Un amor de gente

            Antes de cerrar con Prato, quiero remarcar un hecho que me había quedado claro: la gente de los pueblos en Italia es un amor, tanto en Asís, Prato y Pistoya, todos son muy amables. Sin tener que ser iguales, porque en Pistoya eran un poco más inocentes, en Prato tan sonrientes como acomedidos y en Asís eran gente buena, servicial, amable y hasta cariñosa (lo sé, tengo idealizado Asís, mea culpa).
 
Prato desde las alturas
            Esa inocencia y tranquilidad que ya no ves en las ciudades es una atracción más de estos sitios y que, tal vez no en el momento, pero acabas agradeciendo cuando recuerdas tu visita.

“Mi” Prato: El “pueblo” que me regresó la sonrisa.
           
            Caminaba feliz hacia a la estación de tren, no había estado ni cuatro horas en Prato y me llevé muchas satisfacciones. Me di cuenta lo bien que me hizo visitar este lugar, sobre todo después de la decepción de Pistoya.
 
El Castillo del Emperador
            La ventaja con Prato es que no esperaba nada de él, a diferencia de Pistoya, de la cual te crean muchas expectativas. De hecho la visita a Prato ni siquiera estaba segura, y se dio porque terminé Pistoya antes de lo esperado. Sabía qué visitar porque lo investigue “por si las dudas” pero no había profundizado más sobre dicho lugar.

            Así que cuando platique con el recepcionista de mi Hotel sobre Prato me comentó que ese “pueblecito” tranquilo con “poca” gente, en realidad, era una pequeña ciudad con la industria textilera más importante de Italia, en la cual hay la mayor concentración de chinos per cápita en Europa ¿Por qué? Por las telas, mismas que hacen con técnicas chinas pero las venden “Made in Italy”.
 
Mi querido Prato :-)
Resulta que también tuve buen tino al visitarlo en una tarde lluviosa de Domingo, porque así evité las multitudes. Y es que la Plaza del Duomo es muy apreciada por su estética renacentista, por lo cual atrae a un buen número de visitantes, así como su Iglesia y los Museos en los que estuve.

Así que Prato es una joya de la Toscana, misma que no es muy promocionada porque su vecina Florencia la opaca con su majestuosidad y al tenerla tan cerca (15 kilómetros las separan) pues no obtiene tanto reconocimiento o publicidad. Posiblemente, si estuviese en otra zona, recibiría la atención que merece.
 
La lluvia lo limpió de multitudes
A pesar de todo ello, Prato vivirá en mis recuerdos como el pueblecito tranquilo, clima lluvioso y gente amable. El mismo que me regresó la sonrisa (y la esperanza) justo cuando más lo necesitaba.

Gracias Prato :-)


Hebert Gutiérrez Morales.

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