domingo, 9 de julio de 2017

El problema de los inmigrantes

            Unos días después que regresé de Italia surgió la noticia de los atentados en Londres (uno de tantos) y me sentí triste. Y no porque fuera en una de las urbes más importantes del mundo, sino porque fue una ciudad que me encantó y amé profundamente.

Es más fácil sentir empatía por un lugar en el que has estado contra uno en el que, probablemente, nunca estés. Obviamente las muertes son las mismas y es igual de lamentable un incidente en Paris que en Kabul sin embargo, en el mundo en que vivimos, unas muertes parecen ser más importantes que otras en base a la importancia del país.

            En fin, no sólo estaba triste por Londres, sino porque estos incidentes refuerzan una tendencia que, desde mi perspectiva, ya no tiene reversa: la población general culpa a los inmigrantes de dichos atentados y, bueno, no ayuda que de hecho son extranjeros (o hijos de ellos) los que los ejecutan.


            El problema se magnifica en esta época en donde los eventos se conocen casi de manera simultánea. Ciertamente antes (en el Siglo XX) no había tantos atentados, ni tampoco nos enterábamos o no se le daba tanta atención. A raíz del 11 de Septiembre del 2001 empezó este frenesí por darle cobertura a este tipo de eventos, y se le da más importancia si fue un inmigrante (y aún más si es árabe y/o musulmán).

            No ayuda a esta mala publicidad que algunos atentados se hagan en ciudades famosas del primer mundo (Londres, París, Nueva York, etc.), lo cual incrementa la psicosis mundial, ya que a esos sitios se les da más cobertura, por lo que siempre llamará más la atención que hayan atropellado a una decena de personas en Berlín a que hayan muerto 200 en una explosión en Bagdad.

            Volviendo a Italia, con todos estos antecedentes, resultaba natural ver puestos militares de seguridad en cada lugar turístico importante. Uno diría “Pero si somos muchos turistas ¿Quién va a venir a poner una bomba?” Pero no sólo había turistas.


            En cada día que estuve en Italia, sin importar la ciudad, sin importar la hora o el sitio, había una constante: refugiados, primordialmente africanos, aunque había algunos asiáticos (árabes e hindúes). Nunca había visto tal cantidad de inmigrantes, en verdad era algo muy notorio.

            Aunque estaba en mis asuntos, era imposible desentenderse del tema, ya que todo el tiempo estaban presentes: pidiéndote alguna limosna, queriendo venderte algo, queriendo darte alguna orientación, exigiéndote dinero tal cual o comida. El caso es que te están agobiando constantemente y, por más que quieras ser solidario y empático con su situación, la verdad es que hay un punto en que te hartan y tiendes a ignorarlos porque, entre más amable eres, más insisten. De alguna manera me recordaron a los cubanos que todo el tiempo te estaban acosando por dinero.


            Digo, los Italianos tampoco son los más respetuosos del Europa (estoy seguro que han de ser los menos civilizados del occidente europeo), pero esa sensación de peligro, inseguridad o agobio es la primera vez que la siento en dicho continente.

            Sé que me estoy dejando llevar por los prejuicios, pero hay situaciones en que lo que sientes desborda lo que piensas. Por ejemplo, en el tren a Pistoya, se subieron una decena de africanos a mi vagón, y el resto de pasajeros nos pusimos tensos, primero por su olor, segundo por su actitud y, quiéralo o no, por su apariencia. El caso es que fueron unas 5 paradas en que la tensión estaba alta en el tren (se notaba en las caras del resto), hasta que se bajaron y todo volvió a la tranquilidad.

Y aclaro que no tenía nada que ver que fuesen negros, por ejemplo uno de los recepcionistas de mi hotel en Florencia era más negro que mi consciencia (o sea, estaba cabronamente oscuro), pero era un tipo muy amable y educado que era súper simpático. ¡Ah! Y era de Ghana, sólo por si se lo preguntaban. Pero volvamos a los trenes.


Ésa no fue la única situación incómoda con inmigrantes en un tren. Recuerdo el metro de Nápoles (camino a Pompeya), el vagón estaba lleno de turistas, de locales y de refugiados, y la diferencia se notaba a simple vista. Todos eran identificables por el atuendo, pero la falta de higiene y modales de los inmigrantes era bastante notoria y desagradable. Los turistas estábamos relativamente sorprendidos, a diferencia de los italianos, en cuyos rostros se reflejaba un asco y odio muy notorios: sus miradas y actitudes denotaban que, si pudieran, expulsarían a esa “escoria” de su país.

Normalmente no acostumbro a ver los periódicos pero, por alguna razón, me empezó a llamar la atención ciertos titulares de diarios romanos diciendo que la situación ya era incontrolable, que ya no podían permitir más refugiados, que había que regularlos y controlarlos.

            Y no sólo eran los periódicos, de hecho me tocó escuchar muchas charlas de los “discretos” italianos en donde se quejaban amargamente de que los refugiados no se adaptan, sólo mendigan y no quieren trabajar.


            Platicando con gente de mis hoteles, me decían que el descontento social es enorme en contra de los inmigrantes, no contra los legales que se adaptan y trabajan en algo decente, sino contra los que hacen actividades ilícitas y no se terminan de acoplar. De hecho, la tasa de robos se ha incrementado desde que empezaron a recibir a más refugiados, algo similar pasa en Alemania, el otro país europeo que ha recibido tantos foráneos como Italia. Tengo amistades en el país teutón que me comentan que la situación con los refugiados se está tornando insoportable, lo cual es aún más traumatizante para los germanos que suelen ser respetuosos y civilizados.


            A un nivel entiendo el sentir de los europeos, ya que vivimos una situación similar, aunque no con la misma gravedad, con los Centroamericanos en México. A pesar de los prejuicios positivos que tenemos hacia los extranjeros, al ser un país tan malinchista, hay una diferencia muy grande entre los que vienen a aportar contra los que llegan a mendigar.

            Lo que nos molesta a la mayoría de los mexicanos no son los centroamericanos, sino la gente mendigando. Ya de por sí tenemos pobreza en nuestro país como para andar asimilando más. Y, a pesar de ello, hay quien no está consciente de nuestra realidad.

            Decía alguien en la oficina “Quiero ayudar a una familia de Siria, a ver si adopto a alguno de sus chicos” a lo que de inmediato contesté: “¿Y por qué no ayudas a una familia mexicana y adoptas a uno de sus niños? Porque no es como que en nuestro país no haya pobreza, ni miseria ni necesidad”. Tal vez suene cruel y triste, pero soy de la idea que primero debes resolver tus asuntos internos antes de preocuparte por los de fuera.


Ya tenemos muchos inmigrantes ilegales en nuestro país y, sin importar la nacionalidad, es igual de lamentable que alguien mendigue, sobre todo cuando están en condiciones físicas óptimas, que son en las que veo a cada centroamericano que pide dinero en las esquinas.

            Pero el que pidan dinero “por piedad” no es el único problema, ya que hay otro grande: la inseguridad. Obviamente con ellos no inició la delincuencia, porque ya la teníamos desde hace mucho tiempo, pero tampoco es como que lo vengan a hacer más ligera la situación.

            En Europa, México y Tombuctú hay trabajo, tan sólo basta ver la sección de clasificados y encontraran que la parte de empleos siempre está nutrida. Pero, como decía Ayn Rand “No hay trabajo despreciable, sólo hay gente despreciable que no está dispuesta a hacerlo”.

            Y es que el trabajo dignifica. En Italia, no sólo vi a inmigrantes vivales o vagabundos,  también vi a muchos africanos que trabajaban como staff de seguridad en la Loggia dei Lanzi, recepcionistas de mi hotel en Florencia, elevadoristas en el Campanile de Venecia, meseros, cocineros, recolectores de basura y demás trabajos honestos, mismos que les dan un ingreso estable (no alto) y que les permiten incorporarse a la sociedad.


Sé que a nadie le gusta limpiar baños, pero lo encuentro más digno y respetable que mendigar dinero en las calles. Ser intendente no te dará muchas ganancias desde un inicio, pero te va integrando a la sociedad para después crecer en ella.

            Para mí, si estás en un país que no es el tuyo, lo menos que puedes hacer es adaptarte a él, empezando por las reglas básicas bajo las cuales convive dicha cultura. Obviamente los italianos no pueden decir mucho en cuanto a respeto (ya que también te acosaban con venderte cosas, darte servicios y demás), pero es su país y tienen sus reglas, y si te abrieron la puerta (o te colaste), lo menos que puedes hacer es comportarte bien e incluso mejor que ellos (que tan poco es TAN difícil).


            Ahora, pecando de nacionalista, aunque ocasionan los mismos prejuicios, creo que no es la misma situación con los mexicanos en Estados Unidos. Ciertamente no se van los más educados, ni los más desarrollados y demás, pero algo que sí comparten la mayoría es algo: es gente trabajadora.

            No conozco TODO Estados Unidos, pero sí he visitado una decena de sus ciudades más importantes y nunca, así como lo leen, NUNCA he visto un mexicano mendigando, ¿por qué? Porque la gente va a trabajar, y con gusto hacen todos esos trabajos que los gringos desprecian (ver otra vez la frase de Ayn Rand dicha párrafos arriba). La única gente que he visto pidiendo limosna en Estados Unidos son a los mismos gringos, tanto blancos como negros, y casi todos en perfectas condiciones físicas.

            Pero el odio de los gringos por los ilegales mexicanos seguirá ahí sin importar lo productivos que sean mis compatriotas. ¿Por qué? Porque lo diferente siempre crea rechazo, porque los humanos somos muy territoriales y no nos gustan los extraños, la gente diferente y, si para acabarla de fregar, los percibimos como una amenaza a nuestro bienestar, el repudio es mayor.


            Ahora ¿es sólo culpa de los inmigrantes? En la gran mayoría de los casos, cuando alguien deja atrás su nación es porque la situación ahí es insostenible o se le presenta una mejor oportunidad en un país ajeno. Si eres feliz en tu tierra es difícil que salgas de ella.

            A esta altura sólo he atacado a los extranjeros que no se adaptan a la tierra que los acoge, legal o ilegalmente, pero ¿ellos se fueron por gusto? La gran mayoría de las veces es por necesidad. Si le preguntan a esa gente que está lejos de su tierra, con gusto regresarían a ella, si pudieran.


            Y aquí sale a la luz el otro gran culpable de la situación, el principal diría yo: el capitalismo voraz que dio origen al Neoimperialismo. Ese movimiento en que los países ricos se aprovechan de los pobres, con la ilusión que les dejan su autonomía e independencia cuando, en realidad, los tienen sometidos a través de deudas y otros compromisos comerciales y políticos.

            Entiendo que siempre habrá ricos y pobres, así ha sido desde que la humanidad creo el concepto de civilización, y es algo que sólo se extinguirá con nosotros. Sin embargo, creo que hay límites de decencia para todo, y ese capitalismo voraz no tiene fondo.

            Prueba de ello es que la brecha entre ricos y pobres se hace más grande con el paso del tiempo, y eso a los ricos no les interesa, porque justamente basan su riqueza en la necesidad del pobre, al cual le pagan una miseria por su valiosa fuerza de trabajo.


            Recalco, eso ha sido desde siempre: en la Roma antigua, en la época precolombina, en el imperio chino, en la época feudal, en la revolución industrial, etcétera. Sin importar país o época siempre habrá ricos que se aprovechen de los pobres.

            ¿Pero hasta dónde es suficiente? Al parecer no hay límites, porque son pocos a los que les importa esta situación y, mientras sigan llenado sus arcas, son felices, sin importar la miseria ajena. El problema no sólo es la pobreza, sino la ignorancia. Voy a poner como ejemplo a mi propio país.

            Durante décadas hemos vivido primordialmente bajo el yugo priista, apoyado en la Iglesia católica y Televisa, este Triunvirato está diseñado para explotar al pobre y favorecer al rico. Para perpetuar este sistema, no se le ha dado importancia a la educación así que, además de pobres, la gente se torna ignorante. Alguien ignorante no se destaca por su sentido común así que, aunque no tengan donde caerse muertos, se reproducen “porque es su misión divina”. Así que la pobreza e ignorancia se multiplican.


            Ya sé que no es culpa de nadie nacer pobre, y es por ello que son contados los casos que tuvieron el hambre y determinación para salir de dicha situación pero, la gran mayoría, se quedan en ese status quo en el cual nacieron. Como país esta situación es lamentable sin embargo, para los círculos del poder es muy conveniente, porque tienen más rebaño al cual exprimir y someter.

            Ahora, la maquinaría capitalista es insaciable, por eso seguimos explotando los recursos de este hermoso planeta como si fueran ilimitados, en especial los recursos de los países pobres.

            No me voy a alargar en este tema porque ya hice un escrito exclusivo sobre el Neoimperialismo (el cual pueden leer en esta liga), sólo voy a decir que gracias a esta dinámica es que la miseria en el mundo se ha multiplicado. Gracias a esas situaciones de corrupción, pobreza y violencia, la gente se ve obligada a dejar su tierra, en busca de mejores oportunidades o, simplemente, mantenerse con vida.


            ¿Y a dónde van? Obviamente no van a ir a un lugar igual o peor del cual están huyendo, sino a uno mejor, en el cual puedan sentirse seguros y a gusto. Antes no eran gran cantidad, entonces era fácil arroparlos y adaptarlos en las distintas sociedades. Desde mi niñez he conocido gente extranjera que se ha quedado a radicar en México por conflictos militares y/o políticos en sus respectivos países (cubanos, chilenos, españoles, argentinos y demás) y estaban perfectamente adaptados a la cultura mexicana resultando muy productivos en sus actividades.

            Pero ha llegado el punto en que la miseria es tal que ya está rebasando la capacidad de recepción de los países, están llegando más rápido de lo que se les puede adaptar. Obviamente también hay gente que no le echa ganas tampoco, pero eso ya lo analicé párrafos arriba.

            El problema ya está alcanzando a los países ricos (y sí, aunque no seamos desarrollados, México es de los países ricos de este mundo), y eso ya no le gusta a la gente que ahí vive, y con justa razón. Pero tampoco es como que los refugiados hayan llegado por gusto, sino que de alguna forma se vieron obligados a emigrar.


            Hay ejemplos de naciones inteligentes que atraen la crema y nata de los inmigrantes, como lo son Australia y Canadá, países que tienen programas muy eficientes para captar el talento extranjero y acoplarlo a su cultura. Y eso está bien para la gente desarrollada, pero para el resto de jodidos ¿quién les abre la puerta?

            No me gusta ser fatalista (mentira, ¿a quién engaño?, me encanta ser fatalista), desde mi percepción ya hemos pasado el punto de no retorno, y el problema de los refugiados/inmigrantes, va a seguir creciendo. Ahora es un problema social relativamente importante del cual no se hablaba hace 20 años, a excepción de temas puntuales como la migración de Mexicanos y centroamericanos a Estados Unidos, o de Turcos a Alemania.


            Ahora es un problema mundial que empieza a crecer como una bola de nieve y va a llegar el punto en que nos va a rebasar y ya nada se podrá hacer al respecto. Se dice que cuando el pobre ya no tenga que comer, se comerá al rico; y el rico lo tendrá merecido por haber explotado de más al pobre.

            Cada vez que termino alguno de estos escritos, me alegro de no tener hijos.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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