jueves, 20 de julio de 2017

Escucha la Canción del viento / Pinball 1973

            Sin duda alguna, HarukiMurakami es el autor que leo con más facilidad y alegría, ya que su estilo es muy agradable sin perder profundidad, y es que redacta de una manera tan sencilla que hasta parece fácil lo que hace.

            Leer las dos obras con que debutó (“Escucha la Canción del viento” y “Pinball 1973”) fue una grata experiencia ya que, al conocer el resto de sus historias, recorrer las primeras te da un sentimiento diferente, como conocer el pasado desconocido de alguien querido.

            El primer regalo fue la introducción (misma que repite en “De qué hablo cuando hablo de escribir”). El relato de cómo se hizo escritor me resultó muy llegador y catártico porque, algún día, quiero dar ese paso; aunque aún no confío en la calidad de mi escritura.

En su introducción explica cómo logró dicho estilo que tanto me gusta y que espero emular algún día (con mi propia esencia, claro está), esto para que mis ideas sean tan accesibles como las de él.


            Por cierto, un aspecto que tal vez no sea tan relevante, fue la traducción de los términos beisbolísticos, mismos que fueron tan anticuados que se nota que la hizo una española. Y es que, con todo respeto ¿Qué saben los españoles del béisbol? ¬_¬.

Ahora no voy a poner propiamente un Spoiler Alert, porque este par de historias son tan dispersas que no veo cómo darle una crítica estructurada así que, al estilo del autor, voy a comentar de por aquí y por allá.

Escucha la canción del Viento.

            La primera obra de Murakami es fascinante aunque muy suelta, sin una estructura definida. Pero no es una queja, en realidad ese estilo está perfecto para esa frescura del (entonces) novel autor, esa naturalidad al comentar los hechos que te cautiva pero, al mismo tiempo, tiene esa profundidad que siempre lo ha caracterizado.

 
            La manera en que te relata los hechos no tiene mucha lógica pero, de una manera extraña, es muy comprensible, y esa es una gran virtud del autor, porque puede engancharte en argumentos que, a simple vista, carecen de sentido.

            Los personajes son muy interesantes, atractivos, reales y, al mismo tiempo absurdos, lo cual resulta en una combinación bastante adictiva. Haruki tiene esa habilidad sobresaliente de plasmar ideas, sentimientos, sensaciones, momentos, pensamientos que todos tenemos pero que no sabemos cómo expresar o, simplemente, no queremos hacerlo. Así que verlos escritos en una obra es de agradecerse.

            Aunque es una novela que no conocía, me sentía como en un viaje al pasado, como si la hubiera leído hace mucho tiempo o como si la hubiera debido leer desde hace muchos años. Entonces sentí mucha comodidad, nostalgia, calidez y, al mismo tiempo, mucha frescura retroactiva.


            Ahora que lo veo en retrospectiva, y aunque no fue planeada de dicha manera, “Escucha la Canción del viento” sirvió de una gran introducción para “Pinball 1973”, porque el protagonista y su amigo (el Rata) ya estaban desarrollados y, con más experiencia, Murakami logró explotarlos mejor en la siguiente entrega.

            Pinball 1973

            Con “Pinball 1973”, el buen Haruki ya daba muestras del actual Murakami. En su primera historia, el autor se mostraba más ingenuo, inclusive puro. En la segunda entrega, se muestra más estructurado, algunos dirán que le empieza a meter más paja, pero a mí me gusta que elabore sus textos, aunque es innegable que la cualidad de la primera historia fue su deliciosa sencillez.


            En “Pinball 1973” ya se vislumbraba lo que Haruki posteriormente iba a hacer con sus cuentos cortos, esto a través de esa capacidad de narración tan bella, tan sencilla, tan íntima que irremediablemente te engancha, sin importar que sólo te cuente cómo se prepara el desayuno, pero lo hace de una forma tan poética, detallada y natural que te conquista.

            Uno de esos cuentos cortos se podría tomar como el pasaje en donde el protagonista vivía en el primer piso de la casa de estudiantes y su interacción con la chica de arriba al recibirle las llamadas, cómo pasan esa última noche juntos, el regalo que ella le hace y cómo él la acompaña a la estación de trenes.


Todo esto no le llevó más de cuatro páginas pero es un regalo muy bonito que el autor te brinde una historia periférica dentro del argumento principal. Esos relatos que no tienen un principio ni un final claros, pero el momento que duran es muy valioso, sin importar que a primera vista parezcan algo cotidiano y sin chiste, pero te cautivan de todas formas.

            En “Pinball 1973” me gusta cómo va delineando las relaciones del Rata con su chica, así como el protagonista sin nombre con sus gemelas, esto a través de días que se intercalan entre lo ridículo, lo normal, lo extraordinario y lo inexplicable. Situaciones que adquieren sentido al formar parte de su realidad, dándole un toque de profundidad a su rutina, hechos absurdos que les acaban de dar forma a sus respectivas existencias. Ambos amigos tendían a ser solitarios y encontraron en estas mujeres, una compañía que no sabían que anhelaban hasta que ya las tenían a un lado.

            Obviamente había algunas situaciones que sí pecaban de ridículas, como todo el asunto del cuadro de distribución, con las gemelas cuidándolos como un ser vivo: desde que lo adoptaron hasta su funeral fue un pasaje muy chusco pero, de alguna manera, resultó en un final solemne y serio para dicho aparato. Pequeñas cosas que carecen de sentido pero que te hacen más llevadera la existencia.


            El tema que la da título a este texto (las máquinas de Pinball), también te brinda una trama interesante, compartiéndote un poco de la historia de estos aparatos, además de conocer al profesor universitario apasionado de ellas, también un personaje único. Todo en sí es un tema sin importancia pero, en la forma en que te lo narran, te cautiva, en una gran cualidad de Murakami: transformar lo irrelevante en interesante.

            El buen Haruki ya empezó a darse sus libertades pachecas, como lo demostró entre el diálogo de reencuentro y despedida entre la máquina de Pinball y el protagonista. Sin embargo, a pesar de ser una escena irreal, no deja de ser bonita e íntima.

            Otra despedida importante en el libro, aunque de otro estilo, fue la que se dio entre el Rata y su chica o, mejor dicho, la que no se dio entre ambos, porque simplemente se alejaron el uno del otro y nadie buscó al otro. Lo correcto siempre sería dar la cara pero, en ocasiones es más fácil hacerlo de manera silenciosa, evitando momentos dolorosos de escándalo y conformándose con esa despedida llena de incertidumbre que deja el silencio. Las despedidas suelen ser tan dolorosas que a veces uno opta por simplemente desaparecer.


            Cerrando con las despedidas, la que tuvo el protagonista con sus gemelas fue bonita, sencilla, nostálgica y en un punto, necesaria. Algo así de bueno no puede durar para siempre, así que hay que aprovecharlo mientras tengas oportunidad.

            El inicio de todo

            Todos nacemos con algún talento. Uno de los días más maravillosos ha de ser cuando descubres esa virtud que tenías dormida, y ya sólo queda en ti el explotarla, trabajarla y cuidarla. Y me alegro que Haruki Murakami tuviera esa epifanía de que podía ser escritor.
 
Un señor que admiro profundamente
Estas dos obras, que dieron el inicio a la carrera literaria del buen Haruki, tienen el clásico final Murakami: abiertos, no te dejan nada concreto más que una calidez extraña; a pesar de los cabos sueltos, te das por bien servido tras la deliciosa lectura (o por lo menos es lo que me pasó).

Desde sus dos primeras obras, la esencia de Haruki ha sido la misma, sólo que se ha ido sofisticando con el paso del tiempo, manteniendo la autenticidad que reflejó desde las primeras oportunidades.

Dos lecturas sencillas, mas nunca simples, que agradecí mucho.


Hebert Gutiérrez Morales.

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