jueves, 13 de julio de 2017

Mi papá y el Señor Ito (Otosan to Ito-san)

            Iba en el vuelo de regreso hacia México cuando la pila de la Lap se terminó (¡Ay como extraño los aviones de ANA! Esos sí tienen enchufe a bordo -_-). También ya me había terminado mis libros un par de días antes y ya estaba harto de los juegos.

            Por tal motivo empecé a hurgar en las películas de Airfrance (muy buen catálogo por cierto). Se me empezó a caer la baba cuando vi que tenían películas japonesas. Así que me eché una secuela Live Action de “Death Note”, la cual mi lado Otaku disfrutó horrores, y al final del vuelo me eché un documental muy interesante del mercado de pescado de Tsukiji en Tokyo (por el cual pasé en su momento, pero ya estaba cerrado).

Pero el filme que me fascinó fue el que vi en medio de los otros dos: “Mi papá y el Sr. Ito”, esos relatos que me encantan de los japoneses, mismos que tienen la habilidad para convertir una historia ordinaria en una obra conmovedora, divertida y de muy buen gusto.


Pero antes de seguir vamos con el tan odiado, aunque siempre útil, SPOILER ALERT: Voy a contar el argumento sin mesura alguna. Así que si puede, véala antes de leer este escrito; seguramente la tienen en alguno de esos servicios de Streaming tipo Amazon TV o Netflix. Ahora, después de limpiar mi consciencia, empecemos.

La historia inicia con Aya, una mujer sola de 34 años que trabaja a medio tiempo. De acuerdo a la sociedad japonesa, cuando estás soltera a esa edad, ya no eres atractiva para relacionarte, por lo menos para tu rango de edad.

Es por ello se acaba relacionando con el Sr. Ito, mismo del cual no se menciona su nombre en todo el filme. Incluso Aya le sigue llamando “Sr. Ito”, sin importar que sea su pareja íntima y que vivan juntos, aunque se podría argumentar la diferencia de edad (20 años) como motivo. Aunque no es el único caso porque, hasta donde recuerdo, tampoco se menciona el nombre del papá de Aya en el filme. Esto de los nombres resultó un detalle muy curioso, pero te acabas acostumbrando.
Los dilemas de Aya


Me fascina que no te los venden como la relación ideal, no hay mariposas ni las estrellitas del enamoramiento, al final son una pareja adecuada y productiva, por lo cual se hacen compañía de calidad. Y es que a esa edad ya no estás en busca de un amor idílico, más bien alguien con quien acoplarte y haga tu vida mejor. Este planteamiento no es romántico, pero es real y como espectador me siento respetado de que me vendan un producto verdadero, no uno de fantasía.
 
Aya
Un día el hermano mayor de Aya le pide un favor: que cuide de su padre, argumentando que tiene problemas con su propia familia. Conociendo al señor, Aya sabe que no vería con buenos ojos su relación, así que rechaza la petición pero, cuando regresa a casa, su papá ya está ahí, por decisión propia.

El señor se sorprende de que su hija no cumpla con sus expectativas: no está casada, no quiere tener hijos, está relacionada con un hombre mayor, no trabaja de tiempo completo, sigue chupando la cuchara, toma demasiada cerveza y demás observaciones que hacen que el inquilino sea un auténtico pain in the ass.
El hermano mayor pidiéndole el favor a Aya

El clásico choque generacional se hace presente, ya que el padre le saca 40 años a la hija, así que él tiene una idea de lo que una mujer debería y no debería hacer. Mientras que ella, sabedora que no ha cumplido con las expectativas, no sólo de su padre, sino de la sociedad entera, vive la relajante libertad de quien sabe que ya nadie espera nada de ella.

Hablando un poco del Sr. Ito, al inicio de la película no das un quinto por él, de hecho te da una impresión bastante miserable, lo cual se complementa con su apariencia, aunque Aya tampoco es que se arregle mucho. Conforme va avanzando el argumento, comprendes el por qué ella se fijó él, a pesar de que no le llamaba la atención en un comienzo.
Padre e hija

El padre de Aya, en una actitud metiche (disfrazada de preocupación) empieza a cuestionarla sobre lo que sabe de su pareja, y ahí se corrobora que desconoce muchos datos vitales, como a qué se dedicaba antes o si tenía hijos de una relación anterior. Ella da una respuesta muy japonesa, por respetuosa y tranquila: “Lo que haya hecho antes de conocerme no es mi asunto”, casi lloro con esa línea porque eso no pasa en México, en donde las mujeres investigan hasta tus novias del Kinder ¬_¬U.
Un bonito dibujo del Filme

A pesar de lo anticuado del Papá de Aya, tiene ideales muy claros y valiosos, como el de “La familia debe cenar junta”, cuando impide que el Sr. Ito se pare a comprar una salsa a media cena. O como cuando le comenta a su hija que no está de acuerdo en que sus nietos (sobrinos de Aya), vayan a estudios extraescolares en lugar de disfrutar su infancia. Esa sabiduría sencilla de alguien que creció en el campo y que no acaba de comprender el ritmo de las grandes ciudades, en donde ya no hay tiempo para convivir, sólo para conseguir el supuesto “éxito” del capitalismo.

El Papá de Aya es un maestro retirado, que impartió clases durante 40 años. A pesar de ser jubilado, es un señor activo, así que sale todos los días y regresa  hasta tarde. Su hija empieza a hacer muchas conjeturas sexuales sobre su padre (escena muy simpática por cierto), así que se pone a espiarlo.
Aya espiando a su padre

Después de seguirlo toda una jornada, se da cuenta que su papá lleva una existencia sencilla porque sale a pasear, va a leer, babosea en la tiendas y se sienta en soledad a reflexionar, esto último lo hace por mucho tiempo, en una clara muestra de que aún extraña a su difunta esposa que ya tiene cuatro años de muerta.

Ahí capta Aya lo solo que está su padre y, junto con el Sr. Ito, le dedican un domingo de convivencia. El señor accede a acompañarlos a regañadientes, actitud que cambió cuando el Sr. Ito lo lleva a una tienda de herramientas y plantas, detalle con el cual conquista a su suegro, ya que encuentran gustos en común y, sin proponérselo, encuentran un nuevo amigo uno en el otro.
Comprando Plantas

El aprecio entre ambos empieza a crecer a tal grado que, cuando el papá de Aya acaba en la estación de policía (por razones positivas), en lugar de mencionar a su hija, el señor pide que llamen a su “yerno” para que vaya a recogerlo. Detalle que le llama mucho la atención a su hija y su pareja.

Antes de continuar con la historia, quiero recalcar esos momentos cotidianos pero que aportan mucho a la historia, aunque de manera imperceptible. Como cuando te muestran a Aya trabajando, al Sr. Ito en el jardín o a ambos teniendo conversaciones sobre los tatamis. Esos momentos sencillos, pero nunca irrelevantes, que le dan un toque de calidez, de realismo y de intimidad a la esencia de la obra.
Momentos de tranquila intimidad

Regresando a la historia, sale a la luz la verdadera razón de por qué ya no quería el hermano mayor de Aya a su papá en casa, ya que tiene la manía de robarse cucharas baratas, en una especie de Cleptomanía. Tal vez para nosotros suene estúpida e irrelevante esta maña del señor pero, para lo ñoños que son los japoneses, esto es un gran escándalo familiar.

Así que el señor no aguanta los regaños, la pena ni el sentirse arrimado, así que huye de sus hijos. El dialogo que tienen Aya y el Sr. Ito sobre el hecho es muy interesante, porque ella dice “Por fin vamos a volver a nuestra rutina normal” pero el Sr. Ito, viejo lobo de mar, sabe que está mal y que ella debería buscarlo, idea que a Aya no le hace mucha gracia al momento pero que después accede por iniciativa propia (con una “pequeña” ayudadita de su pareja). Así que el Sr. Ito acompaña a la pareja de hermanos a buscar a su padre al pueblo natal.
En la Comisaría

Y ahí hago otro paréntesis: El Sr. Ito y Aya trabajan a medio tiempo y, a pesar de ello, tienen auto, rentan una casa digna e incluso se dan sus pequeños lujos como ir a cenar a buenos lugares. Algo que pasa en el primer mundo en donde puedes tener acceso a una calidad de vida decente sin tener un gran trabajo.

Volviendo a la historia, en una parada que hicieron en el camino, el hermano de Aya le dice que el Sr. Ito se aprovecha de ella para que lo cuide en su vejez, a lo que ella le contesta con maestría “Pues tú también te casaste para que alguien vea por ti en tu vejez ¿o no?” ¡Tómala barbón! Es fácil ver la espiga en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio.
El Papá de Aya llegando a su antigua casa

Ya en su pueblo, el Papá está instalado en su antigua casa y se niega a volver a Tokio a ser un arrimado. Los hijos insisten en que regrese con ellos, más por remordimiento que por auténtico interés en su padre. Y ahí viene una de las escenas fuertes de la historia.

Al Sr. Ito le ha encantado la casa del Papá, así que éste le pide que se mude con él a esa casa, misma que representa un mundo pasado, cuando el señor era el pilar de su familia y estaba en plenitud. La propuesta al Sr. Ito es tan inapropiada que éste responde fuerte (sus únicas líneas “agresivas” de la película): “No voy a vivir con usted, primero porque no tiene por qué hacerme dicho ofrecimiento, en segundo lugar no tenemos ninguna relación y en tercero, ya es hora que dejé de colgarse de los demás para que cuiden de usted” (¡Madres!).
Aya, el Sr. Ito y el hermano mayor de Aya

El Sr. Ito está tan molesto con las actitudes tan cobardes de la familia que los deja para que pasen una noche juntos y arreglen sus problemas. Les dice a los hermanos que regresará por ellos al otro día.

Nadie tiene ganas de hablar de los problemas, así que los hijos cuestionan a su padre de cómo se relacionó con su mamá. Él les cuenta que ella fue quien lo abordó y le propuso casarse, algo que toma por sorpresa a sus hijos que saben lo insoportable que es su papá. Él les dice que es verdad y que, aunque al inicio no estaba convencido, terminó por ceder a la insistencia de la madre “Y nunca me he arrepentido de ello” le dice a sus vástagos con un tono de felicidad y de nostalgia.
Recordando a Mamá

A pesar del buen momento que compartieron, los hijos no terminan de convencer a su padre de que regresé a Tokio con ellos, así que el Sr. Ito, con su colmillo retorcido, le ofrece una solución intermedia al papá y accede a regresar. Justo en ese momento cae un rayo que quema el árbol junto a la casa, mismo que es muy importante para el papá y que termina por incendiar la casa misma.

El Papa de Aya trata de salvar la caja sospechosa que ha llevado consigo desde el inicio de la película pero, en la desesperación, se rompe y salen a relucir todas esas cucharas que se robó sin necesidad.
Frustración tras incendio

En la siguiente escena, en la casa de Aya, vemos al papá deprimido por la pérdida de su árbol, de la antigua casa familiar y de sus cucharas. Para su fortuna lo visitan antiguas alumnas y le levantan el ánimo al platicar de los viejos tiempos: una fórmula perfecta para alegrar a la gente que tiene la mayoría de años detrás y pocos por delante.
El llanto de Aya

Las señoras se muestran felices de haber platicado con su maestro y, mientras Aya las acompaña al metro, ellas la empiezan a elogiar por cuidar tan bien de su padre, por lo que a la hija le inundan los sentimientos de culpa, y empieza a llorar al sentirse basura humana al no merecer dichos halagos, a lo que las señoras tratan de consolarla sin saber la razón de su llanto.

El Sr. Ito le propone a Aya mudarse a los suburbios para que vivan mejor con su padre. Ella, a pesar de toda su culpa, sabe que no es tan buena idea que él viva con ellos porque, eventualmente, van a surgir los problemas y ella no quiere elegir entre su hombre y su padre.
Un hombre digno y honorable

Sin embargo el Sr. Ito, con las duras palabras que le dirigió al papá de Aya, hizo más consciencia en su suegro ante la falta de asertividad de los hijos. Así que el anciano tiene la suficiente dignidad para pagarse una casa de retiro con habitación propia. Y, en una actitud muy japonesa, el papá se disculpa porque no les va a dejar herencia a sus hijos por dicha inversión (todavía viendo por ellos a pesar de que les estorba en sus vidas).

Me conmovió mucho cuando les agradece a Aya y al Sr. Ito por todas las molestias que se tomaron por él, mostrando una actitud humilde que resulta impactante en alguien tan obstinado. Así que el señor se va caminando a solas a la estación de tren, porque no permite que su hija ni su yerno lo acompañen.
El Sr. Ito dado ánimos a Aya

Además de la humildad del Papá de Aya en dicha escena, me sentí inspirado por su dignidad, porque ha de ser difícil tomar una decisión tan dura, como lo es aceptar que no hay lugar para él en ninguna casa y que, aunque podría seguir viviendo con ellos, prefiere irse a un lugar impersonal en lugar de seguir incomodándolos.

Si algún día llego a viejo, tengo la firme intención de no ser una carga para nadie, porque no quiero ser tolerado en ningún lugar, ya que si no soy aceptado de forma sincera, prefiero no estar. Por eso admiré profundamente al papá de Aya.
Una vida sencilla y feliz

Al final de la historia quedan algunos cabos sueltos, como la razón por la cual se robaba las cucharas o lo que le dijo Aya cuando lo alcanzó corriendo antes de subir a su tren, pero aún sin esas respuestas, la película resultó ser muy bella, sencilla pero con esencia, justo ese tipo de obras al estilo japonés que te regalan risas, lágrimas y momentos de reflexión intercalados. Me encanta esa sensación que me regalan los filmes nipones, mismos que están hechos con una intención clara y de muy buen gusto.
Los Tres protagonistas de la historia

Seguramente no será la mejor película que van a ver, de hecho, no pasa nada si no la ven porque, honestamente, no les va a cambiar la existencia aunque, por un par de horas, les hará la vida más placentera.

Sin embargo, si tienen la oportunidad de verla, háganlo, tal vez no sea la historia más relevante, pero sí les dejara una sonrisa y un buen sabor de boca e incluso, si ven más allá, tal vez les deje un mensaje sobre ese futuro que a casi todos nos llegará (a excepción de los que partan antes de que les llegue la vejez).


Hebert Gutiérrez Morales.

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