sábado, 29 de julio de 2017

Mis vecinos (Parte 2)

            De todos los escritos que podría hacer una segunda parte, nunca creí que “Mis vecinos” fuera uno de ellos. Sin embargo la vida te da sorpresas, así que aquí vamos.

            La clasificación y utilidad de mis escritos.

            Normalmente tengo escritos que voy trabajando con tiempo, tengo otros que surgen tras algo esperado (un viaje, una película, un concierto, un libro, etc.) y que trato de escribir tan pronto pasa el suceso. Y hay una tercera categoría de “Reality Checks” que me llegan de madrazo o, dicho con el caló de mi madre, “Me cae el veinte” de un hecho y mi alma no puede descansar hasta que escribo de ello.


            Usualmente agradezco la inspiración abrumadora que me hace redactar de inmediato, pero no en esta ocasión, debido a dos razones: La primera es que tuve que interrumpir mi preciosa lectura de “El Laberinto de los Espíritus” del superdotado Carlos Ruiz Zafón y no es algo que me haga gracia, porque estaba poniéndose bueno el asunto. En segundo lugar, porque no es un tema que me agrade, de hecho lo aborrezco y, justamente por eso, es que debo de tratarlo.

Aunque este es un blog público, en realidad el principal destinatario soy yo mismo ¿Cómo es eso? Mis escritos tienen muchas funciones como dejar evidencia de mi paso por este planeta, expresar mis ideas, analizar lo que veo y, de vez en cuando, expresar algo que sirva de catarsis para sanar mi alma.


O sea que a veces escribo para sanar, ¿cómo funciona esto? Pues a veces plasmo toda la mierda que llevo dentro en letras y, al vaciarlo todo en un ensayo, deja de ser parte de mí o, aunque siga dentro, se queda dormido, anestesiado o incluso asimilado. ¿Cómo es esto posible? Porque al hacerlo público deja de ser algo que atormenta mi ser, sé que cualquiera se puede enterar de esos hechos y en automático dejan de tener poder sobre mí.

De ese tipo de escritos fue el original llamado “Mis vecinos”, en el cual hacía algunas cavilaciones sobre por qué me casé y posteriormente me divorcié. Pero ¿Qué tiene que ver aquel escrito con este que estoy iniciando? Todo y nada, pero podría decir que ambos me tienen en común a mí, en una como protagonista principal y en otra como actor de reparto.

También podríamos decir que ambos tienen en común matrimonios que no debieron ser, con la diferencia que uno sí termino en divorcio (el mío) y el otro, por enfermedades del alma, no se permitió ese digno final (el que me crio).


Las similitudes de dos épocas

Odio a mis vecinos actuales, me cagan. El día que se muden (por fortuna rentan, no son dueños de la casa) será uno de los días más felices de mi existencia. ¿Por qué los detesto? Porque me recuerdan una época que me costó mucho dejar atrás, y a continuación explicaré las similitudes.

A) Poca Clase
1.- Versión 2017
Estaba publicando algunas entradas en mi blog de Frases, teniendo la hermosa música de Suzanne Vega de fondo, cuando empiezo a escuchar el estruendo de música banda que el naco de mi vecino pone a todo volumen.

No me agrada la música banda, pero mi molestia no viene de ella en sí, sino de la forma en la que es reproducida: A todo volumen en un Fraccionamiento de doce casas a las 10pm.


Así fuera un disco de Genesis, Keane o U2, mi molestia seguiría vigente, por el poco respeto que tiene el imbécil de al lado por el espacio común. Para empezar comparte el lugar con otras 11 familias (yo soy una familia de un solo individuo), tampoco tenía el escándalo dentro de su casa, sino que estaba en el patio común con su desmadre a todo volumen, como para que nos quedase claro su nivel de corrientez.

Esto se repite las mañanas de los fines de semana en donde, de igual manera, pone su escandalo mientras limpia sus coches, sin importarle que haya personas que quieran disfrutar de un Domingo tranquilo. Y es que el sujeto éste puede decir que está en su derecho de disfrutar eso que llama música, pero el resto de vecinos también tenemos derecho a disfrutar de la tranquilidad de nuestro fin de semana. Recalco, si lo hiciera dentro de su casa, igual y la molestia sería menos, pero el imbécil éste no tiene sentido común y lo hace en la zona compartida con el resto.


2.- Versión Hernández Macías
Cuando mi padrastro se ponía borracho, tenía el buen gusto de poner música clásica, ya que se creía director de Orquesta y, a un nivel, la reencarnación de Beethoven. Supongo que su anhelo de escaparse de lo corriente de su origen era enorme, pero sólo la podía expresar en estado de inconsciencia.

El problema venía cuando se embriagaba con sus hermanos, entonces ahí venía la música popular que me atormentaba, especialmente música ranchera y música guapachosa, misma que aprendí a despreciar profundamente. Por fortuna casi no ponían salsa, de lo contrario nunca habría aprendido a bailar.

El hecho es que ponían la música a todo volumen, sin importar que mi madre y hermanos quisiéramos dormir, simplemente les valía pito nuestro derecho a descansar, porque su necesidad de escuchar música estruendosa era más importante.


B) Trabajópata
1.- Versión 2017
Por fortuna el sujeto en cuestión casi nunca está presente para fastidiarnos la existencia al resto de vecinos. El tipo éste se va temprano y llega tarde, por lo que intuyo que está muy ocupado con su trabajo. Además también se desaparece por varios días, supongo que su labor así lo exige (por fortuna, vuelvo a recalcar).

Cuando llega el Ogro, se nota que la esposa e hijo le tienen más miedo que amor, porque no se oye una relación amorosa de pareja o de hijo, más bien lo que alcanzó a escuchar es como unos súbditos que reciben a su monarca.


Casi nunca los veo salir los fines de semana, más bien los veo en casa y el tipo lavando los autos (el suyo y el de su esposa), que se ve que es su máximo entretenimiento, cosa que me valdría madres, de no ser que le sirve de pretexto para poner su escándalo a todo volumen.

Sin embargo, este fin de semana pasó algo que me dio pena ajena: Había lavado los autos en la mañana, a media tarde vino un aguacero, así que cuando dejó de llover ¡se puso otra vez a lavar los autos!


A ver, casi no estás con tu familia, casi no sales a pasear con ellos y, en lugar de convivir, el poco tiempo que estás en casa, ¿te pones a lavar (de nuevo) los autos? ¿En serio? ¡No mames! ¿Y la vida familiar? ¿Y la convivencia de calidad?

2.- Versión Hernández Macías.
Mi padrastro nunca vivió con nosotros, “casualmente” siempre trabajaba lejos de donde vivíamos, obligándolo a habitar otro sitio entre semana y haciendo “vida de familia” los fines de semana.


Creo que era el único niño que era más feliz los días de escuela que los fines de semana y es que desde el Viernes en la tarde ya pensaba “Ya viene el Ogro”.

Cuando llegaba nos ponía a limpiar la casa, aunque estuviera aseada por la muchacha que pagaba mi mamá, el Ogro nos regañaba constantemente por tener juguetes desordenados, no hacer las tareas y ser unos irresponsables. ¿Acaso tenía razón en sus reclamos? Les puedo decir que doña Marina no permitía que tuviéramos los juguetes regados, siempre nos educó para ser ordenados (ya que no lo fuésemos de adultos es otra historia) y normalmente estábamos en los lugares de mejor aprovechamiento en nuestros grupos, así que ante las evidencias no hay mucho que cuestionar.


Mi padrastro no sabía qué hacer con nosotros, no sabía cómo ser papá, no sabía cómo ser cariñoso. Para él el tiempo de calidad que pudiéramos pasar era cuando me agarraba de su chalán para componer cosas o limpiar sus herramientas.

Supongo que su manera de preocuparse por nosotros era metiéndonos disciplina, lo cual me ha servido en mi vida adulta pero resulta que los niños también aprecian algo de amor y cariño de los padres.

De no ser por la presión de mi madre para salir a pasear (aunque fuesen los mismos cuatro lugares de costumbre), creo que nuestros fines de semana hubiesen sido en casa de forma permanente.

C) Violencia Moral (falta de cariño)
1.- Versión 2017
La comunicación en la casa de al lado no es la de mejor calidad. Y tampoco es que tenga dotes de detective, sólo basta escuchar la voz de los involucrados: él con tono violento y los otros dos con tono tímido, casi apocado.


Al escuchar hablar al sujeto no escuchas mucho cariño de su parte. Por ejemplo, mientras lavaba el auto (su máximo entretenimiento), le decía al niño “Dile a tu madre que me traiga eso”.

Cuando escuche “tu madre” me prendí como no tienen idea, porque tenía el mismo tono violento y despectivo que escuché en mi niñez.

Ahí fue cuando se conectaron todos los hechos de este escrito y se hizo obligatoria su redacción.

2.-Versión Hernández Macías
Gracias a mi “vida familiar” aprendí que cuando mi padrastro decía “ve y dile a tu madre” era lo equivalente a mandarme a chingar a mi madre. Y no era el “tu madre” sino el tono tan desleal con el cual lo decía, mismo que aprendí a odiar.


Como buena jarocha, a Doña Marina se le salían malas palabras de vez en cuando (sobre todo cuando la hacíamos encabronar), pero casi siempre procuraba expresarse con propiedad y, lo más importante, con cariño y comprensión. No fuimos unos niños mimados (ni que fuésemos Millennials), pero sí nos sabíamos amados sin que por ello fuésemos unos holgazanes que creían que todo merecían (como los Millennials, por ejemplo).

La única violencia que percibíamos era cuando llegaba mi padrastro a casa, porque fueron mayoría las veces que llegaba de malas, no decía tantas groserías, pero la manera hiriente de decir las cosas lastimaba mucho más que cualquier grosería que pudiera decir, entre ellas “tu madre”.


D) Poco sentido común con las Mascotas
1.- Versión 2017 (Tara)
Un día llego Tara, una preciosa Golden Retriever que le alegró la vida al pequeño chamaco. Uno dirá “Vaya, el monstruo del padre se tentó el corazón”, y es factible que el señor tuviera un bonito detalle con su hijo, pero no así con la pobre perrita.

Para que me entiendan mejor, les describo mi casa (que es una copia de la familia en cuestión). Es relativamente amplia por dentro, con la excepción de los baños y lo que sería el patio, que técnicamente es una zotehuela de 1 x 4 metros, espacio que está destinado a lavar.


¿A quién chingados se le ocurre comprar un perro grande para una casa sin jardín? Al imbécil de mi vecino, obviamente. Mientras Tara era una cachorrita, no había pex pero, naturalmente, creció y ya no fue tan tierna ni pequeña para tenerla dentro de casa, así que ahora llego a escuchar a Tara cuando llora en la Zotehuela o veo su tristeza al estar amarrada frente a la casa.

Me consta que la sacan a pasear seguido, pero para la energía y personalidad de los Golden Retriever, necesitan un espacio amplio para correr a sus anchas, ADEMÁS  de sacarlos a pasear.


Así que ahora Tara tiene que sufrir porque fue adquirida por un imbécil que no sabía que los cachorros crecen, especialmente los de razas grandes. Pero si el sujeto en cuestión no tiene respeto por sus vecinos, ¿qué le va a importar la miseria de un pobre animal?

2.- Versión Hernández Macías (Princesa)
¡Como amaba a Princesa! La encontré un par de meses antes de mudarnos de la Ciudad de México al Pueblo del mal (porque de ahí provine el Clan Hernández Macías). Mi amor por Prince (como la llamábamos cariñosamente) creció aún más porque fue objeto de una de las injusticias más grandes que me ha tocado presenciar.

En una ocasión Princesa, que ya tenía unos cuatro años, estaba durmiendo o comiendo (no lo recuerdo bien) y mi hermano llego de manera brusca a abrazarla, lo cual la tomó por sorpresa y le soltó una mordida. La agresión no le dio por completó, en realidad fue algo superficial, pero el hecho que de brotó sangre fue algo muy escandaloso para mi padrastro.


Sin analizar que Princesa simplemente reaccionó a una situación inesperada, sin ver que la culpa fue de su hijo, sin considerar que el animal era noble, ni contar el amor que teníamos por ella que ya era parte de nuestra familia, el cabrón de mi padrastro ¡La regaló!

Perdón, pero esto sí lo voy a decir de todo corazón ¡Hijo de su reputísima madre! ¿Cómo se atreve a regalar a mi perra? Es lo mismo que hizo cuando tenía yo unos seis años y regaló a un gatito que quería mucho llamado “Yum-Yum”, sólo porque sus orines olían feo. La incapacidad era nuestra al no saber cómo tratar a un gato, pero su solución fue regalarlo para resolver el problema.

No a todos les deben gustar los animales pero si los adquieres, tienes una obligación moral con su bienestar. Debes tener el respeto por su vida y sentimientos. La pobre Princesa había sido extirpada violentamente de su hogar, así que se escapaba para regresar a él.


Nosotros obviamente la recibíamos con amor y lágrimas, pero derramábamos más cada vez que el hijo de puta la devolvía a la otra casa. Por fortuna hubo un punto en que acabó con nuestro sufrimiento y finalmente dejó que Princesa regresara. Y, honestamente, desde ahí lo odié definitivamente, no por lo que me haya podido hacer, sino por meterse con un ser tan inocentecon mi querida Prince.

Mi rencor crecía al ver el comportamiento de mi perra, misma que se acercaba con humildad a él cada vez que lo veía llegar. En toda su inocencia y generosidad, no le tenía rencor al cabrón ése, más bien diría que le daba miedo.


Chingo a mi madre si le infundo miedo algún día a un ser tan inocente y puro como a un perro, porque ya pasé por ello y ha sido de las cosas más despreciables que habré hecho en mi vida.

E) Afectación a la Familia
1.-Versión 2017
Al final convivir con un ser tan nocivo debe traer consecuencias. En el caso de mis vecinos, la mujer se ve que es una persona decente y respetuosa, lo cual queda constatado cada vez que no está el marido, ya que no da ni una molestia.

Sin embargo ante semejante animal con el que se casó, se ve que sólo le queda doblar las manos, hacer mutis y aguantarse la pena. Podría compadecerla y decir “pobre mujer”, pero la verdad es que debió de haber un punto en el que se dio cuenta con la bestia que se casó y, si decidió mantenerse a su lado, entonces tiene parte de responsabilidad.


Sobre todo al educar al engendro que procrearon.

No sé lo que es ser hijo único, tengo entendido que es difícil. Sin embargo he conocido muchos niños que los son y que están bien educados. Lo cual no es el caso de este pequeño engendro del mal.

El mocoso es una bestia salvaje (como su padre), que se sube a las paredes o rejas ajenas, que mancha los autos con sus manos, que se entromete en asuntos de otros vecinos y demás. En el fraccionamiento tenemos otros niños de edades similares, y este pequeño monstruo es el único que no respeta. La madre se ha dado por vencida, y eso que no trabaja y está en casa con él todo el día, pero con el ejemplo abrumador de una bestia como el padre, es natural que el niño no respete al prójimo, porque nadie lo corrige o le llama la atención por sus actos.


Así que la ignorancia del padre continuará a través del hijo porque, aunque la madre se ve que es decente, el ejemplo paterno ha sido enorme.

2.- Versión Hernández Macías.
El daño que mi padrastro y su familia nos hicieron fue profundo. La esencia de mi madre era generosa y dicharachera, la cual aún mantiene, pero convivir con gente tan desleal, traicionera, maleducada y demás la dejó marcada.

A un nivel mi madre ya no confía como antes, siempre espera que alguien le haga una mala jugada, ya no puede ser tan generosa como solía serlo, porque cree que alguien puede terminar aprovechándose de ella.


Aunque se separó de su esposo, nunca se divorciaron propiamente y, debido a la enfermedad de mi hermana, siempre encuentran pretexto para verse, pelearse y perpetuar su relación de autodestrucción.

Es por ello que ahora reconozco más a mi madre porque, a pesar de ir contra todo un clan de ignorancia y deslealtad, supo darnos una educación de calidad. A pesar de sentirse destrozada por las chingaderas que le hacía dicha gentuza, siempre encontró fuerzas para proteger a sus hijos, lo más que pudo, de dicho ambiente, para que no nos contamináramos de tal patético ejemplo.


Sin embargo, el esfuerzo de mi madre no fue totalmente efectivo y hubo consecuencias en sus hijos.

La más afectada fue mi hermana, cuya enfermedad, de la cual no voy a comentar, se propició por la familia rota en la cual creció. Mi hermano tiene una vida productiva, aunque también le noto issues de los genes que recibió.

Pero, como buen egocéntrico, voy a hablar de mí: ¿Qué aprendí al convivir con familia tan corriente?

Para empezar aprendí respeto, pero no de ellos, sino el que mi madre me infundió, pero ellos me sirvieron de muestra exacta de lo que NO se debe hacer. Ellos eran el perfecto ejemplo de lo que el Sentido común NO es.


Por mis genes jarochos, tiendo a ser sociable por naturaleza pero, gracias a que aprendí a aislarme de dicha familia y, para acabarla de chingar, me refundieron en su pueblo (el cual aprendí a odiar), me volví solitario, un estado que he aprendido a amar.

Y es que aprendí a valorar a la paz, aprendí que estando solo no hay gritos, no hay insultos ni otras faltas de respeto. Aprendí que rascarme con mis uñas es preferible que involucrar a gente detestable e improductiva en mi vida.

Pero aprendí otras cosas que corroboré en mi fallido matrimonio.


No es casualidad que no tenga un clan, por algo no quiero reproducirme. Al ver lo fácil que es quebrar ese frágil equilibrio que requiere una familia, la verdad he optado por no tenerla.

Obviamente cosas como el enamoramiento nublan nuestro sentido común, pero también estoy tomando mis precauciones para evitar (en la medida de lo posible) que eso pase.


Pero otra cosa que he aprendido, como hijo y como esposo, es que la institución del matrimonio NO sirve o, por lo menos, no es para todos, porque se requiere un nivel de madurez muy avanzado que muy pocos seres humanos alcanzan, y es menos probable que dos en una misma relación lo hagan.

Ese nivel de madurez se refleja también en el nivel de respeto con el cual te desenvuelves en el mundo. No sé si yo posea esos niveles de madurez, sentido común o respeto, pero prefiero no arriesgarme y que los tentáculos de la ignorancia humana no continúen a través de mi descendencia.

Prefiero extinguirme a reproducir traumas e ignorancia.


¿En verdad fue tan malo?

No, no fue tan malo, no en vano he escrito en otras ocasiones apreciando la educación que recibí de mi madre y su esposo. Tampoco hubo cosas feas como violaciones, asesinatos ni (tanta) violencia física. Aunque también he de decir que me he guardado muchos hechos mucho más desagradables de los que aquí he plasmado.

He ido comprendiendo que gran parte de mi educación se la debo a mi madre, porque por un lado hacía lo que podía con nosotros y, por el otro, nos cuidaba al restringir mucha de la ignorancia y corrientez de su esposo.

Doña Marina no es perfecta y su esposo también tiene sus virtudes. Doña Marina también tuvo sus errores (bastantes) y su esposo también llego a tener aciertos (los menos). Sin embargo, conforme van pasando los años y empiezo a ver el mundo como adulto (o algo parecido), cada vez entiendo más el desgaste monumental que pasó mi madre para que su esposo (y su familia) no nos echaran (tanto) a perder.


En eso Doña Marina es MUY superior a mi vecina, y eso que ella tuvo tres chamacos a los cuales criar, además de que trabajaba.

Los otros vecinos

Por fortuna mis vecinos nocivos son la minoría, casi el resto en mi fraccionamiento son relativamente decentes y respetuosos o, por lo menos, no dan grandes molestias, aunque se podrían comportar mejor.

Sin embargo no quiero comentar de ellos, sino compartirles un breve pasaje que podría parecer insignificante pero para mí fue algo muy bonito. Así sirve que cerramos este escrito tan agrio con un buen sabor de boca.


En una tarde tranquila y bella, regresaba al fraccionamiento después de correr y, aprovechando, saqué lo que había en el buzón para repartir las cartas al resto de casas; de pronto estornudé y escuche una tierna voz a la distancia decir “¡Salud!”.

Voltee a ver, pensando que era alguna de las niñas del sitio, que todas son bien educadas, pero no había nadie. Seguía en mi confusión cuando, casi de inmediato, volví a estornudar y otra vez vino el dulce “¡Salud!” del fraccionamiento de atrás.


Aunque no identificaba a la niña, sólo me quedó contestarle “¡Gracias!” y vino el automático “¡De nada!” con la misma dulzura y algo de satisfacción de haber sido una chica buena y educada.

La verdad me regaló una sonrisa con su detalle y me sentí reconfortado al constatar que aún hay personas que educan a sus hijos con decencia. Obviamente no conozco a la pequeña pero me quedo esa certeza que era una buena niña.


Hebert Gutiérrez Morales.

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