domingo, 2 de julio de 2017

Vivencias, observaciones y conclusiones sobre Italia (Primera parte)

            A lo largo de las dos semanas que pase en Italia, fui recopilando observaciones sobre su cultura mientras deambulaba por distintos sitios. Como eran comportamientos endémicos del país, me parecía injusto endilgarlo a un solo lugar. También observé otros comportamientos propios o de otros turistas, motivados por el mismo ambiente italiano. Todo eso lo junté en estos dos escritos.

            Los mexicanos de Europa

            Es claro que, a un nivel, todos los humanos nos parecemos, pero las culturas mexicana e italiana comparten más similitudes entre sí que con otras tierras.  No odio a los italianos ni digo que sean malas personas, tampoco me molesta que sean tan parecidos a los mexicanos, lo que me molesta es que se crean superiores a nosotros cuando, claramente, no lo son.

Esa certeza de que somos iguales no fue por las calles sucias, las trampas para verte la cara, el tráfico, el escándalo, las faltas de respeto y demás. Todo eso ya lo sabía.
Todo Photoshopeado Italia

Me hice consciente de la similitud de nuestros países  mientras iba viajando hacia Nápoles desde Roma. Al ver los paisajes desde el tren me dije en automático “Pues esto se parece a México” y ahí me hizo clic el asunto. Así que, como ya mencioné el tren, empecemos por ahí.

            Transporte Público

            En los trenes regionales preguntaba a los dependientes dónde sentarme y me decían que lo hiciera donde quisiera, esto a pesar de que mi boleto estaba numerado. Después me di cuenta que sólo respetan la numeración en los trenes de alta velocidad, que son los caros.

Por ejemplo, en Japón, así el tren fuese vacío, te sientas en donde reservaste y ni se te ocurre ir a otro lado. Obviamente eso es parte del atractivo de las culturas latinas: la espontaneidad, esa actitud bohemia de salirse de las reglas y hacer lo que te inspira, que muchos encuentran divertido y fascinante. Sin embargo, cuando creces en ello, ya no le encuentras tanto lo bonito o, en su defecto, sería necesario vivir fuera de ella para apreciarla.

Ahora, aunque sean tan parecidos mexicanos e italianos, hay cosas en las que nos superan, tanto para bien como para mal. Por ejemplo, estábamos esperando el camión que nos iba a llevar a la estación de trenes de Asís: estaba yo a la cabeza de la fila después unos japoneses, con los que estaba conversando, unos nórdicos y después unos 10 italianos. Cuando llego el camión, a los italianos les valió madre la fila y, sin más, ¡se metieron al autobús!

Los japoneses, nórdicos y yo estábamos pasmados, y no es que en México no haya gente gandaya que se quiera meter a la fila, pero por lo menos tenemos la decencia de respetar el orden al momento de abordar. ¿Para qué chingados hace cola si al final van a hacer lo que su chingada gana se les pega?

Y no fue cosa de una vez, a lo largo de las dos semanas, en la medida de lo posible evitaba las filas en donde hubiera italianos, porque se meten, empujan, se amontonan y no respetan las normas.

            El agobio comercial

            No pasaba por tanto agobio desde Cuba, una actitud que estaba especialmente marcada en Roma, en donde preferías no interactuar con los locales porque sentías que algo te querían vender, sacar o aprovechar.

            Por ejemplo, la primera vez que fui a las máquinas vendedoras de boletos de tren, le estaba agarrando la onda cuando un tipo llegó y me orientó “amablemente” para que comprara mi ticket a Asís. Pensé “¡Qué buena onda son los italianos!” pero Surprise Bitch! Él me tendió la mano para cobrarme su comisión “Con dos Euros será suficiente” me dijo con toda naturalidad.

            A partir de ahí preferí pedir todas las indicaciones previas a los de mi hotel, a policías, a empleados de la estación, restaurantes o tiendas donde hubiera comprado, a nadie que estuviera en la calle para no arriesgar.

            ¿Creen que exagero? En Siena, llevaba mi playera de México, cuando unos locales me empezaron a expresar “¡Fuera Trump!” les sonreí y seguí mi camino, pero ellos intentaron venderme sus mercancías por el simple hecho de haber sido “amables” con mi país.

            Y eso era de día, sólo una vez llegué de noche a mi hotel en Roma, y en la entrada había un tipo que vendía artesanías. Me hizo la plática diciendo lo mucho que le gustaba mi país y que estaba feliz que visitara el suyo. Como ya me olía sus intenciones, trataba de zafarme, pero más insistía, incluso me “regaló” una de sus artesanías. Como no me gusta sentirme comprometido no acepté pero me dijo que los regalos no se rechazan. Para no hacerles el cuento largo, quería 25 Euros por un mísero elefantito de madera, obviamente lo mandé a la chingada y procuré no volver a llegar tarde al hotel.

            Mexico’s Mode

            Algo que me repitieron todo el tiempo, desde que empezaba a comentar de mi viaje a Italia: “Ten cuidado con los carteristas, ten cuidado con las gitanas, ten cuidado que no te roben, ten cuidado que no te estafen” y demás. Y eso no era paranoia, sino que a mis conocidos y conocidos de mis conocidos los habían tranzado en Italia de diversas formas.

            Cuando voy a países del Primer mundo, suelo desactivar el “Mexico’s Mode” y relajarme un poco con mi paranoia. ¿En qué consiste el “Mexico’s Mode”? En que desconfío todo el tiempo, sé que cualquiera me puede robar, estafar y/o aprovecharse de mí.

Tengo encendida la alerta en todo momento para cuidarme de cualquier cosa. Así que no camino por lugares u horas inseguras, tengo presente y bien aseguradas mis pertenencias, evito lugares concurridos y estoy atento a mí alrededor.

            Suena un poco exagerado y cansado de sobrellevar, pero es algo necesario en mi país para que no se aprovechen de ti y, a pesar de todas las precauciones, de vez en cuando alguien logra timarte, aunque estoy seguro que soy de los que menos le pasa.

            Al ir a Italia, simplemente opté por no desactivar este mecanismo de protección, lo cual me sirvió mucho porque nadie me robó y (casi) nadie se aprovechó de mí, ya que no se los permití, porque de que intentaron desplumarme, lo intentaron.

            Los que no se saben callar.

            Aunque te lo digan, aunque te adviertan repetidas veces, hasta que lo ves con tus propios ojos o, en este caso puntual, hasta que lo escuchas con tus propios oídos, no sabes cuál es la verdadera magnitud de la situación. Y es que los italianos no saben el significado de discreción, mesura o silencio.

Son gritones, escandalosos y parlanchines, en verdad no saben callarse. Son tan escandalosos que muchas veces me asustaba pensando que me gritaban cuando nunca fue el caso. Creo que tres cosas que les encanta a los italianos es gritar, hablar y que los escuchen (en ese orden).

            A veces me gusta platicar con ciertas personas, pero la mayoría del tiempo me la paso aislado, pasando tan desapercibido como sea posible. Adicionalmente, en el tren solía llevar un libro para desconectarme y evitar que platicaran conmigo. Los que iban acompañados no eran problema, porque tenían con quién interactuar, los que iban solos eran el riesgo.

Cuando estas personas a mi lado se cansaban de jugar con su celular o de chatear, decidían que era buena idea interrumpir mi lectura y se ponían a platicar conmigo, pero no porque quisieran conocerme o ser amistosos, sino porque querían ejercer su derecho a hablar hasta por los codos. Esto me pasó en unas cuantas ocasiones, así que era un auténtico alivio llegar a mi estación destino y huir de ahí.

Pero no siempre tenían que hablar contigo para molestarte. En el tren a Pisa, me tocó en el mismo vagón con una pareja de argentinos y otra de italianos. Durante el viaje me topé con muchos argentinos, mismos que iban en busca de sus raíces o para visitar a sus parientes lejanos. Ahí entendí de dónde les viene lo escandaloso: por tanta ascendencia italiana que traen de generaciones. Ciertamente se llevaron el atractivo físico, pero también heredaron lo malo.

Volviendo al vagón, para lo escandalosos que suelen ser los sudamericanos, la verdad parecían muy discretos a comparación de la pareja europea, en especial la señora: ¡Ah su puta madre! Parecía que a dicha mujer no le bastaba el tiempo del mundo para todo lo que tenía que decir, como si en el momento en que se fuera a callar se fuese a morir (que muchos lo hubiéramos agradecido).

            Para acabarla de chingar, la señora tenía un tono de voz especialmente molesto tanto que media hora después, cuando el argentino varón despertó de una breve siesta, sólo le quedó exclamar: “¡La Concha de su madre! ¿Acaso no se va a callar esa mujer?”, a lo que su esposa estuvo de acuerdo.

El comentario del señor me sacó una sonrisa y me motivó a buscar lugares en otro vagón, así que regresé a darles el tip y los tres no cambiamos a uno con menos bullicio, cosa que me agradecieron profundamente.

Esos sólo fueron un par de ejemplos pero fueron pocos los momentos de silencio, fuera del hotel claro está, que tuve en este viaje. Los italianos no se callan, en verdad necesitan hablar, fuerte y claro, para sentirse a gusto, y si pueden alzar más la voz al grado de gritar, hacer gestos y, si se puede, hasta un pancho, no van a dejar pasar dicha oportunidad.

            ¿Reglas? ¿Qué es eso?

            La Galería Borghese es tan prestigiosa y mamona que requieres reservación para visitarla. Cuando compras el pase por Internet, te dicen que debes ir a recoger el boleto un día antes. Así que, ilusamente, fui el Martes a recoger mis entradas ¡y estaba cerrado!

Según los horarios de visita de su propia página de Internet, el día de cierre era el Lunes, no el Martes. ¿La explicación? “Perdón por los inconvenientes, mañana reanudamos actividades normales” Eso fue todo, sin ninguna razón mayor ¿“Disculpe usted los inconvenientes”? ¿Y si hubiera volado el Miércoles de regreso? ¿Quién me avisó antes? ¿Por qué no respetan sus horarios?

Al otro día fui tempranito, no me la fueran a hacer de jamón por no haber ido antes, pero nadie reparó en la fecha de mi “reservación”, simplemente me dieron el boleto ¡y listo! Nada de revisiones mamonas, nada de reclamos, nada de disculpas. Obviamente ya iba con la espada desenvainada para reclamarles si no me hacían válido la entrada pero, por lo menos, no se pusieron pendejos con el retraso.

Eso fue en una de las Galerías importantes de la capital, ¿qué podemos esperar de un pueblito? Cuando subí al Campanile en Pistoya, el chavo nos quitó las redes de protección para que sacáramos mejores fotos. Hecho que le agradezco (por mis fotos limpias) aunque, siendo honestos, por algo están ahí dichas protecciones. Pero, recordando el letrero de restricciones que había a la entrada, había reglas como no llevar niños (había dos en el grupo) o no sacar fotos dentro del campanario (que todos las sacamos de manera abundante).

El chavo estaba tan relajado que nos bajó justo un minuto antes de que sonaran las campanas, sin prisa alguna (el muy cabrón). En una situación similar, ya me imagino a los alemanes o japoneses bajándonos media hora de que sonaran las campanas con tapones para los oídos, por si las moscas.

Otro ejemplo es cómo el italiano “respeta” las señales de tránsito de la misma forma que el mexicano, o sea que de vez en cuando se pasan el rojo los autos y los peatones. Eso no se me hace tan grave mientras uses el sentido común (o sea, pasar cuando está libre).
           
Lo cortés no quita lo valiente

Algo que he dejado en claro, cada vez que puedo, es mi animadversión hacia la corrupta iglesia católica, misma que abandoné hace más de 25 años. Italia es un país tan o más mocho que México, y eso se demostraba en la cantidad de templos que visité.

Para hacer más llevaderas mis visitas, me desconecté de que eran Iglesias y lo hacía como si fueran museos, así mantenía una actitud respetuosa todo el tiempo. Y es que una cosa es estar en desacuerdo con alguien y otra cosa es faltar al respeto en su morada.

Menciono esto porque recuerdo que iba a entrando a alguna Catedral (creo que fue en Roma) y al salir un tipo dijo algo que no sonó muy amable (en un idioma que no reconocí), y al mismo tiempo hacía un corte de manga y se agarró el culo.  Todo esto hacia dentro de la Iglesia, eso sí el muy “valiente” lo hizo ya de salida, no antes de entrar.

Soy el primero en descalificar a la Iglesia Católica, y a las religiones en general, pero de eso a ser un patán grosero, sin educación e incluso vulgar hay una gran diferencia. Creo que pesa más dar argumentos de forma civilizada (por lo menos así lo intento) que ser un bruto sin modales.

Pero tampoco hay que ser un hereje para faltarles al respeto. En la Iglesia de San Marco, en Florencia, había un tipo sacando fotos con flash a los Frescos cuando, muy a la vista, había letreros que lo prohibían tajantemente. Al salir del templo el tipo se volteó al altar, se persignó fervientemente, se hinco e hizo una pequeña plegaria.

Al ver esa escena recordé por qué dejé la religión: Por la incongruencia. No creo que exista un Cielo o Paraíso pero, en caso de que lo hubiera, estoy seguro que pesaría más la congruencia de tus acciones hacia algo productivo que el fervor de tus oraciones. Si vas a entrar a una Iglesia, Mezquita, Santuario, Museo, casa o demás, podrás o no estar de acuerdo con las reglas del lugar pero, una vez dentro, el respeto debe prevalecer y no sólo cuidar las apariencias.

Hasta aquí está primera parte. En la segunda, que pueden leer en esta liga, voy a tocar algunos aspectos positivos de los italianos, así como mis conclusiones finales del viaje.


Hebert Gutiérrez Morales.

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