sábado, 2 de septiembre de 2017

De Nara a Osaka

El Gran Buda de Nara
            El problema de querer ver tantos lugares en tan poco tiempo es que va a llegar el momento en que vas a tener que simplificar mucho y ser injusto con algún destino. Esto me pasó con Nara y Osaka ya que, en teoría, pude haber pasado un día en cada sitio pero, al no tener mucho tiempo, tuve que dedicarles unas cuantas horas a cada cual, y ya ni mencionemos Kobe, al cual sacrifiqué en esta ocasión y dejarlo para la siguiente visita que haga a la isla de mis amores.

            Así que tuve que ser muy selectivo en los lugares que iba a visitar en estas dos hermosas ciudades con esencia tan diferente, ya que Nara representa el Japón antiguo y Osaka el moderno.

            Los mensajeros celestiales.

            Estaba caminando de la estación de Nara hacia el parque homónimo, cuando de pronto vi un ciervo en la calle ¡y nadie reparaba en él! O sea, ¿qué hace un animal salvaje a medio camino? No es que estuviera muy concurrido, aunque sí pasaban autos; sin embargo, al ver la indiferencia de la gente alrededor, opté por tranquilizarme.
 
Ciervos Sica tomando el Sol en el Parque Nara
            Conforme avanzaba a mi destino, veía más ciervos, casi todos descansando en la inmediaciones del parque, prácticamente como una plaga, pero ellos estaban muy tranquilos reposando en el pasto o conviviendo con algún turista que generosamente les daban galletas de arroz (Sembei).

            Estos ciervos son de la especie Sica y, en varias partes de Japón, son venerados como mensajeros de Dios, aclaro que no es el “Dios” que usted cree querid@ lector@, porque le recuerdo que los japoneses tienen dos religiones principales (Sintoísmo y Budismo), además de que no están ligados exclusivamente con alguna. Así que dejemos a los ciervos como enviados celestiales según en Sintoísmo, mismo que tiene infinidad de deidades.
 
Tōdai-ji o el Gran Templo Oriental
            Los ciervos son una de las grandes atracciones de Nara y, están tan habituados a los visitantes que se dejan tocar con tal de que los alimentes (y ahí llegue a la conclusión que en el fondo también soy un ciervo Sica). Por lo mismo abundan las mercancías afines a los animalitos. Estos mensajeros de Dios fueron mis escoltas a uno de los lugares más impresionantes que estuve en Japón.

            Tōdai-ji
 
El Buda Grandote flanqueado por otro Buda más pequeño
            No pude ocultar mi emoción al verlo por primera vez, ya que era de las postales más impresionantes que había presenciado. Es el tipo de tipo de reacciones que esperas de un lugar es considerado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

A pesar de ser un tercio más pequeño del original, ya que se incendió dos veces, el Gran Templo Oriental (que es lo que significa Tōdai-ji) fue la construcción de madera más grande del mundo hasta 1998, y es que en verdad es imponente.
 
Junto al Niō
El Templo por sí sólo ya es una maravilla, sin embargo toma un papel secundario cuando conoces al inquilino principal: Daibutsu o Gran Buda. Esta estatua es el Vairocana (o Dainichi) y que representa la reencarnación del Buda histórico (Siddharta Gautama).

El Templo fue levantado en el año 745 y la estatua de 15 metros se terminó en el año 751, misma que consumió casi todo el Bronce que Japón tenía en aquellos años, lo cual trajo una crisis económica. Ambos, tanto estatua como templo, han tenido que ser reconstruidos o retocados debido a diversas causas a través de los siglos, por lo que ya no son los originales.
           
            A pesar de ser un día entre semana, además de ser temporada baja, había bastante gente en el lugar, la ventaja es que es gigantesco, así que la multitud no te agobiaba. Por lo mismo de estar hecho de un material tan vulnerable al ambiente (como lo es la madera), había partes que se veían ya desgastadas aunque, en su conjunto, se ve que el sitio es bastante resistente.
 
Así era antes Tōdai-ji
            Obviamente la atracción principal es el Gran Buda, sin embargo dentro del templo hay otras figuras imponentes pero que no te sorprenden tanto al compararlas con la estatua más importante, misma que está a la entrada del templo. Manteniéndose fieles a la tradición budista, este recinto también tiene sus guardianes Niō mismos que, acorde al tamaño del templo, son enormes aunque no tanto como el Buda al cual resguardan.
 
Oficinas del Templo
            Dentro del templo también hay maquetas de cómo solía ser el lugar en sus orígenes, mismo que estaba aún más imponente a lo que está en la actualidad, además había dos Pagodas de 100 metros de altura en aquel entonces. Las reproducciones a escala estaban tan bien hechas que hasta tenían mobiliario dentro de ellas. Entre las curiosidades exhibidas también te ponen una réplica de la mano del Gran Buda, misma en la cual hubiera podido entrar mi humanidad sin problemas.
 
Protegiéndose de la lluvia
            Le eché un último vistazo al sitio y salí de muy buen humor, mismo que se vio potenciado por el maravilloso día que hacía afuera. Todavía no llegaba la primavera, pero veía los jardines del sitio muy bellos, a pesar de la falta de flores.

            Así que, después de comprar unos recuerditos, deje este maravilloso lugar atrás y continúe recorriendo el maravilloso parque Nara.

            El Parque Nara

            Según yo había salido del recinto, porque ya había un laguito, un camino, muchos ciervos y árboles por todos lados. Pero resulta que seguía dentro de Tōdai-ji, ¿Cómo lo supe? Porque pase por la puerta original del Templo, misma que ya está muy madreada e increíblemente en pie, además tenía a sus Niō originales, también madreados, pero aún imponían debido a su increíble altura.

Al lado hay un museo en donde tienen muchos de los artefactos originales que fueron rescatados de templo en su momento sin embargo, por el tiempo apretado que traía, opte por no entrar y seguir a mi siguiente destino.
 
Las lámparas guiaban mi camino
            Así que recorrí parte del Parque Nara que es ENORME (660 hectáreas), y aunque no estaba en todo su esplendor me regalaba bellas postales de riachuelos en los que reposaban los ciervos, pequeños lagos o el camino boscoso lleno de lámparas que me llevo a otro patrimonio mundial de la Humanidad de acuerdo a la Unesco.
           
            Kasuga Taisha

            Después de un templo Budista, me tocó visitar un Santuario Sintoísta. El Kasuga Taisha no es tan grande como Tōdai-ji, pero al estar rodeado de árboles la sensación también es muy agradable. Además el lugar está muy bien conservado, lo cual resalta aún más con el  camino de lámparas que te escolta para llegar a él, porque éstas están llenas de musgo y te da una sensación de viajar al pasado.
 
Llegando a Kasuga Taisha
            La decoración del santuario es muy bella, y de inmediato te sumerges en un estado de paz. Las lámparas colgadas a lo largo de los pasillos me llamaron mucho la atención, las había verdes y en otra parte las había doradas. También había una sección atascada de banderolas con mensajes.

            El santuario no tiene grandes estatuas o altares, lo más atractivo es el sitio en sí, que te inyecta una pacífica sensación difícil de explicar. Detrás del sitio está una pequeña villa de unas doce casas, que es donde viven los monjes, tienen sus oficinas, baños y demás instalaciones. Sin embargo no son construcciones aburridas, para mí fue como estar en un pequeño pueblo del antiguo Japón.
 
Una bonita postal japonesa
            Fue una visita breve, nada espectacular pero que me encantó, sin ser algo que cambiase mi vida, la paz que sentí en dicho lugar es algo que siempre se agradece, además de que también te regala bellas postales.

            Así que seguí recorriendo el Parque Nara a conocer dos jardines.

            Yoshikien
 
Interior de Kasuga Taisha
            Cuando llegué al Isuien Garden, con tristeza, vi que estaba cerrado ya que estaba en trabajos de mantenimiento y habían cerrado un mes, lo cual fue una lástima, porque las fotos que había visto de dicho lugar se veían preciosas.

            Así que me fui a visitar a su vecino: El Yoshikien.

            Para empezar me llevé una sorpresa ya que la entrada a los extranjeros ¡es gratis! Y digo, tal vez 300 yenes no sean una gran fortuna, pero se agradece que tengan esa gentileza con los visitantes.


            El lugar está bello, aunque no fue el jardín más hermoso que visité, la verdad es que había poca gente y así lo disfrutaba más. Había muchas casitas, puentecitos y hasta un pequeño mirador, estos detalles te daban de la impresión de estar en un pequeño mundo aparte de la realidad.

            Aunque no había muchas flores, el día estaba tan esplendoroso que hacía lucir mucho al sitio. Uno de los varios caminitos del lugar te conduce a la parte trasera, en donde hay un jardín de Musgo sencillo pero, con el tono de verde tan profundo, daba una vista incomparable.
 
Caminito junto al jardín de Musgo
            De hecho el jardín te inspira tanta paz que hay mesitas y bancas en algunos lugares, así que había gente que hacía un pequeño picnic para comer algún Sándwich o simplemente sentarse a disfrutar de la paz del sitio.

            Recalco, sin ser el jardín más cuidado o bello, la esencia japonesa de tranquilidad, paz, estética y profundidad se respiraban en el ambiente, así que era una visita que valía mucho la pena.
 
Templo Kōfukuji
            Dejando Nara

            Mi visita al parque Nara había terminado, así que emprendí el trayecto de regreso a la estación para tomar mi tren a Osaka. En el camino me encontré con el Templo Kōfukuji, empezando por su gran Pagoda, algunas tablillas con oraciones y otras construcciones. Sin ser muy turístico, la verdad resultó una visita interesante.

            En el mismo camino me encontré con un pequeño restaurante clásico de Okonomiyaki, y aunque ya lo había probado en Kioto, seguía fascinado con probar la especialidad que tantos años había anhelado, así que hice una pequeña parada para disfrutar la Pizza japonesa.
 
Casitas detrás de Kasuga Taisha
            Cuando llegue a la estación di la vuelta y le prometí a Nara volver, porque es un sitio tan maravilloso que es un pecado haber conocido tan poco de él.

            Castillo de Ōsaka

            Nara y Ōsaka están tan cerca que ni siquiera llegue a la estación principal de la segunda, de hecho sólo transborde una vez en el tren, como si fuese metro, y llegue directamente a la (bellamente decorada) estación del Castillo de Ōsaka, el cual está ubicado en un parque grande y bonito, aunque no tan bello como el Parque Nara.
 
El Castillo de Osaka
            Al igual que los otros castillos que visité, este está rodeado por unas grandes murallas y fondeado por un enorme estanque, esto para protección del mismo, así que debías ingresar por uno de los puentes.

            El exterior es espectacular, está excelentemente cuidado, de hecho pareciera que los Shōgunes aún lo habitaran. Por dentro el sitio estaba modernizado, ya que no quedaba nada del mobiliario original.
 
Osaka desde la cima de su Castillo
            El Castillo ahora sirve de museo, con muchas exposiciones como objetos de la época, fotos, pinturas y esculturas; en una muestra interesante de conocer, ya que te ofrece una amplia visión de la época feudal de Japón.

            En la cima del castillo hay un mirador que te brinda muy buenas tomas de la ciudad, aunque las rejas de protección limitan en algo la visibilidad. Esto es una desventaja de las tendencias suicidas de los japoneses, porque sus medidas de seguridad afectan la visibilidad a los turistas ¬_¬.
 
Decoración estación del Metro para el Castillo
            Me la pase bien en el castillo y, mientras me echaba un helado en el parque, me di cuenta que el reloj avanzaba y que sólo me quedaba tiempo para visitar un último sitio.

      Sakura Nomiya Koen

            A menos que sea época de Sakura, el parque Sakura Nomiya en Osaka, no es una gran atracción por visitar, ya que su principal atractivo son precisamente los cerezos. Sin embargo, ya no tenía mucho tiempo en Osaka y decidí visitar este parquecito en lugar de Dotonbori o Den Den Town, porque en Tokio ya había visto muchos sitios así y prefería ir a uno a donde fueran los locales, para mezclarme un poco entre ellos.
 
El Parque Sakura Nomiya
            Por lo mismo que no habían florecido los Sakura, no había otro turista, así que las pocas personas que había eran de Osaka, y eso me gustó. Me recordó un poco lo que experimenté en el Hibiya Park de Tokio, en donde no había tanto turista, pero sí había mucho local.

Ciertamente no había muchas fotos a primera vista que tomar, pero me relaje tan rico y me sentí tan a gusto al ver a los japoneses en su “hábitat natural”, sin el estrés de andar corriendo a algún lado, por eso fui a ese sitio de tranquilidad para ellos.
 
El Umeda Sky Building al que no subí :'-(
También me relajé impresionantemente con toda la paz que ahí se respira. Y conste que había gente jugando, en bici, corriendo o caminando pero, por increíble que parezca, los sonidos eran mínimos, y esa ausencia de ruido siempre tendrá un efecto relajador en el humano (por lo menos en el que puede adaptarse a la paz externa para complementar la interna).
 
La Fuente de las escaleras en la Estación Osaka
Comprendí la razón por la cual el japonés le disgustan (de manera vedada) muchos turistas: por el escándalo. Y me di cuenta que por eso me relajé tan rápido, porque no había turistas escandalosos alrededor, haciendo bulla o alharaca por cualquier madre. De hecho ese día había visto una cantidad impresionante de visitantes en Tōdaiji o en el Castillo de Osaka por lo que, aunque disfrute a tope dichos lugares, el momento de paz que tuve alejado de ellos, fue de lo más valioso que encontré en dicha jornada.
Volvamos al Kasuga Taisha

            Terminando el día

            Ya de regreso en la estación sólo me quedé con las ganas de subir al Umeda Sky Building, uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, pero por la hora y el día, o tomaba el tren de las 18:30 o me esperaba hasta las 21:30, porque ya no había lugares en los otros horarios de los que iban a Kioto, por lo que me conformé con sacarle una foto de lejos. Así que tengo una razón más para regresar a Osaka.
 
Sin duda Nara me gustó más
            Siendo honestos, tampoco fue una gran pérdida, porque había visto la ciudad desde las alturas del Castillo, así que era un sacrificio que me podía permitir. Por ello, en la media hora que tenía antes de tomar mi Shinkansen, deambule un poco por la bella estación de Ōsaka, en donde aproveché para comerme unas bolitas de pulpo deliciosas.

            Mientras comía me di cuenta que  lo óptimo hubiese sido dedicar todo el día a Nara, ya que Ōsaka era una gran urbe al estilo Tokio, mientras que Nara era ese Japón histórico que tanto me intriga.
 
Regresaré algún día a Nara
            Eso lo tomaré en cuenta para cuando vuelva a Japón dentro de un par de años.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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