domingo, 1 de octubre de 2017

Regreso a Nueva York (Parte 2)

   
En el Highline Park
        En esta liga pueden leer la primera parte de este viaje. Este segundo escrito lo inicio comentando sobre el motivo principal de este viaje: la NFL.

            Game Day

            Tras tantas visitas, me estoy volviendo un experto en esto del trámite del Juego, de hecho para mí esto del “Game Day” es literal porque me consume toda la jornada.

            Desde que salí del hotel, nadie me molestó por mi playera del equipo visitante, la única gente que me abordaba era para desearme suerte, desde el hotel hasta el Estadio, lo cual hice en transporte público (en NY, tener o rentar coche sólo es para ricos).

            Ya en el estadio me comí unos taquitos de carnitas, muy ricos por cierto, vendidos por una franquicia de mexicanos, así que el resultado era muy meritorio considerando que no tienen los mismos ingredientes que tenemos en nuestra nación. Y me dio mucho gusto que estuvieran en el estadio, así los gringos sabrían lo que son los tacos de verdad y no esas mamadas que sirven la aberración llamada “Taco Bell”.

            Del juego en sí, no voy a comentar nada porque fue un partido pésimo de mis Delfines y un plan de juego impecable de los Jets, mismos que llegaban con la etiqueta de víctimas y le salieron victoriosos por dos anotaciones.

A pesar del marcador, no me enoje, primero porque el resultado fue justo y mi furia no iba a cambiar el ganador. Además me la pase platicando de lo lindo con mis compañeros de fila.

Por un lado tenía a una pareja de alemanes, mismos que se sorprendieron de encontrar a alguien que les hablara en su idioma. Era su primera vez en un partido de NFL, así que platicamos de lo entretenido que era, el ambiente que se vive, el entretenimiento que te ponen para que no te aburras en comerciales y la importancia cultural que tiene para el gabacho. También les platique de lo popular que es el deporte en México y, ya encaminados, cómo es la vida en mi país. Al final aunque el partido fue malo, la experiencia les gustó a los teutones y dicen que regresarían con gusto a vivirla de nuevo.

La otra mitad del tiempo me la pasé platicando con una pareja gabacha joven, a mediados de sus 20, fanáticos de los Jets y nativos de NY. La comunicación con ellos resultó muy cordial e incluso cálida, ya que reconocíamos los puntos buenos del otro equipo (que el mío no dio mucho de eso, pero mis vecinos se esforzaban por darme ánimos).

Eso es lo que me gusta de ir a partido de la NFL: el ambiente, porque puedes entablar conversaciones bastante agradables con desconocidos, sin importar que sean países o equipos diferentes. A los gringos también les platique de México y lo popular que es la NFL en él, lo cual les hizo sentir muy felices, por saber que su deporte es apreciado por su vecino del sur. ¡Ah! Y también se llevaron una sorpresa al ver que su vecino mexicano hablaba alemán. Me gusta cuando puedo dar una buena impresión de mi país :-).
En el Estadio Met Life

Al medio tiempo, mientras me comía unos Nuggets con papas, otro aficionado de los Jets se puso a platicar conmigo, teniendo comentarios amables tipo “No sé qué le pasa a los Delfines, pero no debemos confiarnos porque igual y reaccionan en la segunda mitad”. Eso nunca sucedió, pero agradecí la buena vibra de esa persona con la cual sólo compartí cinco minutos del medio tiempo.

Ahí me doy cuenta que no importa que vaya solo a los partidos, siempre me la paso platicando con una cantidad de gente que nunca voy a volver a ver, y todos siempre han sido muy amables conmigo. Es algo que siempre reconoceré a los gringos: su educación y civilidad deportiva.

Incluso los vendedores, personal de Staff y de seguridad, todos te andan diciendo que disfrutes el juego y se preocupan por si requieres de algo para hacer mejor tu experiencia.

Saliendo del estadio, en la cola para esperar el camión, me puse a platicar con unos argentinos fanáticos de los Jets. Los sudamericanos también eran muy cálidos y la plática se puso tan buena que la hora que estuvimos formados se pasó volando.

Ya en el camión, atrás de nosotros estaban otros mexicanos, pero a esos sólo los escuchamos platicar, algo que me dio pena porque resultaron ser fantoches, mamones, creídos, petulantes e ignorantes. Su plática me avergonzaba y mis camaradas argentinos se daban cuenta, pero con sus miradas me dieron a entender que gente así había en todos lados. Lo bueno es que nos conocimos antes para ver que también hay gente no tan pendeja en mi país.

            Desde que llegué al estadio hasta que dejé el camión de regreso, me la pase platicando con puro aficionado de los Jets, ninguno de Miami, y no porque no me llevase con mis colegas de equipo, sólo que así se dieron las cosas. Muy curioso.

            Incluso en el hotel seguía platicando de NFL, ya que la chica de recepción (aficionada a los Gigantes) también se puso a charlar del juego conmigo, con esa misma actitud empática que todos mostraban. Como sus Giants también habían perdido, tuve la oportunidad de devolverle la gentileza y remarcar las fortalezas de su equipo y lo increíble que resultaba que estuvieran con un record de 0 - 3.

            Y ya para cerrar el día, camino a mi cuarto, me encontré con una aficionada de los Texanos, mismos que casi le ganan a Nueva Inglaterra de visita. El final de ese partido lo vi en el Estadio, así que la plática con ella estuvo bastante animada. Manteniendo, cómo no, esa actitud positiva que priva entre los aficionados de la NFL.

            Me he dado cuenta que eso me encanta de venir a ver partidos de mis Fins a Estados Unidos: la calidez que la gente me regala en cada oportunidad, no importa si es de visitante o de local, no importa si ganan mis Delfines o pierden, la gente que siempre me rodea (sean de mi equipo o del rival) siempre es muy atenta conmigo y eso es algo que apreció bastante. :’-)
"The swallower swallowed" de Jon Rafman

            Otra desmitificación: El Highline Park

            Como ya comenté, el último día de mi anterior visita, me la pasé despidiéndome de mi amado Central Park. En esta ocasión, el parque mencionado me quedaba lejos pero, felizmente, el Highline Park (mi segundo parque favorito de Nueva York) estaba, literalmente, a la vuelta de la esquina del hotel. Así que ahí empecé mi mañana de despedida de Nueva York.
Las Botas del Gigante

            El Highline Park de mis recuerdos era un lugar mágico, mismo que tenía poca gente y un ambiente de nostálgica felicidad. ¿Cómo es que se dio esto? En aquella ocasión Luis y yo fuimos en un día entre semana, más o menos a la hora de la comida, y con un clima nublado y frío, así que nos cruzamos con muy poca gente.

            Ese mismo ambiente hizo que nos lo tomáramos con calma, así que disfrutamos cada sección y sacamos un buen de fotos chidas. Pero la magia de aquella primera vez se esfumó.
Empatía que se agradece

            En esta ocasión, al ser lunes en la mañana, había mucha gente, corriendo y/o de camino a la oficina, así que ese ambiente de intimidad no lo tuve al haber muchas personas apuradas en mi recorrido.

            Lo que sí me partió el corazón es que borraron dos de mis murales favoritos de la vez anterior. Lo bueno que tengo fotos de aquella vez, así que si no los vuelven a poner, tendré evidencia que respalde mis recuerdos felices.

            Pero también hubo cosas nuevas, porque en el camino fui descubriendo otras pinturas y esculturas que no estaban la ocasión anterior, incluso arte conceptual, como unas bocinas antiguas que te reproducían el sonido del mar si te acercabas a ellas. Así que ponía más atención, porque había muchos detallitos que se te pueden pasar si no observas, como unas botitas en medio del pasto, muy monas, llamadas “Las botas del gigante”.

            Un detalle que me gustó, sin ser propiamente arte, fue un letrero de apoyo a lo largo del parque, puesto ahí por los responsables del mismo (en español y en inglés), en el cual te dicen que ahí estás seguro y que eres bienvenido a pesar del ambiente de intolerancia que promueven desde sus círculos del poder (ya sabemos quién). El mensaje es de buen gusto, solidario y cálido sin caer en victimez o sufrimiento. Me gusto y me hizo sentir feliz.
Un parque muy íntimo

            Así me la pasé caminando y llegué a una sección que no estaba terminada hace tres años, pero que ahora está disponible. Mientras recorría esa sección que no era parte de mis recuerdos, inexplicablemente, me entro la certeza de que ya quería regresar a mi tierra: con temblores, huracanes, corrupción, inseguridad y todo, pero es mi país y lo quiero.

            Terminé el Highline Park en una media hora, de hecho me pareció muy corto a comparación de mis recuerdos, en los cuales nos había tomado mucho más tiempo recorrerlo. Sin embargo, cuando tienes memorias felices, tendemos a modificar la realidad con la que fueron concebidas. A eso se le llama la magia de la primera vez.
Las protecciones arruinan las fotos

            De ahí me dirigí caminando al Empire State, en dicho trayecto me di cuenta de muchas cosas de Nueva York, pero esas cavilaciones las voy a usar como cierre de este escrito. Así que nos saltamos directamente a la visita que hice a uno de los edificios más famosos del mundo.

            Saldando cuentas con el Empire State

Este regreso al Empire State no se debe a que haya sido de mis lugares favoritos en Nueva York, sino fue una cuestión de clima. La vez pasada lo fuimos dejando para los últimos días, mismos que se nublaron y no volvieron a despejarse.
Panorámicas de la ciudad espectaculares

Como en aquella ocasión ya teníamos el boleto pagado, pues subimos de todas formas, aunque no se veía nada. Así que, me prometí, que el día que regresara a Nueva York, iba a volver a subir. Ahí aprendí que si una de mis atracciones en algún sitio depende del clima (por ejemplo, Moto Hakone), ataco en la primera oportunidad para no depender de la suerte.

Subí al piso 86, y las vistas eran bonitas, nada del otro mundo porque he visto muchas similares, pero no me gusta quedarme con pendientes, así que saque las fotos correspondientes y seguí a saldar otras cuentas de la visita pasada.
La Catedral de San Patricio

La Catedral de San Patricio

Hace tres años, cuando visitamos la Catedral de San Patricio, estaba en trabajos de mantenimiento, así que en realidad vimos muy poco de la misma, ya que el lugar estaba cubierto por tablas y lonas.

Por fuera se ve impresionante y por dentro, aunque sobria, también es relativamente bonita. Si hubiera visitado este sitio de manera plena la vez pasada, también me hubiera llevado una decepción en este regreso ¿la razón? Italia.

Después de haber visto las iglesias, Catedrales y Basílicas más mamalonas del mundo, es difícil que algún otro templo católico me llame la atención. Sí, la Catedral es muy bonita y sus ventanales están espectaculares, pero a comparación de las italianas, no tiene nada que presumir.

En ese momento me di cuenta que mi viaje a Italia lo había empezado a valorar de manera retroactiva y que, con el tiempo, le daría más valor del que le di en su momento.
Templo bonito y sobrio

Otra gran diferencia entre las iglesias italianas y esta catedral gringa fue el respeto que se les exige a los visitantes. Ya que en Italia cuidan mucho la vestimenta de los que entran, así como mesura en su comportamiento. Sin embargo, al ser Estados Unidos, las chicas con shortsitos eran muchas (y no me quejo de ello, de hecho era un espectáculo bastante delicioso de contemplar H_H). Mismas que se sacaban selfies haciendo caras dentro de la Iglesia y enfrente al Santísimo.
Lo mejor del lugar sus ventanales

En ese detalle te das cuenta que el Catolicismo en Estados Unidos es una religión del montón y lo que ahí pesa son los Cristianos y Protestantes mismos que, estoy seguro, no dejarían que pasaran esas actitudes en sus templos. Obviamente en Italia no permitirían esas actitudes y tampoco en México. Y, aunque no tengo religión, me parece que lo correcto es respetar esos lugares de fe para ciertas personas, aunque tú como visitante no compartas sus creencias.
El Rockefeller Center

By the way, dentro de la Catedral, había un recinto para la virgen de Guadalupe, lo cual es una estrategia bastante inteligente de su parte ya que, con la cantidad de mexicanos que hay en NY, y para lo guadalupanos que son mis compatriotas, estoy seguro que han de recaudar un buen de limosnas para explotar esa fe ciega que tienen para dicha deidad.

Las últimas visitas

Iba bien de tiempo y aún tenía algo de espacio para dos visitas exprés. La primera fue al Rockefeller Center, en donde no tenía ningún pendiente, pero que me nació pasar a sacarme otra foto. Después hice una visita rápida a mi amada librería pública, fui al salón principal a sacar las mismas fotos que ya tenía, pero quería visitarla una última vez.
En inverno ahí se convierte en la famosa pista de hielo

De haber tenido tiempo me hubiera gustado visitar el puente de Brooklyn, Grand Central, Soho, Little Italy, Staten Island o la estatua de Alicia en el País de las maravillas en Central Park, pero ya no había tiempo para ello.

Por fortuna todos esos lugares, y muchos otros, los disfrute la primera vez que vine y, con lo que había vivido en esta segunda ocasión, era mejor que se quedaran en mis recuerdos esas primeras visitas que tanto disfrute, en vez de desmitificarlas y verlas con otros ojos.
La Biblioteca Pública de NY

Justamente esas mismas desmitificaciones me hicieron darme cuenta de algo, al ver la realidad de la ciudad, comprendí que Nueva York es menos importante para mí que lo que me dictan los recuerdos, por lo cual no pretendo volver a este sitio porque no me queda ningún pendiente que resolver en dicha urbe.

Además he ido cambiando, porque sí disfrute NY tres años antes pero ahora ya no soy el mismo de antes. Ahora soy un tipo de viajero diferente, y lo note con un simple detalle a la salida del hotel.
Arte urbano en la estación del metro

Al momento del Check-out, había otros huéspedes haciéndolo, todos ellos dejaron que les llevaran las maletas al vestíbulo y les llamaran un taxi que los llevaría al aeropuerto.

Si no hubiera otra opción para llegar al aeropuerto, incluso yo hubiera solicitado un transporte privado, PERO si hay opción pública, estoy abocado a tomarla. Por un lado es más económico pero, por el otro, siento que es más rico en experiencias, porque ves a más gente y su interacción.
Central Park (la foto no es mía)

Ésa es sólo una de las diferencias de mi esencia contra la de NY, lo cual me lleva al cierre, las cavilaciones que tuve en mi camino entre el Highline Park y el Empire State.

El sueño americano que (casi) todos anhelan.

Si se fijan, en los lugares que enlisté que me hubiera gustado visitar de nuevo, no mencione Times Square, Broadway, MoMA o la Estatua de la Libertad ¿Por qué? No sólo porque son de los más populares de Manhattan, sino porque son lo más gringo de este lugar.

Dentro de las ciudades de Estados Unidos dudo que haya algo más extremo que Las Vegas o el propio Nueva York, en donde el capitalismo, neoimperialismo o el American Dream (para mí los tres son lo mismo) están en su máxima expresión.

Cuando platicaba con los argentinos en la cola del camión en el MetLife Stadium, me dijeron que también habían visitado Boston y Chicago. Aunque no conozco (aún) Boston, les dije que sin duda prefería más Chicago que Nueva York. Les extraño mi respuesta porque, sin dudar, dijeron que siempre preferirían Nueva York.
Tan hermoso Chicago

Esa respuesta me llamó la atención “¿Por qué Nueva York?” pensé. Pero mientras caminaba hacia el Empire State me quedó claro al ver tanta gente, tantas tiendas, tanto caos, tanto frenesí y tanta locura: Nueva York es la ciudad idealizada del Capitalismo, la tierra prometida del Tío Sam para el mundo.

Lo ves en la cara de sus visitantes, que se sienten soñados, pletóricos de estar en la ciudad de sus anhelos. Pero, al mismo tiempo, lo ves en las caras de los que ahí habitan: porque ves el hartazgo, el estrés y la ausencia de sueños (sí, sé que me paso de dramático, perdón, es un defecto que tenemos muchos escritores -_-U).
Marylin llegando a NYC

            Volviendo al tema, para mi esencia tranquila y solitaria, no comprendo por qué la gente anhela ese caos, esa locura, ese estrés, ese ritmo frenético, lleno de adrenalina y de un peligro y violencia que se respira en el aire y que, de vez en cuando, hace pequeñas explosiones en algún individuo con los nervios de punta.

            ¿De dónde viene ese estrés? De tener más, de ser más, de tener mejores ropas y posesiones más caras. De tener más dinero, de ser más atractivos, de no conformarse, de nunca aceptar lo que eres si puedes ser más, tal vez lo que nunca llegarás a ser.

            Nueva York te exige eso con su locura, con su caos, con su exceso de gente, de tiendas, de coches y de edificios. Te enseñan todo eso que no puedes comprar pero que, de todas formas, lo compras “¡porque es Nueva York!” dirán muchos.

            Hay glamour, anuncios luminosos, grandes coches, escaparates espectaculares y lujos por doquier, ves a gente elegante, atractiva y rica (o por lo menos que lo aparenta) a donde quiera que voltees. Gente exitosa, que pretende que la envidies, que quieras ser ella. Nueva York es como Las Vegas, pero sin casinos, en teoría es una ciudad más habitable, pero con un carisma que te hace anhelar vivir ahí.
Frida Kahlo en NY, 1945

Pero, al igual que Las Vegas, nadie se pregunta por qué anhelan estar ahí, sólo es un aprendizaje cultural con el cual a todos nos crían en este mundo capitalista. En Las Vegas es muy notorio y hasta explotan esa decadencia humana, en Nueva York está más camuflado. Ambos sitios son lo más gringo que puede haber y dicha cultura explota la decadencia humana, de hecho su influencia es lo que va a llevar a exterminarnos a nosotros mismos.

            Me resulta increíble, para lo cara que es la ciudad, la cantidad de dinero que se gasta: las compras son caras, las comidas también están muy por encima del estándar gabacho, así como los servicios ¡y la gente lo paga! ¿Por qué? “Porque lo compré en NY” y eso, de alguna manera estúpida, les da más caché (por lo menos en su mente).

            Normalmente la gente que habita la capital de cualquier país resulta insoportable para el resto de provincias o estados, ya que se creen más importantes por vivir en el centro del poder. Ahora, ¿se imaginan la magnitud de dicho efecto en los que habitan la proclamada “Capital del mundo”?
James Dean caminando en NY

            Los que viven en NY se creen mucho y los que no lo hacen anhelan sentir eso, algo natural si consideramos la amplia exposición que tiene la ciudad en películas, libros, programas, revistas, deportes, espectáculos y demás.

            Es por eso que la adrenalina en NY es diferente al resto de grandes urbes, producto de un estrés que crea adicción. Te ves rodeado de compras, comida, gente, ruido, suciedad, semáforos, así como esquivar gente ruda y egoísta. Y todo lo tomas con emoción, porque estás en NY. Pero, a favor de los neoyorkinos, no sólo es su culpa, sino el anhelo del resto del mundo que desea vivir ahí y, al no conseguirlo, se conforma con visitar la ciudad unos días.

            Mientras esquivaba gente en sus aceras, me imagine a alguien del campo experimentando esto, o alguien de hace 200 años viviéndolo y, sin duda, enloquecerían ¿por qué? Porque es antinatura, es una locura, es la perversión total de la mal llamada humanidad, un manicomio en toda la extensión de la palabra.
Carroza en Central Park, 1900

Recordaba parte de eso en el Metro que me llevaba al aeropuerto, y me empecé a reír conmigo mismo ¿La Razón? Me resultaba irónico que Italia, a la cual tanto critique en su momento, va a terminar en un lugar mucho más alto que NY en mi baúl de memorias, y es más curioso porque originalmente a NY le había ido muy bien en mis recuerdos originales.

Sin duda NY, al igual que Las Vegas, son sitios que debes visitar alguna vez en tu vida, y me siento muy afortunado por haberlos conocido. Gracias a mi estancia en ambas ciudades tengo un punto de referencia para valorar otros sitios, otras culturas y maneras de pensar; por lo que me siento muy orgulloso de que mi esencia no resuene con esas urbes gabachas.


Hebert Gutiérrez Morales.

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