domingo, 17 de diciembre de 2017

Regreso al mundo Maya. . . . ejem . . . Olmeca (Parte 5: Veracruz y Tabasco)

La Gran Cabeza Olmeca (la de piedra obviamente ¬_¬)
            Prácticamente todos mis destinos importantes en este viaje estaban en los estados de Chiapas, Campeche, Quintana Roo y Yucatán. Para llegar a dichos lugares tuve que transitar por otros dos estados: mi natal Veracruz y Tabasco. Y aunque sólo estuve de paso por ellos, no quiere decir que no tuviera vivencias relevantes.

            Igual y este escrito va a ser más breve que los otros cuatro, y bien pude haberlos acomodado entre ellos, pero me latió dividir esta saga por estados y, como al final es mi blog, pues está bien. ;-)

            El paramédico
 
No a todos se les debe dar ride ó_O
            Sé que soy subjetivo cada vez que escribo de Veracruz pero, en verdad no lo puedo evitar. Y es que mi percepción de la realidad es distinta cada vez que paso por mi estado natal, el ambiente se siente diferente, empezando porque el aire se percibe más rico y puro, ya que huele a mar y a vegetación. Y eso es sin importar que estaba lejos de la playa, porque la brisa marina inunda los alrededores, además de que el olor a húmeda naturaleza te saca una sonrisa.

Tal vez por esa felicidad que me invade cada vez que estoy en mi estado natal es que accedí tan fácilmente a una petición que me hicieron en la caseta de Fortín: el que cobraba me pregunto “¿A dónde va amigo?”, al decirle mi destino me pidió darle aventón a un paramédico hasta la siguiente caseta, a lo cual accedí con gusto.


Mi pasajero era de Córdoba y nos pusimos a platicar de su labor en las carreteras, algo que disfrutaba mucho, a pesar de la naturaleza de su trabajo. También hablamos de la gran cantidad de gente veracruzana que vive en Puebla por la necesidad de un trabajo (así como yo), así como las dificultades para adaptarse de una cultura a otra porque, efectivamente, las dinámicas jarochas y poblanas son MUY distintas. Incluso platicamos de la educación de los hijos, ya que él tenía  dos y el difícil papel que resulta ser padre.


La plática fluyó tan bien, gracias a la esencia dicharachera y noble que tiene la gente de mi estado, incluso yo soy capaz de sacarla de su cajón cuando es necesario, por eso dialogamos de lo lindo. Cuando encontramos a sus compañeros en una ambulancia a mitad del camino el señor me dijo “Es una lástima que no pude acompañarlo más tiempo, la plática estaba buena”, y nos despedimos con un apretón de manos.

Esos pequeños encuentros fortuitos de gente con la que, en teoría, no tienes nada en común y que, al final, resultan en breves momentos de coincidencia y recordarnos que los humanos no somos tan distintos unos de otros.

            Me gusta manejar a solas pero esos breves encuentros, que te sacan de la zona de confort, también se agradecen. Lo que sí fue una auténtica monserga en el trayecto de ida fue la cantidad de tramos en reparación, así que tarde una hora más de lo esperado para llegar a Palenque.


Aunque la gran mayoría del camino en Veracruz estaba impecable, había otras partes impresentables, y eso que el tramo entre Acayucan y Coatzacoalcos ya estaba más decente que hace un año.

Eso fue al inicio de mi viaje, ahora saltémonos al final.

            Parque – Museo La Venta

            Me faltaba poco para llegar a Villahermosa, procedente de Campeche, y me pregunte “¿Cómo demonios pude manejar durante 13 horas el año pasado? ¡Estaba loco!” Y es que tan sólo con el tramo entre Champotón y la capital tabasqueña ya estaba cansado.
 
La Jaguar embarazada
            Quería llegar al Show nocturno que dan en el parque-museo de La Venta pero ya iba desgastado y el tráfico a la entrada de Villahermosa no ayudó, así que llegué a mi hotel a bañarme y descansar.

            Por cierto, aunque suene a comercial, me llevé una gran sorpresa con el Hotel City Express Junior. Nunca me había quedado en dicha cadena y la relación calidad-precio es inmejorable. Con todos los servicios que necesitas, y que funcionan a la perfección (el internet, el baño, la cama, el aire acondicionado, etc.) Es más, hasta el desayuno es decente, tal vez no la sazón de hogar, pero te llena la barriga.
 
Uno de los guerreros
            Así que descansado, bañado y desayunado, pase al Parque-Museo de La Venta antes de iniciar el camino a casa. Lo bueno de ir a la hora de apertura es que no había nadie, así que tenía el lugar para mí solito.

            A la entrada tienen un mini-zoológico, el cual iba a pasar de largo porque, como comprobé en San Diego, dichos lugares me deprimen por tener a los animales encerrados. Sólo me detuve a fotografiar a una jaguar embarazada que me pareció muy bella.

            Prefería ver a una especie de tejones que estaban sueltos por todo el parque. Definitivamente el comportamiento de dichos animalitos en libertad es más llamativo que ver a un pobre ser muriendo en vida mientras está enclaustrado en una jaula.

            En el parque logré cumplir uno de mis anhelos desde pequeño: ver la gran cabeza Olmeca, misma que había visto en libros y en la TV, pero yo quería estar frente a ella para ver su magnitud. Al estar solo en el parque pude apreciarla con toda calma, al igual que el resto de esculturas y vestigios de la cultura olmeca.
 
Lugar lleno de esculturas interesante de los Olmecas
            Aunque es un lugar montado de forma artificial, hay que reconocer que resulta agradable y educativo. Ciertamente los vestigios de la cultura olmeca se apreciarían diferente en su lugar de origen pero, gracias a un yacimiento de petróleo, es mejor disfrutarlos en este parque a no verlos. Sin duda La Venta es un Parque bonito y muy interesante, una visita que vale la pena y no te quita mucho tiempo.

            El señor de las Piñas


            Ya en el camino de regreso, de vuelta a mi estado natal, ya había pasado por Acayucan cuando empecé a ver mucha gente que vendía piñas a la orilla de la autopista, así que me latió pararme a comprar un par.

            El señor de las piñas era un tipo muy decente, lo sé porque me preguntó cuánto me faltaba para llegar a un refrigerador “Para que no se le echen a perder” me dijo. Esa decencia me conmovió y le compré un jugo (para hacerle más el gasto), que resultó ser el mejor puto jugo de piña que he probado en mi vida (simplemente delicioso).

            Antes de partir, algo en mi interior me hizo preguntarle por Juan Díaz Covarrubias ya que, según yo, estaba a la altura del pueblo natal de mi madre. Al señor le llamó la atención mi pregunta pero, de todas formas, me indicó hacia donde quedaba aquel lugar vital para mi historia familiar.
 
La influencia materna nos sigue hasta el último día
            “¿Cómo conoce usted un pueblo tan pequeño?” me dijo y le comenté que de ahí era mi mamá y su familia. “¿Y cómo se llama su mamá?” me cuestionó; al decirle el nombre, al señor se le iluminó el rostro.

            Resulta que el papá del señor había trabajado para mi abuelo en los ingenios del pueblo. De acuerdo a lo que me cuenta mi madre (y que me corroboró el señor de las piñas) mi abuelo era un jefe justo y generoso con sus trabajadores, por eso el señor se acordaba bien de mi abuelo y sus hijos. Nunca convivió con ellos, pero su papá les decía los nombres de los chamacos, de ahí que al señor le sonó el nombre de mi madre.
 
Tiempos pasados que no volverán más
            Me sentí extraño con esa historia, estaba feliz pero, al mismo tiempo incómodo, me sentía como un espía del pasado familiar, y es que coincidir con alguien que conoció a mi madre y mi abuelo hace más de 50 años no es algo que te pase todos los días.

            Me hubiera gustado platicar con el señor más tiempo, pero creo que con ese pequeño recuerdo que me regaló fue suficiente. Le agradecí y aseguré darle sus saludos a mi mamá, aunque ella no lo conociera.

            Cuando tuve señal, conecte el Blue Tooth y le hablé a mi madre para contarle lo acontecido. Mi mamá estaba pletórica de saber que, a pesar de las décadas, siguieran recordando a mi abuelo con cariño y fue muy feliz con mi encuentro y, por ende, yo también.

            El Jarochito en el exilio.
 
La Bamba
            La docena de años que viví en la ciudad de México fui feliz, cuando nos mudamos a Puebla, todo el tiempo soñaba con lo maravillosa que sería mi vida en Veracruz. Con la edad, el trabajo y la conveniencia, he aprendido a aceptar que nunca voy a vivir en mi lugar de nacimiento.

            Aunque no viva en el lugar de mis amores, siempre le tengo un gran cariño. Sé que ya no pertenezco ahí, pero siempre amaré a mi estado y, cuando pueda, le retribuiré lo que esté a mi alcancé, como comprar cosas en la carretera.
 
El Jarochito en el exilio
            Por eso, además de la piña, me paré en la carretera a comprar Tamalitos, Toritos, quesos, Café, miel y demás mercancías, principalmente para mi madre, que son manjares que le recuerdan su infancia.

            Justo antes de la caseta de Fortín, dejando atrás a mi bello puerto, vi un letrero del refresco endémico del lugar (Jarochito) y decía “El orgulloso hogar de 8 millones de jarochitos”, por lo cual no pude evitar conmoverme y sacar unas lagrimitas mientras decía "Yo también soy un jarochito”, mientras manejaba orgulloso de mi origen camino a casa.  :’-)


            Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

Jose Antonio Hernandez Morales dijo...

Ssss que coincidencia y que buenonque le platicaste a mi madre.