miércoles, 14 de febrero de 2018

Después de Japón

La Torre de Tokio
            Con este escrito cierro la Saga del viaje a Japón, y con el presente llego al ensayo número 29 del tema. Así es, entre lugares, aspectos culturales, financieros, sexuales, de vida cotidiana y demás, me dio para sacar esa friolera de escritos (a lo largo de casi dos años) de dicho país. Así que se podrán imaginar lo importante que resultó este viaje en mi existencia. Empecemos propiamente con el texto.

            El corazón roto

            Y yo que pensaba que sólo las personas podían romperte el corazón.

            Perfectamente pude haber titulado a este escrito “Después del Amor”, pero ya había utilizado ese título en otra ocasión. También pude haberle agregado un “Segunda Parte”, pero no sería correcto, porque el anhelo que sentía en aquellos tiempos contra el que sentí regresando de Japón fue totalmente distinto.

Arashiyama
            Normalmente, cuando regreso del extranjero, me toma unas tres semanas recuperarme en todos los aspectos: física, mental, laboral, psicológica y sentimentalmente. Después del viaje, retomé mi vida cotidiana con bastante facilidad, pero pasaba el tiempo y seguía afectado en los aspectos sentimental, psicológico y mental; tal vez nunca volvería a ser el mismo, no después de Japón.

            ¿Acaso eso era a lo que temía antes de irme a Japón? ¿Aquel miedo irracional se trataba de esto? ¿Presentía que esta iba a ser la consecuencia de tan maravilloso viaje? Ahora entiendo que visitar el lugar de tus sueños trae un riesgo.

            En el vuelo de regreso iba muy tranquilo aunque algo iba cansado, ya que ese último Sábado también tuve un día intenso, como que aún no me caía el veinte que estaba dejando la tierra de mis amores.

            Recuerdo que al final de la primera semana, caminando por las calles de Ichikawa, estaba muy triste porque, eventualmente, mi viaje se iba a acabar y, a pesar de mis creencias previas me dije de manera honesta “¡Demonios! Creo que sí puedo vivir en Japón

Nijo-Jo
Incluso tuve un concierto, dos semanas después del regreso, que espere por más de 20 años: ver a Guns n’ Roses en la Ciudad de México pero el día del evento no estaba emocionado, era como me decía una compañera de oficina “Tú sigues en Japón, ¿verdad?” y tenía razón. No ayudó que los teloneros abrieran con parte de la banda sonora del Anime “Ghost in the Shell”, porque mi corazoncito empezó a latir más rápido.

Seguía en Japón, de hecho, mi corazón siempre ha estado en la isla, pero tenía un viaje a Londres e Islandia, y debía enfocarme para que lo disfrutara bien y por mi hermano que me acompañaba. Y es que, hasta antes del viaje a Europa, yo seguía enfocado en mi amor nostálgico por la tierra del Sol naciente.

            La nostalgia

            Conforme pasaban los días estaba en un estado catatónico, no acababa de aterrizar, de a poco me iba haciendo consciente, era al mismo tiempo feliz y triste, por todo lo que pasó y porque ya había pasado.

Unas Maiko con una cámara
Desde que regresé de Japón, algo pasó con mi percepción del tiempo, porque sentía que duraba menos, porque seguía con mi rutina diaria, sólo que los días estaban pasando más rápido que de costumbre.

            El Facebook (que aún tenía abierto) no ayudaba a mi nostalgia que, tras dos semanas en Japón, se le quedó las costumbre de dejarme anuncios en japonés y ese estúpido detalle, de alguna manera, me hacía sentir más cerca de la tierra de mis anhelos.

            Tardé unos 10 días en darme cuenta que mi corazón estaba roto tras haber abandonado tierras niponas, ¿La razón? Porque quería vivir ahí y no podía hacerlo, además de que no es una buena idea, sobre todo después de tener una vida tan productiva en México. Sé que puedo volver a visitarlos, pero eso no va a llenar el vacío que se creó en mi interior después de haber estado ahí.

            El desarraigo

Itsukushima (Miyajima)
            Tengo la capacidad innata de tener sueños Déja Vú, además de tener viajes astrales, no es que los tenga  diario, simplemente pasan de manera sorpresiva. Desde que regrese al continente (o sea desde la primera noche en Los Ángeles), tuve viajes astrales a Japón, a los templos, a los castillos, a los barrios. A veces en tiempo presente, a veces en tiempos pasados, pero no era un sueño, yo estaba viviendo en Japón. De día vivía acá y de noche vivía allá.

            La primera semana estaba molido porque, propiamente, no había dormido, simplemente me cambiaba de una dimensión a otra. Le pedí a Jenny, mi especialista en Flores de Bach, que me diera algo para “abrir el canal”, quería que se abriera todo de una vez “para ver qué pasaba”.

Lienzo nevado
            Cuando le comenté esto a Ana, mi terapeuta, no estuvo muy de acuerdo “Hebert, si te vas mucho te puedes desarraigar, y puede que no regreses” a lo que le conteste “¿Sabes algo Ana? Con tal de quedarme allá, con mucho gusto no regresaría, no tengo nada acá que me até”.

            Justamente a Ana le decía, antes del viaje, que me arraigo a la vida gracias a que voy planeado viajes con anticipación, y así genero algo que me ate a este mundo. Hubo un punto en Japón que agradecía tener el viaje a Londres e Islandia, que fue con mi hermano, porque me sentía tan pleno en Japón que, con mucho gusto, me hubiera muerto en ese momento y no me hubiera importado, porque lo hubiera hecho feliz y en “mi” tierra.

            Y eso es lo mortificante, con la combinación de nivel y calidad de vida que tengo en México, mudarme a Japón sería un acto estúpido, porque acá lo tengo todo: un buen trabajo con un buen nivel de vida, que me permite viajar, tengo tiempo para mí y mis actividades, tengo mi cultura, buen clima y comida. Tengo una vida lujosa en casi todos los aspectos (en los aspectos que me importan obviamente). Y, sin embargo, extraño Japón.

La peligrosa esencia japonesa.
El Gran Buda de Kamakura

Ahora más que nunca estoy convencido que en una existencia anterior fui japonés, aunque ahora fui de turista, me sentí plenamente en casa, me sentí muy identificado, me sentí estúpidamente feliz. No sé qué hice, o qué debo de aprender para haber nacido fuera de la Isla, porque era muy feliz ahí, y ahora que la he visitado, mi corazón está roto por haberla dejado. Como decía Mario Benedetti: “Es increíble cómo es posible que en la felicidad pueda existir tanta tristeza”.

Calle tranquila en el Japón antiguo
¿Podría vivir en Japón? ¡Por supuesto! ¿Me adaptaría sin problemas? Sin duda alguna ¿Por qué no me mudo? Por mi salud. Mi esencia es tan japonesa que sin duda me mimetizaría con ellos en un santiamén pero, precisamente por eso, no es buena idea que viva con ellos.

El japonés además de ser civilizado, respetuoso, eficiente y mesurado, tiene otra característica marcada: es Workaholic por excelencia. Dudo que en el mundo haya alguien más obsesionado que ellos, para todo, pero el trabajo es su tema favorito.

El Gran Buda de Toudaji
Por esa esencia japonesa que tengo, es que fácilmente me volví Workaholic, condición que me tomó años dejar atrás pero que sigue latente en mi ser. De hecho sigo siendo muy intenso y obsesivo, sólo que he aprendido a enfocar toda esa atención y energía en mis escritos, ejercicio, la lectura y demás.

La presión social en Japón es tanta que, de vivir ahí, terminaría volviendo a las andadas y eso de ser Trabajópata he prometido que no lo voy a volver a ser. Así que, por mi salud y bienestar, tendré que conformarme con visitar Japón pero no vivir en él, en una especie de amor a distancia: Como cuando encuentras al amor de tu vida y sabes que no puedes vivir con ella. Y hablando del amor de tu vida, vamos a un breve ejercicio.

El tiempo de los pendejos

Tengo muy claro que el “hubiera” es el tiempo de los pendejos, pero vamos a fantasear un poco (Al fin que es mi blog), ya que esto me ayudó a asimilar mejor el no vivir en Japón.

Un callejón nevado
Alrededor del año 2001 hubo un punto en clase de japonés en que alcancé un nivel muy alto, así que empecé a visualizar una maestría en Japón. Entonces conocí a mi primer amor y todo valió madre.

Y no la culpo a ella, porque siempre me decía que debía enfocarme en obtener la beca y no hacer planes alrededor suyo pero, con lo imbécil que me pongo cuando me enamoro, opté por quedarme, hacer la maestría en México, esperarla cuando llegara de su intercambio y “ser felices para siempre”.

Al final no pasó nada: ni maestría en Japón ni me quedé con la chica. Obviamente es muy fácil juzgar los hechos a toro pasado, además de que lo hacemos con la perspectiva actual y se nos olvida el ámbito sobre el cual tomamos dichas decisiones.

Si hubiera sido menos sentimental, es muy factible que en este momento viviera en Japón, pero al mismo tiempo no tendría el blog, no hubiera bailado una década, no correría, no viajaría ni demás ¿Por qué? Con la esencia que tenía a inicios del milenio, con mucha tendencia a la obsesión por el trabajo, sin duda hubiera encajado a la perfección en el mundo laboral japonés, e incluso en su sociedad.
Nikko

¿Y sería feliz? Probablemente sí, al no conocer otra realidad, seguramente me consideraría muy afortunado por la existencia que me hubiera forjado allá. ¿Y eso es vida? Ahora les puedo decir que no, porque eso no es trabajar como loco y pagar cuentas.

Vivir en Japón no es fácil, ni siquiera para los propios japoneses que nacieron y se formaron ahí. Paco lleva ahí una década y oí muchas quejas de su parte sobre la sociedad japonesa. Sin embargo, sigue viviendo ahí.

Antiguo Castillo Japonés
El amigo de un amigo (igual mexicano), también vive en Hokkaido y, ciertamente, lleva una vida muy austera y apretada a comparación de la que podría llevar en México en donde, literalmente, podría vivir como rey haciendo el mismo trabajo.

Son pocos los mexicanos que aguantan el ritmo de vida en Japón. Tengo tres casos, con los cuales platique personalmente, en donde se regresaron por calidad de vida, gente que durante años hizo mucho dinero por allá pero que, a pesar de lo material, prefirieron regresar a México (y lidiar con los inconvenientes que eso implica) en lugar de seguir en tierras niponas.

La razón fue la misma: la presión social, el nivel de excelencia, el estrés constante, mismo con el cual algunos japoneses se “rompen” y que los mexicanos soportan un tiempo, pero no quieren eso para sus hijos.

México vs. Japón ¬_¬
Y no son los únicos, como ya he mencionado en otros escritos, la mayoría de mis profesores japoneses, después de probar el ritmo de vida mexicano, prefirieron quedarse aquí “¿Por qué?” les he preguntado a cada uno de ellos, y la respuesta (con ligeras variaciones) suele ser la misma: “Porque aquí soy feliz”. Feliz por el ambiente, el clima, la comida, la libertad de hacer lo que tu chingada gana se te pegué (aunque eso puede ser bueno y malo), porque nadie te juzga si no das hasta el último esfuerzo, en donde puedes irte de vacaciones tranquilamente, salir del trabajo a buena hora y tomar clases de baile, pasar al cine o echarte un cafecito con quien quieras.

Obviamente en Japón la gente se echa cafecitos, va al cine y llega a salir de vacaciones pero no con la frecuencia, libertad y tranquilidad que lo haces en México en donde esa extremada relajación que tenemos da un ritmo de vida muy ameno (Tanto que nosotros exageramos).

Mi paraíso personal

Trabajar y ganar dinero es una vía para obtener tus sueños, como lo es el visitar el lugar de tus sueños y, aunque no pueda vivir en Japón, por lo menos lo visitaré tanto como pueda en lo que me reste de vida. Tal vez no pueda vivir en la isla, y está bien, porque tu paraíso personal sólo lo puedes visitar ya que, cuando vives en él, deja de ser especial.
Hachiko

Es factible que yo mismo me esté poniendo barreras para intentarlo en Japón, es probable que las que percibo sean reales, puede ser que ya me acomode al estilo de vida en México. Sea lo que sea, tal vez no viva (por el momento) en Japón, pero eso no me impide visitarlo.

Tal vez conocí a Harumi precisamente para no irme a Japón y seguir otro camino de vida en lugar de volverme un Trabajópata profesional, o tal vez hubiera evolucionado de otra forma.

Ciertas personas entran en nuestras vidas y el curso de las mismas cambia por completo. Recalco, la decisión que tomé en ese momento fue la que considere correcta de acuerdo a las circunstancias y lo que creía en aquel entonces.

Tal vez pude haber vivido en Japón, y hubiese sido inmensamente feliz a mi manera, pero también agradezco el haberme quedado porque, aunque tarde, comprendí que la vida es mucho más que trabajar y amasar dinero.

Hamarikyu Gardens
Al final me quedé con lo mejor de dos mundos, porque puedo disfrutar de una buena vida en México y visitar mi paraíso personal periódicamente, y así ser feliz en ese tiempo de ensueño.

Gracias por todo Japón  y, sobre todo, gracias por todo México.

Los amo a ambos :’-).


Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

Jose Antonio Hernandez Morales dijo...

Ya nos tocara a nosotros excelentes fotos y mejor el escrito