jueves, 8 de febrero de 2018

El Status Quo Japonés

En el Skytree, Tokio
Japón es una cultura con dicotomías tan interesantes entre su austeridad y su modernidad, entre su extravagancia y su discreción, entre su buen gusto y sus perversiones, esa mezcolanza que nos brinda cosas desconocidas que nos resultan extrañamente atractivas.

            Por todo ello resulta una cultura muy atractiva, de ahí que tanta gente anhele visitarlos, y no sólo me refiero a los templos, castillos, santuarios, pagodas y jardines, también me refiero al Pachinko, al Maid Café, a los Capsule Hotel, a los Manga Café, a los Love Hotel y todas esas cosas tan endémicas del pueblo nipón.

            Analicemos algunos hechos que me llamaron la atención de su manera de pensar y comportarse.

            El arte del cubrebocas

En Japón puedes ver expresiones muy extremas de algo (atuendo, música, espectáculo, belleza y demás) pero, al mismo tiempo, suelen ser un pueblo muy reservado. Hecho que puede resultar fascinante o chocante según la perspectiva.

La Tokyo Tower :'-)
Tomemos como ejemplo algo tan irrelevante como un cubrebocas. En teoría los nipones los usan para no contagiar a los demás pero, tengo la impresión, a un nivel lo disfrutan. ¿Cómo explicarlo? Les da personalidad, una especie de carisma, es como ir disfrazados, lo cual les queda a la perfección con la esencia que manejan. Es un gusto culposo y extraño porque, aunque lo hacen por “obligación”, les encanta ponérselas al grado que ya hay distintos diseños, algunos muy sofisticados.

Es esa parte de “quiero ser discreto pero también llamar la atención” una dicotomía muy extraña que tienen los japoneses y que a pesar de ella o, mejor dicho, precisamente por ella, resultan fascinantes.

            Campañas políticas

            En verdad el buen gusto japonés no tiene límites, incluso para temas no tan agradables, pero necesarios, como son las campañas políticas. En Kioto vi algunos anuncios de una elección para alcalde (o algo similar). Me llamó la atención lo discreto de estos, con carteles pequeños, nada de pancartas enormes ni cantidad de basura en forma de panfletos o volantes.

Sólo ponen unos posters en lugares designados, muy escuetos, muy breves y con mensajes directos. No ves las calles llenas de plástico, papel y mantas atiborradas de propaganda política que afea el panorama. Es más, creo que cualquier campaña política de alguna escuela gringa es más estrafalaria y escandalosa que una para alcalde en Japón.

            Además el elector japonés, con lo cerebral que es, no necesita tanta parafernalia en un tema tan poco “Kawaii” como las elecciones, a ellos dales la información dura y van a decidir. Ya me imagino su forma de decidir “Este wey se ve bien, y sus propuestas me parecen bien”, no necesitan discursos rimbombantes, apasionados o populacheros.

También resulta “poco elegante” destinar tantos recursos a un tema tan serio y, porque no decirlo, aburrido. Al final el político que elijan tiene el compromiso de hacer un buen trabajo ya que, de no hacerlo, él mismo dimitirá antes de que la sociedad pida su renuncia.

Obsesión japonesa

Desde la perspectiva cultural del mexicano es censurable que el japonés se obsesione con su trabajo, que se enfoque tanto en su objetivo al grado de ignorar lo demás. Criticamos que se concentren tanto en ser productivos que se les olvida disfrutar de la vida y sus bondades. Pero esto es meramente una cuestión de puntos de vista.

Ellos podrían argumentar que cómo “chingada madre” los mexicanos nos atrevemos a vivir sin planeación, al “ahí se va”, que qué clase de futuro tenemos sin planificación y se horrorizarían de tanta dejadez de nuestra parte. Para mí fue muy revelador, y productivo, desenvolverme en su cultura un par de semanas.

Como lo he mencionado en varias ocasiones, estoy seguro que en una vida anterior fui nipón, porque tengo demasiadas coincidencias con su manera de percibir el mundo (tanto buenas como malas). El problema japonés es que ese compromiso llega a niveles poco sanos.

El estrés de la perfección (Suicidios y homicidios)

Los japoneses son perfeccionistas, cada cual es un Otaku para el tema de su interés. Esa obsesión, ese estrés, esa presión social de dar el máximo no cualquiera lo soporta, por eso el japonés suele ser disciplinado. Esa necesidad de ser perfectos, de no tener errores, llega a quebrar a uno que otro. Por eso hay quien enloquece y acaba asesinando sin ninguna razón aparente (en el metro, en la escuela, en el trabajo) a tantos como pueda o, los más honorables, acaban suicidándose porque el error ha marcado su vida.

Ese sentimiento se refleja en diversas obras, por eso mismo “Death Note” tuvo tanto éxito en Japón (y alrededor del mundo): por la posibilidad de matar a toda la sociedad si es que se te antoja. Y es que al japonés le atrae mucho el concepto del fin del mundo, por eso Gojira o “Godzilla” siempre tenía que destruir Tokio y sus alrededores (la analogía del japonés de  destruir el mundo). O series como Evangelion, enfocadas en el fin de la humanidad, también tiene tan buena aceptación.

De alguna manera el nipón está feliz de vivir en su sociedad pero, al mismo tiempo, la destruiría con mucho gusto ¿Por qué? Por la presión de mantenerla perfecta, aunque todos sabemos que la perfección no existe, de todas formas ellos intentan alcanzarla en cada oportunidad.

Esto genera que la presión social sea mucha, y por ende su resistencia puede tornarse frágil, a tal grado que la palabra “Suicidio” está vetada de los noticieros, ¿por qué? Porque se propaga como plaga y los japoneses se empiezan a suicidar en cadenita.

En porcentaje son relativamente pocos los suicidios, (tomando en cuenta que la población es de 125 millones), si se toma el número absoluto, es una cantidad alta. Por ello ya no se hacen públicas las cifras de suicidios, ni siquiera en Aokigahara, porque la gente se “emociona” y ése número empieza a dispararse.

Empleos en México
A pesar de toda esa presión, es notable la cantidad tan ínfima de personas que se “rinden”, lo cual nos habla de la disciplina y fortaleza de carácter que la vasta mayoría del pueblo nipón tiene, porque no es fácil vivir con la presión de ser perfectos, ese estrés constante mismo que, si no tienes una psique fuerte, puedes entrar en crisis en cualquier momento. Viendo eso, uno comprende por qué es tan fácil vivir en México: por la falta de presión.

Un ejemplo de cada extremo, si alguien en Japón pierde su empleo, por la deshonra hacia la familia, se suicida o deja todo atrás y se vuelve un vagabundo, sin nombre ni estatus, un paria social. En México nadie se inmuta, incluso si te corren por haber robado ya que, sin mayor esfuerzo, encuentras trabajo en otro lado, a pesar de que saben de tu falta. ¿Quién está en lo correcto? ¡Ninguno! Aunque, hay que admitir, hay mucho honor en el pueblo japonés (y mucha desfachatez en el mexicano).

¿Ordenados o dogmáticos?

Admiro su respeto, orden y limpieza pero, en ocasiones, exageran.
 
Nikko
Cerca de Harajuku pasé al banco para cambiar yenes, en la sucursal no había cliente alguno, así que me dirigí directamente a la caja. La señorita, muy educada eso sí, espero a que terminara de hablarle para decirme “Por favor tome un ticket con su turno”.

Me sentí extrañado, porque no había nadie, pero accedí a hacerlo. Una vez que tomé el ticket, ahora sí, me atendió. Lo mismo me pasó en una estación para comprar un boleto de Shinkansen: hasta que no tomé un turno, no me atendieron, aunque no haya habido nadie en la fila.
 
Cerezos en Kobe
Otro ejemplo me tocó cuando compre un refresco, sin hielo (a los japoneses parece que les encanta tomar todo con hielo), en lugar de llenarme el vaso, sólo me sirvieron la parte proporcional que me hubieran servido si lo hubieran hecho con hielo, así que me lo dejaron poco arriba de la mitad ¬_¬.

Otra situación que me tocó presenciar, en Himeji, mientras compraba una crepa, entraron unas españolas escandalosas, y pidieron un helado grande. Como lo iban a compartir, le pidieron una cucharita extra a la señorita, misma que les explico (en inglés) que no podía darles otra porque se les descuadraba el inventario.


Y aunque parecen graves faltas de sentido común, dentro de la lógica japonesa, ellos estaban actuando conforme a las reglas, y no lo hacían por fastidiar al cliente ya que, en realidad, tienen una actitud de servicio remarcable.

Servicio de calidad

Ignorando los ejemplos del apartado anterior, no debe de haber cultura más comprometida con la satisfacción del cliente que la japonesa. En Japón el brindar un buen servicio no es una obligación, sino un privilegio, y la gente lo expresa así en el ánimo, seriedad y profesionalismo con el cual te atienden.

En la isla no existe el concepto de propina, por dos razones: la primera es que ya está incluida en el costo que estás pagando pero, la más importante, el japonés está comprometido con su trabajo ¿Para qué pagar más por un buen servicio? Ese mismo que es su obligación dar. Recibir una propina es “insulting and unacceptable” para el nipón.


Y no sólo se brindan en el servicio, sino en sus productos, sin importar su costo. El ejemplo más evidente de esto lo ves en sus tiendas de 100 yenes, el equivalente a las tiendas de un dólar; en este tipo de tiendas, en otros países, sueles encontrar puras chucherías hechas en China y de pésima calidad (por eso son baratas).

En Japón la realidad es otra. Incluso en esas tiendas de bagatelas, la calidad de los productos es excelente, nunca verás una porquería mal hecha, y eso habla fuerte del compromiso que tienen hacia su propia cultura “¿Por qué te voy a vender basura cuando tú no mereces basura?”

De hecho no necesito ir muy lejos para corroborar ese compromiso, en Volkswagen tenemos altos estándares para liberar un auto, sin embargo, los que exportamos a Japón tienen las consideraciones de calidad más altas, incluso más que los propios alemanes. Los japoneses son muy estrictos con la calidad que merecen y la exigen a como dé lugar

No digo que no existan cosas chafas en Japón pero en verdad es MUY extraño encontrar algo que no cumpla con sus altos requerimientos. Los nipones son muy orgullosos de su trabajo y, algo mal hecho habla mucho de su creador, así que es una cuestión de honor ofrecer lo mejor posible.

Detalles de calidez

Tal vez el japonés sea un pueblo relativamente frío, sin embargo, al momento de atender al cliente son extremadamente atentos, amables y hasta efusivos. Siempre escucharás el clásico “Irasshaimase!” al entrar a cualquier negocio.

Mis favoritos eran los restaurantes pequeños, sin importar que fueran independientes o de alguna cadena como Yoshinoya, Ippudo, Mos Burger o la que quieran. Siempre alguien te recibe (casi gritando) “IRASSAHIAMASE!” y si está solo el lugar TODOS los empleados hasta se coordinan para que el grito sea al unísono y, por ende más impactante. Sientes una energía tan positiva que hasta comes con gusto.

Y no importaba si el lugar estaba a reventar, tampoco desmerecía el saludo ni la amabilidad, obviamente no será lo mismo cuando estás tú solo, pero tampoco te sientes desatendido.
 
En Las Vegas también hay buen servicio
Obviamente es parte de su trabajo, pero hay algo más: un auténtico gusto por atenderte, por hacer algo por ti, agradecerte porque los hayas elegido, no sólo es que te pidan que seas amable con el cliente. Sólo en Las Vegas experimenté algo parecido (aunque no al mismo nivel) con una atención tan profunda hacia mí como cliente.

Y no importaba el lugar, esa tendencia de cuidar cada detalle es omnipresente, así sea una simple dona en el 7-Eleven, porque siempre procuran envolvértelo como si fuera para regalo. Incluso veía sus miradas de decepción cuando les decía que así estaba bien, que no lo envolvieran tanto porque ya lo iba a usar o comer. Sin embargo, al ver el anhelo en sus ojos, los dejaba que terminaran su envoltorio que con tanto esmero hacían, al final lo iba a tirar de todos modos, pero para ellos es importante brindarse hasta en pequeños detalles como ése.

Eso es parte de la dicotomía japonesa: les encanta hacer algo por ti pero no quieren que te integres a su sociedad. Quieren que tengas una buena visita, y están agradecidos por ello, pero que no quieren que te quedes para toda la vida, como ya traté en el escrito dedicado a los extranjeros en Japón.
 
Kamakura
Lenguaje corporal y tono japonés

            Dice Paco, que ha vivido entre ellos más de una década, que los japoneses no tienen gracia para caminar, que son muy tetos e incluso burdos para desplazarse. De alguna manera debo de creerle ya que él lo tiene desmitificados, sin embargo, creo que hay algo más atrás.

            Creo que esa misma mesura que tiene para la vida, también se refleja en el lenguaje corporal, por ello el japonés es discreto para desplazarse, porque intenta economizar movimientos.

            Ciertamente no resultan elegantes al trasladarse pero tienen cierta gracia involuntaria, algo cautivador, algo tierno ¿Cómo lo sé? Porque al correr para ganarle a un semáforo, me descubrí haciéndolo como ellos.

Tal vez no lo hagan con gracia, pero sí con eficiencia, ya que suelen desplazarse muy rápido. Personalmente suelo caminar muy veloz y más cuando tengo tantos lugares por conocer pero, a pesar de llevar la versión “más” rápida de mi caminar, sólo resultaba el paso normal del nipón. Eso pasaba en las grandes urbes, en los lugares más pequeños no, porque caminaban un poquito menos rápido.

Pero no sólo es el lenguaje corporal, también el hablado. Y es que notas de inmediato es ese tono cantadito con el cual hablan, mismo al cual te acabas acostumbrando, incluso admirando, adorando e imitando. De hecho vas adoptando su manera de expresarse (cuando veía algo que me sorprendía ya decía “Waaa” igual que ellos y en el mismo tono).

A uno se le pegan muy rápido esas expresiones tan endémicas de ellos que pueden ser tachadas de inocentes o bobas pero, en el fondo, los envidias por esa limpieza con la que aún pueden expresarse.

Sentido de Pertenencia

Es natural que los acabes imitando, porque la cultura misma te empuja a mimetizarte con ellos, y es que hay un sentido de pertenencia en el ambiente que acabas adoptando quieras o no.

Dentro de su manera tan extraña de ver la vida, el japonés resulta ser muy empático, incluso cuando no lo hace de manera consciente. Por ejemplo, aunque caminábamos igual de rápido, trato de hacerlo a un ritmo de no seguir a nadie ni que nadie me siga (porque me cagan ambas situaciones mientras me desplazo).
 
A pesar de ello, era normal que encontrara a alguien que igualara mi paso y me siguiera una buena cantidad del camino. De no ser porque estaba en uno de los países más seguros del mundo, me hubiera preocupado y hubiera soltado mi paranoia.

Otro ejemplo, a veces sacaba foto de algún ángulo extraño, para luego darme cuenta que, momentos después, había un japonés intentando justamente la misma toma. Así que creo que tienen esa necesidad de pertenecer, de ser sociables con su entorno y empáticos.

Lo chistoso es que les gusta pertenecer, pero tampoco te quieren tan cerca.

Espacio personal

Este viaje me ayudó a corroborar que mi esencia es muy japonesa. En Japón la gente es amable y educada pero, de eso a que se vuelva cálida, les toma su tiempo. Ésa es una mala costumbre de los mexicanos, en donde pensamos que como nosotros somos cálidos, en el resto del mundo debe serlo, pero en la isla no es así.

Había un día en que me sentía algo triste de que la gente en Japón no fuera más amigable y calurosa pero, mientras reflexionaba sobre ello, había gente en México que me escribía de manera insistente, y los tenía que mandar a la chingada (de manera amable, eso sí) porque tenía cosas que hacer y no tenía tiempo para atenderlas. ¡Y ahí me di cuenta que soy como los japoneses! Porque al igual que ellos cuido mucho mi espacio, mi privacidad y mi tiempo, por lo que no me tiento el corazón al momento de cortar a alguien (Se dice que el que las hace no las consiente).

En el Castillo de Osaka
Cuando me di cuenta de ello, ya no tome la actitud japonesa como algo personal, y fui más comprensivo con su postura y hasta los quise más por ser como yo. Para bien o para mal, soy como ellos. También aprendí que no hay nada más revelador sobre tu realidad que tomarte una cucharada de tu propio chocolate.

Sentidos y Penosos

Lo malo es que no sólo tomo las cosas buenas de ellos, también las malas. Por ejemplo, en el 7-Eleven que me quedaba más cerca de la estación de Ichikawa, una vez compré una dona y el muchacho se equivocó con el cambio, por lo que casi se queda con mi billete de 1000 Yenes. Le hice evidente la situación y, aunque lo dudo un momento, me devolvió el billete.

Sé que el japonés es extremadamente honrado, así que el muchacho no lo hizo adrede, sin embargo, me sentí incómodo por la situación, así que después opté por comprar en un 7-Eleven diferente.

Eso fue por lo sentido, pero también los imitaba en lo penosos (o respetuoso, según el punto de vista). Por ejemplo en Nikkō, quería pasar al baño de la estación pero, aunque no había un letrero que prohibiera el paso, opte por no pasar porque lo estaban limpiando. De hecho la señora me decía ¡pásele! Pero, por respeto a su trabajo, me negué y me fui a buscar otro WC.

No tengo duda alguna que voy a llevar a Japón en mi sangre, sentimientos, ideología, esencia, principios, valores, creencias y demás, hasta el resto de mis días. Sin duda fui japonés en otra época y, en el fondo, sigo siéndolo con mucho orgullo, aunque ya no viva en ese maravilloso lugar, pero el anhelo de regresar siempre estará presente en mi ser.


Hebert Gutiérrez Morales.

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