miércoles, 14 de febrero de 2018

La Humanización de Japón

Al fondo el Monte Fuji y la Torii de Moto Hakone
Durante distintos puntos del viaje a Japón, me sentí agradecido de no haber ido en el 2002, como originalmente estaba planeado porque, en ese entonces, estaba tan idiotizado con la cultura japonesa que mi percepción del viaje hubiese sido (ciertamente) más maravillosa pero menos real. Es probable que hubiese enloquecido desde pisar el suelo nipón y, de alguna extraña manera, al estar tan extasiado, no lo hubiera disfrutado en plenitud de mis facultades.

Antes de atacar ese tema, voy a tratar unos temas misceláneos que me quedaron pendientes de escritos anteriores.

Ventajas de viajar solo

            Dentro de mis investigaciones previas a un viaje, me pongo a comparar paquetes ya armados que te ofrecen las agencias de viajes, así me doy una idea de los lugares más importantes a visitar, qué queda cerca de qué y los costos que ello implica. Es un benchmarking para ver lo que me voy a ahorrar, lo que voy a ver de más y lo que voy a aprovechar mi tiempo.

            Viendo mi itinerario me siento orgulloso porque, por lo menos, vi el doble que te ofrecían en paquetes de 14 días y he pagado mucho menos de la mitad. Obviamente me alivianó mucho que Paco me diera techo durante las dos semanas, además comprar la comida en centros comerciales te abarata costos, comer en lugares donde comen los locales también es práctico, en vez de lugares Fancy y/o turísticos.

            Viajar solo siempre es una ventaja competitiva a la que le saco mucho provecho, por la condición física que tengo y la libertad que eso implica. Al viajar por tu cuenta, comprendes que hacer Tours resulta ser un gran negocio (para las agencias, obvio). Eso sí, aunque ahorré dinero, tuve un precio mayor que pagar a nivel físico.

            Mis pobres piecitos

            En Japón no corrí, tenía un itinerario tan ambicioso que prefería empezar lo más temprano posible, y esas horas corriendo me iban a ser útiles. Por eso cuando veía gente trotando, mi anhelo por hacerlo crecía con los días, pero aunque no lo hice, sí camine mucho, bastante diría yo (terminaba con los pies destrozados a diario).

Durante el día estaba muy emocionado e ignoraba el dolor pero recordaba mi cansancio cuando subía o bajaba alguna de esas escaleras empinadas de algún templo o Castillo, ya que sentía el dolor en cada uno de los músculos.

            Lo mismo me pasaba cuando bajaba las escaleras en casa de Paco, mismas que estaban tan altas y estrechas que, al pisar de lado sólo escuchaba como tronaban mis metatarsos, los tobillos y las rodillas del cansancio acumulado en los días previos.
Nikko

            De hecho, tenía los pies tan destrozados que agradecía cuando tenía que quitarme los zapatos al entrar en algún templo, porque el piso frío hacía que mis pies sintieran algo de alivio.

            Sonidos e imágenes del recuerdo.

            A lo largo de disfrutar tantos años de obras japonesas, uno se va haciendo afín a los sonidos normales de su cultura, como lo son los cuervos, las cigarras, los sonidos del metro, los semáforos y demás. Así como ciertas expresiones guturales propias del pueblo japonés.

            Cada vez que escuchaba algo de ello durante el viaje, me daba una pequeña felicidad porque, tras años de escucharlos en una bocina, percibirlos en vivo te alegra el corazón por un hecho tan nimio.

            Y no creo que dichos sonidos sean únicos de Japón, pero como el ambiente es tan silencioso, al ser un pueblo tan mesurado, tienes posibilidad de captarlos, ya que no hay un ambiente escandaloso como en México donde escuchas ruido por todos lados.
            En cuanto a las imágenes, creo que es mi tesoro más preciado del viaje y es que, al verlas, me parecía increíble que hubiera visitado tan bellos lugares, lo bueno que me retraté en dichos sitios, sino hasta dudaría si alguien bajo las imágenes de internet. Qué bonito es cumplir los sueños y más bonito tener las evidencias de ello, y lo mejor fue estar consciente de todo lo que pasó y no tenerlo tan idealizado.
Sensouji

El Japón terrenal

Hubo alguien que me escribió diciendo “Tráeme lo que sea, aunque sea una piedra de Japón” cuando leí eso me quedé muy extrañado y, de no comprender el sentimiento de idealización de esa persona, hasta me hubiera asqueado. Sin embargo lo entendía, porque llegué a estar al mismo nivel de anhelo por dicha cultura.

Hace años estaba literalmente idiotizado con Japón, y los tenía por la cultura perfecta. Ahora que los he conocido, he comprobado que son un excelente país pero, como todos, también tienen sus defectos. Para mi fortuna, esa idealización se fue perdiendo así que, al ir a una edad más avanzada y con una visión más terrenal, resultaron ser todo lo que esperaba, aun siendo más reales.
Amo el Cosplay H_H

No es sano tener ilusiones de que algo o alguien va a mejorar tu existencia de inmediato como, por ejemplo, esa gente que es educada para creer que, una vez casado, su mundo va a ser automáticamente perfecto y completo. El problema es que cuando te casas y, tristemente, corroboras que no hay tal felicidad “automática” como te prometieron, te decepcionas cañón.

En mi caso, desde pequeño, tenía la ilusión que iba a ser muy feliz cuando visitara Japón, y ciertamente lo fui (y lo seguiré siendo), pero tu camino no se queda congelado en un punto, debes seguir adelante y experimentar cosas nuevas. Sigo siendo yo y, aunque ya no soy el mismo después de Japón, mi vida sigue siendo muy similar, obviamente mi esencia ya no es la misma, pero eso pasa en cada viaje porque, cada lugar nuevo que conozco, hace cambiar mi perspectiva del mundo y modifica levemente mi destino.
El Monte Fuji en Otorño

Ahora que he conocido parte de Japón, soy un poquito más consciente del mundo, ahora sé que son reales, que no son seres divinos, que hay gente productiva e improductiva, que también cometen errores y tienen sus cualidades, exactamente igual que el resto de países del mundo aunque, ciertamente, algunos están más desarrollados que otros y, obviamente, Japón está entre los más desarrollados. Son mejores que mi país en muchos aspectos y también son peores que nosotros en otros. Eso me regaló este viaje: más consciencia a través de desmitificar creencias arcaicas.

Y no es que los haya dejado de querer, de hecho, ahora que los he desmitificado, los quiero aún más ¿Por qué? Porque son reales, son de carne y hueso, viven en mi mundo. Ya vi como son, con todos los pros y contras, y sigo amando esta cultura con todo mi corazón.
La Pagoda en un Lienzo

La experiencia contra la teoría

Sin tener que ser un experto, llevo años empapándome de su cultura pero, por más conocimientos teóricos que tengas, por más exactos que sean, nunca será lo mismo que leas sobre los efectos de embriagarse a sentirlo en carne propia.

Las dos semanas en las que me sumergí en la cultura japonesa resultaron más ilustrativas y nutritivas que más de treinta años de estudios, clases, películas, programas, historietas, animaciones y demás.

Durante muchos años anhele vivir ahí, más cuando me sentía fuera de lugar en mi nación. Ése fue un objetivo que tenía muy presente al aprender el japonés, porque estaba plenamente convencido de que podría adaptarme a su estilo de vida en dos patadas (y creo que aún podría hacerlo relativamente fácil).

Sin embargo, tras años de evolución, tengo que admitir (aunque me resulté chocante) que vivo mejor en México, sobre todo con mi visión actual. Irónicamente, a partir de que viajo al extranjero, mi esencia se ha vuelto más mexicana al conocer lo que hay “allá afuera”. Y no quiere decir que lo que hay en otros lados es peor o mejor, simplemente es diferente, y al espejear dichas diferencias con mi patria, debo admitir que soy más mexicano de lo que creía, porque veo con otros ojos la cultura en la cual nací.
Castillo de Matsumoto

En el viaje confirmé que los japoneses son muy sui géneris o, en otras palabras, fascinantes, por lo que se necesita una personalidad especial para vivir entre ellos. Si alguien tiene lo necesario es Paco y, aunque lleva una década viviendo en Japón, admite que no tiene amigos japoneses, todas sus amistades son Gaijin radicados en la Isla. Como extranjero es difícil integrarse a su sociedad. Primero porque hay muchas restricciones para que migres a laborar a la Isla y, en segundo, porque socialmente no te van a acoger.

A pesar del tiempo, y lo que he cambiado en los últimos años, aún mantengo la esencia necesaria para vivir en la Isla, con la diferencia que ya no quiero. El ir de visita ha sido el mejor viaje de mi vida, pero también me sirvió para ver muchas cosas de cerca y corroborar que soy feliz en México. La cultura japonesa se volvió más terrenal ahora que la respiré y la he desmitificado. Y no quiere decir que la he dejado de amar, sólo se ha vuelto más real. Sin embargo, a pesar de todo esto, el golpe de la partida fue fuerte.

La noche en Los Ángeles.
Fushimi Inari Taisha

            Tras dos semanas de perfecto orden, ver todo el caos en el aeropuerto de Los Ángeles me impactó un poco, pero después me empecé a mentalizar de las ventajas de estar en mi continente además, casi casi, ya estaba en México, y es que Los Ángeles es la segunda ciudad con más mexicanos en el mundo, después de la capital mexicana.

            Pasé una noche en dicha urbe así que fui caminando, desde mi hotel, a una placita cercana en busca de algo para cenar. Mientras caminaba extrañaba las calles bonitas japonesas, y no me refiero a Ginza, Omotesando o cualquier otra zona turística o comercial de la Isla; en realidad, las calles normales, esas en donde vive la gente, son vías muy lindas. Personalmente encontraba encantador el camino de la estación de Ichikawa a casa de Paco, porque las calles eran limpias, bonitas y con detallitos de buen gusto.

            Ciertamente en Estados Unidos las calles son amplias y, a su estilo, llamativas, pero no son Kawaii como las japonesas. Incluso llegue a ver un papelito en la calle (y conste que Estados Unidos es mucho más limpio que México), pero dicho papelito bastó para recordarme que en mis dos semanas en la isla NUNCA vi uno solo en la calle, y no exagero, no vi ni uno. Después de dos semanas en una cultura tan bonita, cuando la dejas atrás, tienes un gran vacío en el pecho, y solo te queda admitir que el sueño se acabó.

            Cuando entré al Carl’s Jr. extrañé a la gente del Yoshinoya con su enérgico y animado “Irasshaimase!” en donde me sentía en verdad muy bien recibido. En cambio tenía un muchacho con cara de fastidio, el cual parecía que me hiciese el favor de tomar mi orden y, lo que es peor, todavía esperaba propina.
Mi México

            Me encontré un bote de basura en el camino, y recordé mis tontas quejas de los primeros días en donde no había ninguno. Con el paso de las jornadas en Japón me dejé de quejar y me adapté a generar pocos desperdicios y llevarlos conmigo. El encontrar un bote ahora me indignaba “¿Por qué la gente no se puede hacer cargo de su basura?” Y recordé que de este lado del mundo ya no nos hacemos responsables de la cantidad de desechos que generamos, ni tenemos esa actitud tan disciplinada al reciclaje.

            En una sentada en Carl’s Jr. había generado más basura que lo que generaba en tres días en Japón. Y eso que me vi mesurado, porque los gringos de al lado generaron una montaña obscena de desperdicios y lo veían de la forma más natural.

            Extrañé todo el orden, la limpieza, el respeto y, sobre cualquier otra cosa, extrañé la sensación de seguridad que siempre tienes y la estética Kawaii que tiene todo por allá, el buen gusto que tiene el japonés para vivir.
El Sakura en Kioto

            Obviamente Los Ángeles tampoco es la ciudad más elegante de Estados Unidos, si hubiera llegado a San Francisco o Chicago, seguramente el impacto hubiese sido menor, pero de todas formas iba a existir, porque no hay nada igual a Japón. Conozco a los gringos, no me asusto, sé cómo son y cómo piensan, de a poco he aprendido a aceptarlos, así que no me quedó de otra que cambiar el chip y recordar que aquí no son tan amables.

            Ya tenía tiempo que no sufría esa depresión regresando de un viaje, una nostalgia profunda. Pero no me debió haber sorprendido, casi lo debí haber previsto, sobre todo con un viaje para el cual espere décadas para realizarlo.

            Intenté animarme con el hecho de haber logrado el viaje más importante de mi existencia, y me sentía afortunado por hacerlo antes de morirme, ya que hubiera sido muy triste fenecer sin haber ido a Japón. Obviamente van a haber muchos otros lugares maravillosos que conoceré en el futuro, pero el hecho de haber conocido el país del Sol naciente fue un parteaguas para mí, aunque sé que ya nada volverá a ser igual, ya no puedo ser el mismo de antes. Ahora mi forma de ver el mundo es diferente y todo se lo debo a esas dos maravillosas semanas, y a todos los años que me preparé para dicha visita.
Bajo la mirada celosa de un Tengu

Me cayó el veinte de lo maravilloso que había sido este viaje hasta el siguiente Lunes en la mañana, ya manejando hacia el trabajo, me conmoví tanto que me puse a llorar de la felicidad, de la emoción y de sentirme tan afortunado de haber hecho mi sueño realidad. Fui consciente que la vida es efímera, que en verdad pocas cosas valen la pena y el viajar y tener experiencias es de lo poco que tiene sentido en nuestro paso por este mundo.

Pero la depresión me duró un buen rato, como lo comentaré en el siguiente ensayo, con el cual cierro esta serie de escritos y que recomiendo, ampliamente, no leer. Sin embargo, si el morbo les gana, pueden leer dicho escrito en esta liga.

Hebert Gutiérrez Morales.

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