domingo, 4 de marzo de 2018

La Trampa del Matrimonio (Parte 1 de 3: Los antecedentes)

            Advertencia: Si usted es de esas personas que cree que el matrimonio es la institución más maravillosa de la humanidad, no lea esta trilogía. Si a usted le cuesta digerir opiniones incómodas, contrarias a la mayoría, no lea esta serie de ensayos. Si usted cree que los finales Disney son factibles en donde “fueron felices para siempre” ¡Por Dios! Hágame el favor dejar este blog y no vuelva jamás ¬_¬.

Al final sé que van a leerlos, por esa naturaleza morbosa de hacer lo que se nos dice que no hagamos, pero dicen que bajo advertencia no hay engaño. Así que si va a seguir leyendo, será bajo su propio riesgo.

            Los antecedentes del amargado que escribe esto.

            Antes de iniciar, por si usted es nuevo en el blog, una breve introducción sobre el sujeto que escribe esto y sobre el tema que va a tratar: Mis padres están divorciados, mismos que se volvieron a casar y, de haber sido honestos consigo mismos, en lugar de seguir los lineamientos de una sociedad de apariencias, se debieron separar de sus segundos matrimonios. Supongo que el pudor, de no quedar como pendejos, ha pesado más en su decisión de mantenerse esas relaciones, que los hacen miserables, en lugar de terminarlas.

Siguiendo su ejemplo, me casé con una mujer que era la menos indicada para mí (en verdad es difícil encontrar alguien más incompatible conmigo), misma que venía de un divorcio previo y que, por lo mismo, no se quería separar de mí ¿Acaso me amaba mucho? Nop, yo le valía madres, simplemente no quería cargar con el estigma de ser dos veces divorciada en una sociedad tan “intachable”.

Adicionalmente a lo que he vivido como hijo, esposo y padrastro (mi exbrujer traía una hija de su primer matrimonio), también sirvo de confidente para mucha gente casada, quienes me confiesan sus sufrimientos y, en más de una ocasión me han dicho “¡No sabes lo feliz que eres por estar soltero!” a lo que les contesto “¡Sí lo sé! ¡Porque ya estuve una vez casado y (fuera de algunos traumas) pude salir ileso!”.

Por eso escribo esto, porque me hubiera gustado leer algo así antes de casarme. Lo más probable es que, de todas formas, me hubiera casado porque estaba bien pendejo, y no por enamoramiento, sino por programaciones sociales que te agobian desde joven. Pero igual y el texto le puede servir a alguien al que aún le quede algo de sentido común.

Considerando todo lo que he pasado, aunado a lo que los demás me comparten, es como voy a escribir esto: sobre la base de mi experiencia. Así que es mi opinión y me vale pito lo que digan los demás . . . . ejem . . . . corrijamos . . . . . lo que el presidente quiso decir es  . . . . ésta sólo es mi opinión y hay tantas realidades como humanos que las viven.

Y sí, antes de que lo digan y desahoguen sus traumas conmigo (como yo lo haré con ustedes), efectivamente, mi opinión puede estar sesgada dado que mis vivencias no han sido positivas, pero ésa es la ventaja de ser un blog independiente, gratuito y personal: no tengo la obligación de quedar bien con nadie y, aun así, intentaré ser ecuánime con mis argumentos.

Así que empecemos con una sencilla pregunta ¿Para qué se inventó el Matrimonio? Porque sí, alguien lo creó, ya que no es parte de nuestra naturaleza.

La función del matrimonio

            La necesidad de casarse es producto de siglos de educación retrograda, basados en una idea que en un inicio fue (relativamente) válida. El matrimonio fue un invento muy útil de los círculos del poder (Gobierno y religión en aquel entonces), ya que era un sistema de control que “amarraba” al hombre a una familia, a una casa y a una localidad. Y es que, antes de crear el matrimonio, no había nada que impidiera a un hombre irse a otra población a reproducirse e iniciar otra vida (ahora también lo puede hacer, pero le costara un poquito más de trabajo).

            Aunque se vea como una medida moral (la Iglesia, en complicidad con el Gobierno, lo plantea así), en realidad se hizo por cuestiones monetarias. Cuando le asignabas al hombre una familia de la cual hacerse responsable, era más fácil de controlar.

El matrimonio nació como una especie de proteccionismo económico, diseñado para la administración de bienes y la división de tareas, mismo que le sirvió al gobierno para cobrar impuestos y controlar mejor a la población, porque coartaba la libertad del hombre y aseguraba su fuerza laboral para las propias tierras.

            Gobierno e Iglesia llenaban sus arcas (a través de impuestos o diezmos), provenientes de gente encadenada a una propiedad y a un trabajo que forzosamente requería, ya que debía cubrir las necesidades familiares. La religión aseguraba más eventos más feligreses, más limosnas y más influencia sobre la población. Además de, en teoría, tener una sociedad más moral, así como la preservación de la raza humana.

Ése fue el nacimiento de este invento que tantos sufrimientos crea además de perpetuar frustraciones pero que, a fuerza de repetición, se ha vuelto algo incuestionable y deseable para “realizarte” en esta sociedad. Sin importar que expongas las desventajas que eso acarrea, la gente (mayoritariamente las mujeres) siguen anhelando casarse.

Sin embargo este invento no es del todo inútil ya que, como se planteó en un inicio, sirve para mantener cierto orden social. El matrimonio no es natural ni ideal pero, viendo el nivel de pendejez humana, es la mejor solución disponible (a menos que tomaran en cuenta mi propuesta, misma que pueden leer en esta liga). Ya que, si no hubiera un control, y se les dejara el camino libre para cambiar de manera constante de pareja y procrear hijos, este mundo sería aún más caótico de lo que ya es.

            Casarse sirve para aplicar límites sociales y morales, imperfectos pero controles a fin de cuentas. Sin el matrimonio habría una auténtica pachanga llena de libertinaje, porque sólo seres muy avanzados, maduros y conscientes podrían vivir en pareja sin ataduras legales, y esos casos son los menos. No cuenta el concubinato o unión libre, porque los derechos son los mismos que el matrimonio, así que casi es lo mismo (aunque la unión libre tiene otras ventajas psicológicas que me parecen atractivas contra la unión clásica).

De los instintos voy a hablar dos apartados adelante, pero ahora, pasemos al efecto social del matrimonio, cuya idea se ha tatuado en el inconsciente colectivo.

La presión social previa
           
En una ocasión, es una discusión acalorada con la (loca) esposa de un amigo, sacó un comentario bastante curioso “¡Pobrecito! Es que estás solo y no tienes a nadie”. Comentario que me hizo mucha gracia ya que, con alguien más hubiese calado hondo, pero a mí sólo me dio armas para contraatacar y exponer todas las ventajas de estar solo, entre ellas la más importante: la paz (algo de lo que carece mi amigo al estar atado a una mujer tan conflictiva). Este caso lo retomaré en el segundo escrito.

            Independientemente de la paz, el comentario de la mujer me dejo claro que hay una idea tatuada en el inconsciente colectivo de la fémina mexicana, por lo menos de la del centro: si no estás en pareja, no estás realizada, tu existencia no vale.

Aunque, siendo justos, también está en la programación masculina, ya que tomamos el matrimonio como medida de valor para determinar el atractivo femenino, porque no es lo mismo decir “Quiero esa mujer sólo para la cochinada” que decir “Con ésa sí me caso”, lo cual denota que es más valiosa y atractiva en nuestro “tabulador”, digna para sacrificar nuestra libertad y atarnos a ella.

Pero en este entierro, todos tienen vela, ya que nadie se salva de los comentarios agobiantes de las tías metiches y amistades nocivas, sobre todo al llegar a cierta edad sin pareja: “Si te tardas más vas a tener nietos en lugar de hijos” “¿Acaso eres gay?” “¿Tan bonita y sin novio?” y demás muestras de acoso que demuestran que la estúpida sociedad está programada a la creencia que la única felicidad es a través de la pareja.

No sólo son la familia y los amigos, los medios de comunicación también forman parte de este acoso para que te valides a través de matrimonio, esto sin importar todos los hechos, los argumentos, las vivencias y demás: la gente va a seguir anhelando casarse.

Dicho deseo te lo alimentan con películas pendejas, series ridículas, música sentimentaloide y demás formas de manipulación para generar más ingresos. Porque sí, los medios aprovechan ese anhelo para vender más, sin importar el efecto en su público, ellos prefieren seguir alimentando esa necesidad que cada vez crece más y que ignora el sufrimiento de las evidencias. Porque no es casualidad que las canciones que hablan de la “Miseria de estar sin ti” son mucho más representativas que las pocas canciones que hablan de la “Miseria de estar contigo”

El matrimonio está tan arraigado en nuestro inconsciente que se ha convertido en una medida de valor en la sociedad, un estatus social deseado para validarte ante los demás, una especie de requisito para alcanzar la trascendencia y el respeto ajeno. Y es que, desde que naces, constantemente estás recibiendo el mensaje que es necesario casarte para “triunfar” como humano, porque vas a conseguir un hogar estable con una bonita familia. Todo producto de creencias, costumbres, educación y valores, presión social y familiar.

La sociedad está programada, a todos los niveles, a creer que la única forma de encontrar la felicidad sólo se da mediante una pareja. Si aunamos el anhelo de ser feliz, con la presión social para que lo hagas, es casi imposible que alguien salga “limpio” y la mayoría optan por casarse, sin importar que las condiciones no sean las ideales. Y si hay grietas en la unión, es más fácil que los poderosos instintos vengan a reclamar lo suyo.

Instintos humanos

Uno de los puntos más fuertes para cuestionar al matrimonio es la naturaleza humana y es que el homínido no es monógamo, así que constantemente debe pelear con sus instintos animales para mantener funcionando ese parche social que le han impuesto.

            El matrimonio es antinatural, tanto como querer convertir a un León en herbívoro ¿por qué? Porque la monogamia no forma parte de los instintos humanos, mismo que es polígamo por naturaleza. Así que imponer algo (matrimonio) que va en contra de la esencia humana (poligamia), por más prejuicios y apariencias que te achaquen, eventualmente la naturaleza va a encontrar una válvula de escape, que se traduce en infidelidad, violencia o abandono, entre otras.

            Volviendo al León, es factible (por necesidad) que pueda sobrevivir como vegetariano pero, eventualmente, sus instintos le van a pedir carne, y las oportunidades sobran. Así que te escapas para saciar tu antojo, y después volver a tu vida vegetariana o, de plano, te dejas de mustiedades y/o apariencias y sigues comiendo carne de manera alegre.

            Cuando una sociedad te exige ser algo distinto a lo que eres, sólo ocasionas sufrimiento y obligas a sus integrantes a actuar en la clandestinidad para encontrar algo de satisfacción. Irónicamente estar junto a alguien todo el tiempo puede resultar contraproducente porque, a la primera tentación que se te presente, te puede parecer MUY deseable, por el simple hecho de la restricción con la que vives.

            Es por ello que, al casarte, los celos se disparan, porque (según la ley) el papelito te da un derecho de exclusividad, y eso lo resiente la otra parte que, al ver limitada su libertad, le empieza a entrar una ansiedad por ella, así no haya sido promiscuo antes de la unión. De hecho mucha gente considera que si no hay infidelidad sexual, el matrimonio se podría considerar exitoso, sin importar que haya faltas de respeto de otra índole.

            Pero no todos los instintos son enemigos del matrimonio, porque éste se basa en uno vital para sustentar su valía, como lo es esa necesidad de reproducirse, ya que no basta con amarrarte a una persona, sino también engendrar para estar doblemente comprometido.

            Así que se aprovechan de la necesidad de relacionarse y reproducirse para validar el matrimonio, el problema es que más que mantener la raza ahora nos hemos puesto en riesgo a nosotros mismos. Y es que todos los problemas de la sobrepoblación se originan por toda la gente se reproduce sin sentido, por lo que la calidad del humano actual está bastante diluida, dando resultado que la mayoría de los homínidos son (¿somos?) detestables, despreciables y, en resumen, una bola de pendejos.

Pero hay otro instinto MUY poderoso, que ha propiciado el deseo por casarse, y del cual se han aprovechado las instituciones que lo promueven para validar la unión matrimonial ante cada uno de nosotros. A pesar del deseo carnal que nos invade, son pocos los que quisieran vivir permanentemente en una comuna con otras parejas y practicar sexo libre, esto por educación pero también por esa ilusión y/o apendejamiento (enamoramiento) que nos hace anhelar a una sola persona.

El enamoramiento como arma principal

            No importan todos los argumentos válidos existentes, si te enamoras, vale madre todo, aunque estés consciente de todas las desventajas ¿Cómo lo sé? Porque todo esto que les he compartido (y que les voy a compartir) ya lo sabía antes de conocer a Nadia y cuando llegó, el enamoramiento me estupidizó a tal grado que anhelaba casarme y tener hijos.

            El enamoramiento anula todo sentido común, toda lógica y toda sabiduría previa, te avientas al vacío sin importarte nada más. La llegada de Nadia me tomó desprevenido porque nunca pensé que uno se enamore con tanta potencia por segunda vez. Pero comprobé que no importa cuanta experiencia o años te cargues, cuando te enamoras, es como si fueras otra vez adolescente.

            Los círculos del poder han sido astutos y saben que el enamoramiento nos va a pegar, cuando menos, una vez en la vida, así que te tatúan la idea de querer a esa persona “para siempre” y que mejor manera de lograr esa exclusividad a través del matrimonio. Es por eso que cuando uno se enamora anhela estar con esa persona el resto de sus vidas, a través de la herramienta socialmente aceptada y deseada: casarse. Así que amor, en el inconsciente colectivo, es igual a matrimonio.

            Y te casas, con toda la ilusión, toda la alegría, toda la potencia de sentimientos que te embriagan a niveles de una droga. Se sienten poderosos, que pueden contra el mundo, que su amor es invencible y que va a durar para siempre. Con ese sentimiento de plenitud y perfección uno se embarca con gusto en cualquier compromiso y firma lo que sea.

            Con el tiempo ese efecto embriagante del enamoramiento pasa y, con él, toda esa plenitud y sentimiento de omnipotencia. El amor acaba por extinguirse y, cuando te das cuenta, ya estás casado y con hijos, así que más te vale haberte enganchado con alguien acorde a tus intereses para que, por lo menos, no sufras tanto.

            Aunque ya no estoy enamorado, tengo muy presentes las expectativas que dicho sentimiento creó en mi ser, y en el de muchos, por lo cual la gente anhela casarse: para cumplir sus “sueños”.

Expectativas egoístas

La sociedad se aprovecha de esa ilusión de enamorarse, para que desees casarte y, así, vayas haciendo planes para cuando encuentres al amor de tu vida. Con tanta expectativa que te creas (y te crean) a lo largo los años, vas acarreando una agenda para cuando te cases: planes y objetivos que quieres alcanzar pero, normalmente, la otra persona también trae sus propios planes y objetivos de lo que espera al casarse. Cuando no coinciden en lo que quieren, llegan al punto en que están juntos pero sienten una soledad en extremo profunda preguntándose “¿Pero qué salió mal? Esto no se supone que debía ser así”.

Aunque los que se casan (en la mayoría de los casos) son adultos, acarrean deseos infantiles que se fijaron desde casa. Anhelos egoístas que no tomaban en cuenta los sentimientos y deseos de la otra persona, porque queremos que el matrimonio salga conforme a nuestros planes y el otro integrante debe de estar de acuerdo con eso, el problema es que la otra persona también trae su “plan perfecto”

Por ello el matrimonio no sirve para gente egoísta porque, para que funcione hay que hacer sacrificios inteligentes para un bien mayor, ¿Por qué se han disparado los divorcios año con año? Porque vivimos en los tiempos más ególatras de la humanidad.

Así que uno opta por divorciarse ya que, al ver sólo sacrificios sin ganancias de retorno, eventualmente te cansas y acabas por llevarse lo poco que queda de la gran inversión que hiciste (en todos los aspectos) retirándote a lamer tus heridas y tratar de entender que salió mal. Esto sólo algunos, porque otros no aprenden y buscan otra víctima/cómplice para “ahora sí” llevar a cabo ese “plan perfecto”

Es tal el anhelo de cumplir ese “plan perfecto” que anula el de sentido común al casarse. Menciono esto porque conozco una pareja que se casó sin siquiera vivir en la misma población, pero como llevaban años de relación a distancia, se casaron aunque no vivieran juntos, y no puedo encontrar algo más estúpido: ¿Por qué casarte con alguien que no conoces? Es más, ni siquiera están aprendiendo a conocerse después del matrimonio.

Y volvemos al tema, su egoísmo es tal que ninguno de los dos puede renunciar a sus objetivos individuales con tal de empezar a mantener la relación en un solo lugar y, entonces, ¿para que se casan si nadie es capaz de sacrificar? Obvio TODOS tenemos derecho a mantener nuestros egoístas intereses, de hecho creo que es sano para tu alma y amor propio, lo que critico es que se casen cuando tienen esa actitud.

Pero todo recae en esa promesa de que, en cuanto te cases, todos tus problemas serán mágicamente solucionados, de la cual hablaré en el siguiente escrito, mismo que pueden leer en esta liga.

Hebert Gutiérrez Morales.

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