domingo, 4 de marzo de 2018

La Trampa del Matrimonio (Parte 3 de 3: No todo está perdido)

           “Al comienzo uno adora y el otro se deja adorar. Gradualmente, el humilde irá manipulando al orgulloso hasta acabar dirigiéndolo. Y un día, habiendo adquirido la seguridad necesaria, demolerá el pedestal del ídolo para hacerlo caer. ‘Ahora yo soy tú y tú eres yo, y por eso te desprecio. Encontraré a otro que merezca mi admiración’” – Alejandro Jodorowsky

            En el escrito anterior, que pueden leer en esta liga, comentaba sobre esa práctica que tienen muchas parejas para fingir una felicidad que no sienten. Ese teatro puede resultar muy desgastante, sobre todo cuando no hay sobre qué sustentarlo.

La desilusión
           
                                
Cada par de meses, invariablemente, alguien se me acerca, hombre o mujer, y conociendo mis puntos de vista y estilo de vida, se sienten en confianza para desahogarse de manera honesta respecto a su relación. Normalmente vienen hartos y/o desilusionados de la vida marital, y es que se dan cuenta de que no es lo que creían que era, que no es la solución mágica a sus problemas personales o existenciales, que el sacrificio es mucho y las ganancias pocas.

La desilusión es mayor porque tampoco es el pase a la felicidad automática que todos te venden (porque nadie quiere quedar como pendejo y repite lo que los demás dicen para mantener las apariencias), Y justo ahí es cuando se empiezan a cuestionar si en verdad valió la pena ese paso para el cual te educaron desde pequeño.

A diferencia de lo que puedan creer, trato de ser ecuánime con ellos, no les doy la razón ni tampoco las desmiento, simplemente me limitó a escuchar y, cuando es requerido, a realizar alguna pregunta concreta que facilite el desahogo que requieren. Creo que de todos los que vienen a “confesarse” conmigo, la mitad se acaban divorciando y la otra mitad me llegan con justificaciones para mantener su matrimonio (mismas que no pido porque no es mi problema). Supongo que me dan esas explicaciones no solicitadas porque tienen más pena consigo mismos que conmigo.

Sin embargo no me extraña porque la gente, normalmente, no le gusta escuchar la verdad, sobre todo si es una verdad “fea”, caso contrario, la gente prefiere muchas veces las “bonitas” mentiras para mantener viva su ilusión.

El problema de alimentar las creencias, durante casi toda su vida, que su existencia se va a tornar perfecta el día que se casen, viene una desilusión enorme al ver que su existencia no se torna maravillosa y, en muchos casos, se vuelve más ordinaria a comparación de cuando estaban solos.

La paz del soltero

El año pasado fui a un curso titulado “Equilibrio de vida” en la que la mayoría de las asistentes estaban casados y con hijos. El común denominador entre ellos eran las constantes quejas al no tener tiempo, ni dinero, ni libertad, ni identidad, todos estaban agobiados en obligaciones sociales, económicas y familiares. Pero eso sí, todos se decían “muy felices” en familia ó_O

Estas personas, que alguna vez fueron solteros, jóvenes e independientes, se dieron cuenta que cayeron en una trampa sin salida y, lo que es peor, fue de manera voluntaria. Se quejan que ahora no tienen recursos ni la plenitud que antes gozaban, como su individualidad e identidad, porque ahora existen en función a alguien más (trabajo, pareja, hijos, etc) y es que, al empezar a tener familia dejaron de ser ellos.

Esas mismas personas me cuestionaron sobre mi vida y sin empacho les conté que viajo, escribo, corro, que duermo bien, que tengo paz, espacio y dispongo de todo mi tiempo libre. Esas afirmaciones me ganaron miradas de envidia y de anhelo, pero no es mi pedo que ellos se hayan metido en eso. Eso que sufren es el costo de casarse y muchos, en el fondo o de manera discreta, se preguntan ¿Para qué casarse? ¿En verdad esto es todo? ¿Dónde está el maravilloso mundo que me prometieron?

La separación

Nadie se casa pensando en el divorcio (bueno, casi nadie), y así como nos creemos inmunes a la muerte, aunque sabemos que vamos a morir, lo mismo pasa con el matrimonio.

Actualmente estoy pendejo pero, cuando me casé, en verdad lo estaba más, pero es que es casi imposible escapar de esa trampa. Mi enlace no debió darse en primer lugar, pero con lo poco asertivo y seguro que era en esa época, aunque me di cuenta del error, no lo pude evitar.

El proceso de divorcio no fue especialmente difícil y, aun así, resultó moralmente desgastante ya que, a nivel social, son muchos los cuestionamientos, comentarios y explicaciones que debes escuchar y dar, porque para la Sociedad representa una derrota a su institución “estrella” y, cuando te divorcias, es como una especie de traición a todo el mundo que te rodea, ya que los has defraudado (como si ellos fuesen a solventar todos tus pedos en casa). Cabe aclarar que tu felicidad y plenitud vale madres, porque no tienes derecho a ser feliz de otra forma que no sea el matrimonio.

Por fortuna “sólo” salí con traumas psicológicos del matrimonio pero de haber tenido hijos el tormento hubiese continuado. Me considero afortunado porque hay muchos que, por más que quieran, ya no pueden salir de la trampa (o no los dejan salir), aunque se den cuenta del error.

Personalmente tuve suerte, ya que mi exbrujer era totalmente incompatible conmigo, así que la miseria que experimenté era insostenible, así que una de dos: o nos divorciábamos o nos asesinábamos. Y vaya que debía ser algo muy malo para enfrentarnos a las presiones sociales, psicológicas, religiosas, familiares y demás gente que cree que tiene el derecho de opinar sobre tu relación.

No es fácil divorciarse, sin importar que tanto odies a la persona con la que te casaste porque, al final, no deja de ser un fracaso en tu vida, y más cuando te han programado para ello desde la infancia. Pero eso sí, es mejor divorciarse que mantenerse en una relación que te hace miserable.

A los que les va peor: se quedan casados.

La gran mayoría de los matrimonios infelices se mantiene unido por dependencia emocional, no tanto por amor  ya que, si lo sintieran (ya no digamos por el otro, sino por ellos mismos) ya habrían acabado con dicho sufrimiento desde hace mucho tiempo.

A pesar de todo lo destructivo que fue mi fallido matrimonio, cuando se fue mi exbrujer, me sentí triste, y es que una parte de mí anhelaba la compañía. Justo ése es uno de los pilares de matrimonio: la costumbre de la compañía, así seamos miserables, alguien nos acompaña, por eso optamos por quedarnos en esa relación destructiva, en lugar de arriesgarnos a estar solos: “Pero ¿Y si soy más miserable?” es el pensamiento que nos embarga y nos acobarda para seguir adelante por nuestra propia cuenta.

Muchos no quieren dejarlo “por todo lo que ya han invertido en él” pero, por experiencia propia les digo que no vale la pena. No importa lo que ya hayas dado, no sigas haciendo tu vida miserable en espera a cobrarte deudas contra aquella persona junto a la cual has sido infeliz, porque no te va a compensar, de hecho, esa persona también es infeliz a tu lado y tampoco se aleja por la misma razón que tú.

Por ello es mejor irte con la “deuda” de ser el malvado, el intransigente, el egoísta y demás etiquetas que te coloca la sociedad, familia, amigos, conocidos y demás gente que no tienen nada que ver con ustedes pero, sobre todo del(a) “afectado(a)” porque, ciertamente, su nivel de inmadurez e inconsciencia va a pintarte como el(la) malvado(a), responsable de que todo terminara. ¿Qué cómo sé que es un(a) inmaduro(a) e inconsciente? Porque alguien centrado y maduro no permite que la relación llegue a los limites autodestructivos que te orillan a terminarla de manera tan abrupta.

Me da miedo imaginar que si hubiera habido algo de empatía entre nosotros, no tengo la menor duda, seguiríamos casados y ampliamente miserables, pero no tan grande como para acabar con ese suplicio, ya que el “qué dirán” parece una losa mucho más pesada que soportar las diferencias obscenas de una persona que en lugar de hacerte mejor, te hace sacar lo peor de ti. Y es que para la sociedad parece que no hay pecado más grande que romper lo que “debería ser”, por ir en contra de su Status Quo y no acatar la identidad o rol que te han asignado una vez que se casas.

¿Cómo sí funcionaría el matrimonio?

Como muchas cosas en este mundo, el matrimonio es un concepto interesante y, dentro de todo, si es bien aplicado puede resultar muy provechoso. Sin embargo está pensado para seres maduros, que tienen un conocimiento de sus emociones e instintos bastante profundo y que son lo suficientemente honestos para llevarlo con respeto y de manera productiva.

Esa definición de humano productivo es más la excepción que a regla. Y ahí está el detalle de tanto sufrimiento, porque se nos educa a todos para que nos casemos, como si fuese el único camino comprobado a la (supuesta) felicidad. Y es que para ser comprometido, sin procrear hijos, sin apegos, sin relaciones destructivas, se requiere de un desarrollo personal alto, que menos del 5% de la población mundial tiene (y creo que estoy siendo muy generoso con la cifra).

Es irónico pero si la gente no le diera tanta importancia, creo que el matrimonio tendría más éxito. Pero es tanta la expectativa, la carga emocional, el valor social que hay muchos años de dogmatización de por medio, por eso estás bajo el escrutinio constante de propios y extraños, viendo qué haces bien y qué haces mal.

Si no se tatuara la etiqueta de “para siempre” y con ella chantajear a alguien para quedarse a tu lado, aún en contra de su voluntad, habría mejores resultados. “Pero es que me prometiste amarme para siempre” es una frase tan estúpida como que alguien te prometa vivir hasta la eternidad.

Los humanos utilizamos el “para siempre” con tanta facilidad porque no lo entendemos, y ¿cómo lo vamos a entender si nuestras vidas son efímeras? Y no hay nada más efímero como un sentimiento, no podemos prometer que algo tan cambiante se mantenga sin cambios. Si tomáramos la unión matrimonial como una especie de “sociedad” en la que la postura sea ganar-ganar en lugar de la de dueño-posesión, en la que el objetivo sea vivir mejor juntos que separados, otro gallo nos cantaría y habría menos sufrimiento.

Además de extirpar el elemento incómodo de la obligación de “amarte para siempre”, algo que nadie puede cumplir estando al lado de alguien todo el tiempo (el único amor eterno, como ya explique en este otro escrito, es aquel que se quedó en anhelo y que podemos idealizar el resto de nuestras vidas).

Cuando hay una postura madura de “Tengo un compromiso contigo y haré lo que pueda para que salgamos adelante, porque eso a mí también me hace bien” y con esa misma madurez, si la sociedad no funciona, tener los huevos de decir “¿Sabes algo? Esto no funciona y sólo nos estamos dañando, mejor cada cual sigue su camino”.

Pero hay tres factores que no dejan que funcione la sociedad marital: A) A la mayoría de la gente le cuesta ser honesta, B) ya no digamos madura y, lo que es peor, C) Como hicieron promesas profundas en pleno enamoramiento que iban a  amarte para siempre, les acaba dando pena “desdecirse”, además que ratificaron esa promesa ante “Dios” así como toda su familia y amigos (o sea, te vas a quemar bien gacho si te alejas de tu matrimonio).

Así que la gente se mantiene casada, pero poniendo el cuerno, golpeándose, insultándose y haciéndose la vida imposible el resto de sus vidas, llegando el punto en que no se van a separar “para no darle el gusto a la otra persona y se termine de joder”, aunque eso signifique que mi propia existencia siga siendo una mierda al lado de mi victima/verdugo. Es increíble como destruir tu vida y potencial felicidad sea más fácil que asumir un error ante la pareja, la sociedad y, sobretodo, con uno mismo. Preferimos morir de tristeza antes que atrevernos a aceptar nuestro error.

            El amor sustentable

Sin embargo, sí existe un amor sustentable, ojo NO eterno. ¿Y cómo lo sé? Porque lo he experimentado a diario, pero no con una persona.

Todos los días vamos al “Buffet de Doña Ale”, un lugar en donde la comida es deliciosa, de excelente calidad y a un precio irrisorio ($55). Tenemos dos años yendo casi todos los días y, sin excepción, en cada ocasión siempre estamos sorprendiéndonos de las delicias que degustamos. Independientemente de que la señora es una cocinera dotada con una sazón increíble, hay razones para que, a pesar del tiempo, nos siga encantando.

A)    Variedad:

Todos los días hay platos bases (cochinita, albóndigas, bisteces, etc), además de que cada día hay algún platillo (los llamo yo) “Premium” (empanadas, hamburguesas, platanitos fritos, milanesas, chalupitas y demás).

Así que todos los días comemos platillos base y especiales, lo cual nos hace más placentero ir porque, si hubiera los mismos platillos a diario, por más buenos que fueran, nos acabaríamos aburriendo y terminaríamos por no ir.

En la relación esto se traduce a que, por más cualidades básicas que tengas, siempre debe de haber algún detallito diferente, alguna sorpresa, algo inesperado, hechos que le den sentido de variedad para no caer en la costumbre y no se vuelva rutinario el asunto.

B)    Libertad:

Como mencione arriba, vamos casi todos los días, pero no siempre, porque a veces vamos a otro lugar a comer por festejos o simplemente para variarle. Lo chistoso del asunto es que, aunque sea un día, terminamos extrañando el Buffet, por eso regresamos con gusto.

Lo que nos “ata” al Buffet es la lealtad y libertad que nos da: no hay contratos, no hay garantías pero siempre acabamos regresando, a pesar de la distancia, a pesar del tráfico de regreso y la dificultad para encontrar estacionamiento, sin importar que el barrio esté feo.

Algo así pasa con las personas, y no hablo de ser polígamos (aunque, con algo de madurez, no sería mala idea), sino de que no estén juntos todo el tiempo como lapas, sino darle a la pareja oportunidad de desarrollarse con su círculo de amigos, que tenga espacio de ir con su familia y tenga sus propios intereses, que tenga la libertad de hacer actividades por su cuenta, sin la necesidad de ser “cuidado” o celado por la pareja.

Por experiencia les digo que estar juntos TODO el tiempo es una manera segura de que el matrimonio fracase, sin importar las cualidades de cada cual o el gran amor que se tengan en un inicio, eventualmente, se van a cansar.

C)    Finalmente, aunque suene tonto, creo que aunque la comida fuera excelente al precio de regalo que tienen, si el trato no fuera cálido, no regresaríamos con tanta frecuencia, y es que te tratan como en casa.

Así que si aunamos a la calidez, lo sencillo, barato y rico, tienes la fórmula perfecta. Tal vez suene tonto, sobre todo hablando en una relación amorosa, pero a veces se pierde el cariño y ahí inicia el principio del fin.

Breves conclusiones

            Como la gran mayoría de inventos de la humanidad, no es que sean malos en sí, sino que el uso que le damos no es el más productivo. En teoría el matrimonio podría funcionar bien, el problema es que está diseñado para la versión idealizada de lo que podría ser el humano.

            ¿Acaso todos los matrimonios están destinados al fracaso? ¡Obviamente no! Sería muy pendejo de mi parte ser tan dogmático. Es obvio que existen productivos, cada vez menos, pero los hay.

            Normalmente están compuestos por personas con la suficiente madurez para entender que esto no es un cuento de hadas, para priorizar los intereses de la unión sobre los individuales, PERO lo hacen porque saben que su relación es más satisfactoria que los intereses egoístas de cada uno.

            ¿Y cómo se logra esto? Lo que he observado, porque obviamente no me ha pasado, es que son personas con visión, inteligencia (Tanto emocional como cognitiva), generosas y conscientes de su entorno. Que no se creen los cuentos de amor eterno y, sobre todo, que tienen una comunicación adulta, nada de jueguitos pendejos de “no le voy a decir qué me pasa, mejor que me lea la mente”.

            Y, aunque saben que la unión es más importante que el individuo, también se dan espacio para ejercer su individualidad, se dan espacio para ser e interactuar con otras personas.

            Recalco que no son matrimonios perfectos, sino productivos, que han aprendido a vivir con las falencias de cada cual (que siempre las hay) y maximizar las ventajas que pueden aportar a la relación.

            Esos matrimonios son pocos y con el tiempo se empiezan a identificar, el problema es que la gran mayoría de los que se casan, embriagados por ese optimismo extremo que los invade durante el enamoramiento, creen ciegamente que “el poder del amor nos sacará adelante” y justamente esos pendejos son los primeros que truenan cuando su (supuesto) amor eterno no duro más que algunos meses. Porque una cosa es querer mucho y otra muy distinta querer bien.

Claro, muchos dirán no todos los matrimonios son así de pendejos, y puede ser que tengan razón, pero sí la mayoría de los que conozco, así que una de dos: o conozco gente muy pendeja (y sí, desgraciadamente conozco mucha) o en un fenómeno generalizado.

Es increíble como esta herramienta para controlar mejor a la sociedad, sigue siendo bastante popular, a pesar de que las evidencias están ahí pero, como ya comenté más arriba, la gente simplemente no quiere escuchar y prefiere seguir su programación (como yo mismo lo hice en su momento).

Y este ciclo de sufrimiento continuará, y la mayoría de la gente se seguirá casando a lo pendejo, sin una consciencia plena de lo que significa dar dicho paso hacia el matadero. ¡Ah! Y para que no diga que sólo crítico y no propongo, en esta liga pueden leer la propuesta que hice hace ya siete años para mejorar el matrimonio.

Hebert Gutiérrez Morales.

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