sábado, 9 de junio de 2018

Nueve horas en Glasgow (Escocia Parte 3)

La Catedral de Glasgow

Para leer sobre el segundo día en Edimburgo, puede darle click a este enlace.

Iba a extrañar mi caminata matinal por el Holyrood Park, pero ya la repondría en la tarde. Aquel martes quería aprovechar el día al máximo, así que me fui tempranito a la estación de tren con rumbo a la ciudad más grande de Escocia: Glasgow. Había amado Edimburgo, y aún tenía sitios por conocer, pero ya me había echado dos días seguidos en la capital escocesa y ya era hora de cambiar de aires.

Museo Riverside (El Museo de Transporte)
 
El vestido de Audrey
Llegué a la hora de apertura, lo cual estuvo bien porque aún no llegaba ninguna excursión escolar (que ya me olía que iban a invadir el lugar), así que apuré el paso.

Este museo es una delicia, no sólo porque es gratuito, sino porque (literalmente) te transporta a otras épocas, pero no tan lejanas como para no identificarte con ellas. De hecho tienen muchas cosas con las cuales me tocó interactuar en su momento.

Hay una parte en donde te recrean los negocios del viejo Glasgow, y están muy bien montados: la panadería, la tintorería, la estación de bomberos, la peluquería, los restaurantes, el metro y demás. En verdad te sentías transportado a aquellos años 50’s y 60’s que representaban.

Luego pase a unas recreaciones de transportes y negocios de los 70’s y 80’s, en donde podía identificar casi todos los artefactos expuestos, lo cual despertó una nostalgia profunda por los recuerdos de mi niñez, esos años maravillosos que nunca regresaran y que sólo te queda atesorarlos en tu pecho.
 
Museo enorme y lleno de aparatos antiguos
No soy un tipo tecnológico, pero debo de admitir que la enorme colección de motos, autos deportivos, bicicletas, camiones, tranvías, aviones y demás artefactos hubiera hecho babear a algunos de mis amigos.

Lo que más me emocionó de todo el museo fue encontrarme con un vestido de mi amada Audrey Hepburn, y es que era la primera vez que estaba tan cerca de algún objeto que usó una mujer de la cual me enamoré cuando ya tenía tiempo de muerta. Ahora ¿qué tiene que ver un vestido en un museo de transporte? Porque estaba al lado de un miniauto, ambos se utilizaron en la película “Two of the Road” que sí tiene que ver con autos.
 
Había muchos VW expuestos :'-)
Hubo una sección en la que narraban un atentado terrorista en 1988 (Vuelo de PanAm 103) en avión que justamente cayó en Escocia y, a partir de dicho incidente, se empezaron a endurecer las medidas de seguridad en los aeropuertos. La forma en que te lo contaron con fotos, vídeos y artefactos de dicho incidente, te atrapaban de manera irremediable.

Otra exposición que cualquier hombre disfruta, es la sección de aviones y trenes a escala, y al ver la emoción de mis congéneres, comprobé que, sin importar nuestra edad, los hombres siempre seremos niños por dentro que se emocionan con sus juguetes.
 
Al fondo el museo de Ciencias que sacrifiqué en vano :'-(
Antes de terminar visita tan divertida, me detuve a ver un comercial de bicicletas de los 70’s, así como testimonios de los chiquillos de aquella época, en donde comentaban la emoción e importancia de tener bicicleta en aquellos años. Me sentí tan identificado con el sentimiento de aquellas personas, porque sólo son unos 10 años mayores que yo y esa misma emoción la experimentaba con mi avalancha.

No puedo decir que me emocioné con la bicicleta porque nunca aprendí a andar en ella (y conste que mis papás lo intentaron vehementemente), lo cual me hizo una especie de paria en mi generación pero, con el cambio de los tiempos, ahora es la regla entre los Millennials y los Centennials: andar en bici ya no es tan cool como tener un Smartphone.
 
Tan brutal es el edificio que NO entra en una sola foto
Salí muy contento de dicho museo, una experiencia muy divertida. Mi satisfacción iba creciendo cuando veía las excursiones escolares que iban detrás de mí y a las cuales nunca dejé que me alcanzaran, así que tuve una visita relativamente tranquila, sin tanto escándalo ni mocoso malcriado.

Galería Kelvingrove

Conforme me iba acercando me iba maravillando, porque me iba dando cuenta del edificio monumental al cual me dirigía, y es que la Galería Kelvingrove es una edificación brutal. Pero no sólo era el exterior, en el interior el espectáculo también era remarcable, con muchos detalles artísticos y arquitectónicos que ya por verlo por dentro valía la pena la visita.
 
Un museo tan bello por dentro como por fuera
Algo que me di cuenta en este museo es una tendencia muy escocesa de mezclar museos (historia natural, arte, tecnología, ciencias, egipcios, etc.), en verdad les encanta meter un poco de todo a sus museos, algo que me resultó chocante al inicio pero después hasta lo tomé con gracia.

La colección de pinturas era amplia y variada, con artistas de todo el mundo, de estilos variados y épocas diferentes, sin duda uno no se aburre al ver tan distintas obras. Pero también se le daba espacio a los artistas locales, ya que se exponían bastantes obras de creadores de Glasgow.
 
Arte diferente y crativo
Había esculturas muy padres, así como una exposición de armaduras de todas partes del mundo, ¡ah! Y una estatua de Elvis muy cotorra, justo junto a una sección de niños que se veía muy entretenida. Aunque cada espacio está aprovechado en este museo, en ningún momento te sientes agobiado, y eso que hacia donde voltees siempre vas a ver algo que capture tu atención.

Había una sección dedicada a la historia y el arte escocés, una auténtica delicia en donde te analizaban (y desmitificaban) mucha de la historia escocesa a través de las pinturas o esculturas. Eso es algo que me encantó de este Museo: no sólo te ponían las obras, con los datos técnicos, también te daban información menos sofisticada pero igualmente interesante.
 
Me recordó el estilo de los muralistas mexicanos del S.XX
Sólo me tardé dos horas porque le metí velocidad. En verdad no esperaba que la galería fuera tan grande así que, al salir, opté por sacrificar el museo de ciencias ya que me faltaban otros sitios que visitar.

Algunos comentarios de Glasgow

Glasgow me pareció una ciudad muy amigable, empezando porque en todos lados había letreros para indicarte hacia dónde estaban sus atracciones turísticas principales (incluyendo distancia y tiempo estimado a pie) y eso, con o sin Google maps, se agradece bastante.
 
Murales recordando los juegos del 2014
Al ser una ciudad con mucha industria se ve más moderna y movida que Edimburgo, no en vano es la ciudad más poblada pero, aunque es una ciudad bonita, no alcanza el encanto de la capital. Sin embargo, a pesar de que Edimbugo atrae gran parte de la atención, me llamaron la atención la gran cantidad de anuncios de muchos conciertos (entre ellos Guns n’fuckin’ Roses), por lo que me quedó claro que la ciudad es muy activa artísticamente.

Eso sí, aunque la gente de Glasgow le eché ganas para vender su ciudad, recuerdo que me tocó caminar por calles MUY feas (clásicas de zona industrial), de no ser porque estaba en Escocia (y era de día) me hubiese puesto nervioso.
 
Este mural también está bonito
Aunque Glasgow no sea tan popular como la capital, su gente está comprometida con que te la pases bien ya que, al entrar a cada museo, siempre había alguien que te daba la bienvenida y te decía “Si tiene alguna pregunta, no dude en consultar a algún miembro del Staff”. Obviamente eso es algo de sentido común, pero no pasa desapercibido que te recalquen que están para servirte (y eso que eran gratis los museos). Y, hablando de servicio, el Internet en cada museo tenía excelente potencia y, obviamente, también gratuito.

Siguiendo con el servicio al cliente (visitante), en la Galería de Kelvingrove me pidieron autorización para aplicarme una encuesta vía mail, para que calificara mi visita a la ciudad y, como ya la contesté, les puedo decir que fue muy completa y amigable.

Algo que me llamó la atención, porque lo vi en tres lugares diferentes, es que en Glasgow se sienten muy orgullosos de haber sido la capital europea cultural en 1990 (hace ya 28 años y aún lo recuerdan). Eso me habla de la profunda identidad y cariño que siente la gente local por su ciudad.
La iglesia de St. Andrew's junto al Río

Para terminar esta sección, cerca de la estación de Partick, vi unos grafittis enormes, y muy bien hechos, de los juegos de la mancomunidad, una especie de juegos olímpicos que se hacen entre los países de la Commonwealth. Pregunté porque seguían ahí, si el evento ya había pasado hace cuatro años, pero la gente me contestó “Porque se ven bien y son un bonito recuerdo”. La gente en Glasgow sin duda está a otro nivel en cuanto a su manera limpia y positiva de ver la vida.

Sitios Varios

A continuación unos sitios que visité en Glasgow que fácilmente me hubiera ahorrado y en su lugar hubiera ido al Museo de Ciencias pero, al final no lo sabía, así que si un día van de visita, se los comparto de una vez.
 
Monumento a los escoceses caídos en la 1a. Guerra Mundial
Lo más bonito de la iglesia de St. Andrews es que está junto al río y es que, a excepción de un monumento creativo que tienen en el patio, no tiene nada en especial, por lo cual no vale la pena visitarla.

Lo mismo pasa con la Iglesia de St. Mungoe (ojo, no confundir con la Catedral que ésa sí vale la pena y de la cual voy a comentar abajo). Este templo carece de toda esa producción de otros, o sea que no es espectacular ni atractivo, pareciera cualquier iglesia de pueblito en México. Así que tampoco vale la pena la visita.
 
Guns n' fuckin' Roses Baby!

Otros dos puntos de interés de Glasgow que, en mi opinión, se pueden ahorrar son las avenidas Buchanan y Argyles, mismas que son calles comerciales, peatonales, muy transitadas y fresonas. Pero no es algo que no puedas ver en alguna otra gran ciudad del mundo, así que turísticamente no aportan mucho. Ciertamente en sus inmediaciones hay algunas esculturas bonitas, pero las calles en si no tienen nada único que valga la pena dedicarles mucho tiempo.

Para cerrar esta sección, se ve que St. Enoch es muy popular en Glasgow, porque así se llamaba un gran centro comercial, la estación de trenes, otra estación de metro, una cuadra, un gran hotel y demás negocios que les gustaba el nombrecito. Personalmente, cada vez que veía el nombre, me empezaba a carcajear como pendejo, porque me gustaba leerlo como “San Tenoch” y me hacía mucha gracia que los escoceses le rindieran tributo a un (ficticio) santo azteca.
 
El Duque de Wellington y su elegante sombrero
Museo de Arte Moderno de Glasgow

Creo que lo más popular, importante o atractivo de este museo está, justamente, fuera del mismo, es más, ni siquiera debería estar ahí pero ya se ha convertido en toda una tradición.

Cuando me iba acercando, iba un poco acongojado “¿Y si la policía le quitó el cono?” era mi preocupación auténtica. Así que sentí un gran alivio cuando vi que la gallarda Estatua del Duque de Wellington estaba coronada cómicamente con un cono de tránsito.
 
Calles comerciales de Glasgow
Esta tradición de ponerle el cono a la cabeza del Duque ya tiene más de dos décadas, se dice que fue por una apuesta. Sin embargo, algo que empezó de manera fortuita se ha convertido en una ícono de la ciudad, apareciendo en postales, imanes y demás publicidad de Glasgow. Aunque la policía lo llega a retirar, la gente lo vuelve a colocar así que, supongo, la autoridad se ha dado por vencida ante la voluntad del pueblo.

Satisfecho mi capricho de ver a la estatua con el cono, entré al museo, mismo que es un edificio demasiado bonito para la mierda de mal llamado “arte” que ahí exponen. Sólo había un par de obras de arte relativamente normal, que en cualquier otro museo hubieran pasado desapercibidas pero que, al estar expuestas entre tanta mamada, sobresalían del resto. Lástima de edificio, porque en verdad está muy bello aunque, por lo menos, no te cobran la entrada. Aunque, de todas formas, aunque no pierdes dinero, pierdes tiempo al encontrar tan pocas cosas que valgan la pena.
Llegando al Palacio de la Gente

Palacio de la gente

Este lugar es una combinación interesante entre un invernadero y un museo. Para el clima frío que había, entrar a la casa de cristal era un auténtico deleite, tal vez las plantas no fueran las más exuberantes ni abundantes pero era agradable tener un lugar cálido con tanta naturaleza. Además tienen una cafetería y unas mesitas para que disfrutes del ambiente cálido, con una bebida, mientras afuera hacía un frío considerable.

El museo es pequeño, dividido en tres plantas, el edificio está bonito y con un toque de antigüedad que va ad hoc con la exposición. Dentro de él se exponen hechos relevantes para Escocia a través de los ojos de Glasgow.
 
Interior del invernadero
Aunque es breve, el montaje de lo ahí expuesto es muy atractivo, ya que te analizan el efecto de las guerras mundiales, la cárcel, el alcohol, las protestas, la cultura, el ocio y demás. Ya afuera tienen una fuente hecha de cantera bastante artística y muy bella.

Necrópolis

Hubo dos lugares que me fascinaron en Glasgow: la galería Kelvingrove y la Necrópolis pero, por azares del destino, casi me pierdo de la segunda. Y es que, justamente en la galería había perdido mi itinerario impreso, así que me guíe por las recomendaciones del Trip Advisor, que no siempre coinciden con mis intereses, como es este imponente cementerio.
 
Llegando a la necrópolis
Por fortuna llegue de lado, y no de frente, a la Catedral de Glasgow, así que voltee y vi un pequeño cerro con muchas columnas arriba “¿Qué es eso?” y me cayó el veinte: “¡La Necrópolis!” me dije entre susto y sorpresa, porque la había olvidado por completo, y todavía tenía 30 minutos para visitarla antes de que la cerraran.

Con el viento, el frío, lo nublado, el ambiente era perfecto, porque me daba una especie de melancólica esperanza, pero nunca miedo. Al ir subiendo me maravillaba de las vistas tan increíbles que había de la Catedral, ya sólo por eso valía la visita pero, por fortuna, no fue lo único valioso.
 
Lugar muy fotogénico
Los monumentos son impactantes y muy creativos, literalmente te sentías en una ciudad de los muertos con tantas columnas, cruces celtas, obeliscos, casitas, sepulcros, mausoleos y demás. Por un lado me sentía feliz de estar ahí y por el otro triste de tener tan poco tiempo para recorrer un sitio tan irreal, y es que no recuerdo haberme sentido tan emocionado con un cementerio.

El lugar es tan artístico y fotogénico que ha de ser toda una presión enterrar a tus difuntos ahí ya que, seguramente, debes poner algún monumento fregón para no quedar mal con el resto del lugar. Con este cementerio (y con el que iba a visitar el último día en Escocia) empecé a comprender el gusto de los escoceses por este tipo de lugares.
 
La Catedral vista desde la Necrópolis
Me fui con pena cuando nos anunciaron que ya era hora de cerrar, pero los detalles estéticos continuaban, ya que hay un puente que conecta la Necrópolis con la Catedral y es de los puentes más bonitos en los que he estado, ya que está lleno de detalles de muy buen gusto hasta tu camino a la Catedral.

La catedral de Glasgow

Esta catedral es grande en tamaño y belleza, su hermosa arquitectura me recordó a las increíbles ruinas de la Abadía de Holyroodhouse, ya que las columnas y sus arcos son muy estéticos y se ven firmes.
 
El puente que conecta la Necrópolis y la Catedral
Los hermosos vitrales le dan algo de luz a una catedral que podría ser calificada de sobria y algo oscura pero que, justamente por ese ambiente sombrío, es que resulta en una estética perfecta. Aunque no sé mucho de arquitectura, estaba seguro que debía ser gótica, ya que así es como se deben der ver las construcciones de dicho estilo. Por cierto, algo curioso, no tenía sillas ni bancas, así que me pregunté ¿en dónde dan la misa?

Además de que la entrada es totalmente gratuita y te dejan sacar fotos de lo lindo, también te dejan entrar a la sacristía y a las catacumbas, en las cuales se encuentra la tumba de St. Mungo entre otros personajes (supongo) relevantes para Glasgow.
 
Interior de la Catedral
Aunque la catedral nació católica, con la Reforma escocesa se volvió protestante (o anglicana), lo cual la salvó de ser destruida. Es por ello que se ven tantas Union Jack (la bandera del Reino Unido) expuestas dentro del templo.

Saliendo de ahí iba a caminar a la Iglesia de St. Mungo, pero en el Google maps me salió el Museo del mismo nombre a unos metros, así que me lo eché en 10 minutos (porque iban a cerrar en 15). El museo no está muy grande, además el tema religioso no me encanta, pero hay dos que tres detalles que vale la pena ver, como la exposición de la muerte de acuerdo a diferentes religiones y culturas alrededor del mundo, así como unos vitrales bonitos.
 
Detalles diferentes y elegantes

Después de ahí me apresuré a alcanzar la iglesia de St. Mungo abierta pero, como ya mencioné líneas arriba, no vale la pena.

Camino de regreso

Estaba terminando mi tercer día completo en Escocia y ya hasta se me había olvidado que algo así podría pasar y que, en países sajones europeos, casi siempre me pasa.

Iba tranquilamente en el tren de vuelta a Edimburgo cuando crucé miradas con una chiquilla de unos 18 años, MUY guapa, en verdad parecía modelo. Supuse que era un error pero luego, volví a voltear y seguía viéndome fijamente.

Eso es algo que, por más veces que me pase (fuera de mi país, porque en México no pasa ni a madrazos), es algo a lo cual nunca me acostumbro y que en verdad me apena: la atención de europeas hacia mi persona.
El Palacio de la gente y su bella fuente

Por fortuna (o desgracia, según el punto de vista), la chica bajó un par de estaciones antes que yo, sin renunciar nunca a verme, y es que no sabía por qué sentirme más impactado: si por su belleza o por su insistencia.

Al bajar, me di cuenta que nadie nos checó el ticket, pero en Escocia tienen un sistema genial para entrar y salir del tren, porque a fuerzas debes meter el boleto en las maquinas, así que no hay nada de que te cuelas.

Empecé a caminar de vuelta a casa, y a disfrutar ese momento en los viajes cuando, por fin, puedo regresar al alojamiento sin google maps, ya que me toma entre dos o tres días dominar el camino de ida y regreso de los lugares en los que me hospedo.
 
La increíble Necrópolis
Así que camine muy feliz por “mi” parque Holyrood, mismo que se veía pletórico al atardecer, otra vez con un chorro de gente corriendo y no los culpaba, con un parque tan bonito, yo también iría a correr diario. :’-)

En la siguiente entrega me lancé, (otra vez) por tren, a tres lugares diferentes y espectaculares: Stirling, Falkirk y Linlithgow. Sobre dicho día tan inolvidable pueden leer en esta liga.

Hebert Gutiérrez Morales.